Ya vi ese capítulo

Contamos las mismas historias, no porque olvidemos de qué se tratan, sino porque necesitamos volver a escucharlas. Ahora es muy fácil abrir cualquier streaming y pasar nuestra serie favorita en repetición. Por algo los niños quieren ver la misma película una y otra vez.

Cada vez que llegamos al mismo lugar, somos distintos. Eso nos obliga a tomar consciencia de cuánto hemos cambiado, para bien o para mal. También repetimos porque sabemos el final y queremos alguna medida de predicción en un mundo totalmente incierto. Además nos fijamos en cosas diferentes y vemos algo más, lo que nos hace saber que siempre hay algo más.

A mí me gusta repetir algunas series. Sobre todo cuando estoy cansada. Me ayuda a entretenerme y a no estresarme por tener que estar pendiente de qué viene.

Lo que no me gusta

Creo firmemente en probar cosas nuevas que no sean nocivas. Eso incluye comida y música, algunas personas y un par de libros. Porque realmente no sé cuándo me encuentre con algo más que me encante.

La disposición emocional promedio de un ser humano normal debería ser neutra. Con picos que indiquen estados distintos. Generalmente le ponemos más atención a los que van hacia abajo. Porque pretendemos evitar el dolor.

Creo que es más divertido encontrar cosas buenas. Las posibilidades son infinitas y nuestro conocimiento y capacidad no. Entre ese espacio deben haber más de una nueva canción que me guste.

Romper el hechizo

De pequeña era absolutamente fan de los cuentos de hadas. Particularmente me fascinaba el poder de las brujas de maldecir con la palabra y que se cumpliera lo que decían. Romper el encanto requería completar una serie de pasos que le tocaban al héroe. Siempre lograba deshacer la maldición y todos felices.

Vivir la vida sin fijarnos es estar en una especie de hechizo. Repetimos ciclos, caminamos sin ver, estamos trabados en pensamientos recurrentes. El peor de los maleficios es el seguir sintiendo una emoción negativa de algo que ya pasó. Sobre todo porque allí somos nosotros mismos los que nos mantenemos bajo una ilusión dañina. Seguir enojado, triste, frustrado, por algo que no está pasando es una maldición de la cual nosotros tenemos el poder de salirnos.

Cuando regreso a momentos duros como buscando volver a sentirme mal, trato de recordar que no son reales. Lo fueron en su momento, pero ya no. Y allí rompo el hechizo.

Substracción

Los adolescentes le preguntan a uno, la voz llena de indignación, si es posible que uno no confíe en ellos. La respuesta es, invariablemente, no. Y no es personal, es que son adolescentes y no tienen ni la menor oportunidad de tener juicio para decisiones maduras en esta etapa. Simple neurobiología.

La confianza es un salto al vacío que hacemos todos los días. Confiamos que el carro va a frenar en rojo. Que la comida del restaurante viene limpia. Que lo que compramos es lo que nos dieron. La confianza es el riel sobre el que camina toda nuestra sociedad. Sin ella, teniendo que verificar todo de todo, las interacciones serían interminables, imposibles.

Con los hijos, la confianza es un globo que se infla y desinfla. Y nunca puede estar totalmente lleno porque se revienta. La respuesta correcta a la pregunta indignada debe ser no. O, mejor, sí confío en ti, tanto como en cualquier otro adolescente.

El fin en mente

Es lindo comenzar una historia sin saber el final. Pero sólo cuando es ficticia y uno la vive en la página o la pantalla. La incertidumbre es un alfiler clavado en la mano. Molesta todo el tiempo.

Tratamos de tener relaciones con su futuro expuesto. Decimos que nos vamos a tener hasta que la muerte nos separe, porque morirse es lo único certero que nos da la vida. Nos anclamos en expectativas y deseos y esperanzas, todas efímeras. Cuando deberíamos abrazar lo desconocido. Porque, sinceramente, no sabemos nada de lo que viene, sólo lo imaginamos.

El fin sólo se puede saber o a muy largo plazo o en el segundo inmediato. Todo lo que sucede en medio, es imprevisible. Y nos toca hacerle ganas, agarrarnos fuerte y disfrutar la sacudida.

Hasta que uno quiere

Las decisiones que uno toma quitan un poco de combustible a la fuerza de voluntad. Cada vez que escogemos, no es un músculo que se desarrolla. Es un gatito bebé que se cansa.

Tal vez por eso los malos hábitos son tan fáciles de mantener, sin importar el daño que nos hagan. Los escogimos una vez, los instauramos y, pues, allí están. Quitarlos es casi imposible. Hasta que uno verdaderamente quiere.

Cómo lograr llegar a ese estado. Allí está la cuestión del asunto. Encontrar qué nos hace querer cambiar. No es fácil llegar al momento del eureka. Pero vale la pena buscarlo. La vida es demasiado corta para pasarla en malos hábitos.

La nostalgia

Ayer fui a un concierto de Alux. No es música que escuche todo el tiempo. Es más, no está en mi rotación. Pero… me sé y canto con gusto todas las canciones.

Los olores son los mejores detonantes de recuerdos. Nada como un perfume para pensar en alguien en especial. Las canciones hacen lo mismo con las emociones. Escuchen alguna que les hayan dedicado y seguro se meten en un túnel del tiempo con una apertura específica a ese momento. Tal vez es por eso que muchas personas se quedan escuchando sólo la música de su juventud, negándose a admitir que se han hecho buenas canciones en los años subsiguientes. Estoy segura que nuestros antepasados criticaban la percusión de los jóvenes sobre los tambores alrededor de las fogatas, porque “no era tan buena como en sus tiempos”.

La realidad es que hay cosas buenas, y malas, en todas las épocas. Y los sentimientos no tienen edad. Es bueno darles asideros propios.

Desperdiciar el enojo

Hubo un momento largo de mi vida en que dejé de decir malas palabras. Lamentablemente, regresaron como un mal vicio y ya ni registro cuando se me salen. Y me parece una lástima, porque maldecir tiene su momento. Al usar siempre palabras pesadas, les voy quitando su valor y ya no caen igual.

Pasa lo mismo con las emociones negativas. El enojo es maravilloso para impulsar a la acción. Pero en el momento en que uno sólo se la pasa enojado, se convierte a amargura. Mi tía abuela estaba amargada y tenía las comisuras de la boca hacia abajo. Nada bonito.

He estado haciendo un esfuerzo consciente por no enojarme por todo. Increíblemente es más fácil que no decir malas palabras.

Toda la información

La gente es fascinante. Toda. Y también es aburrida. Toda. Depende de qué tanto le interese a uno la persona específica que tiene enfrente. Y también depende de qué preguntas hace uno.

Hay una máxima que se sostiene sin importar el entorno: conocer es aproximarse al otro. Uno no puede ponerle de su energía a algo sin dejarse en una parte aunque sea mínima. Por eso a nuestros hijos los amamos sin límites y por eso ellos nos toleran hasta que crecen y pueden entendernos.

Por eso me encanta hacer preguntas. Y por eso no se las hago a cualquiera.

Guardar las cosas

Mi mamá tenía una amiga que, 25 años después, aún tenía regalos de boda empacados. Trató varias veces de convencerla de usarlos. ¿Si no ella, quién?

Nos pasa seguido con lo que nos gusta. Tratamos de no gastarlo. Pero las cosas se acaban inclusive de no usarlas. Es como tener un perfume. El tiempo igual lo acaba.

Supongo que algo parecido me pasa con mis cosas favoritas. La ropa, sobre todo, que dejo para una ocasión especial. No debería. Peor es que se manche de estar guardada.