Sin distracciones

Saqué a caminar al chucho, sin audífonos. Necesito estar alerta cuando salgo, es una cosa que hemos perdido y que nos pone en peligro. Dejemos la parte esotérica de “estar presente”; no fijarnos en el agujero de la acera nos puede torcer un pie, lo menos.

La capacidad de distraerse es gemela de la imaginación y prima de la creatividad. Poder salirse de una situación aburrida con un simple trazo de pensamiento es un regalo. Pero lo hemos convertido en nuestro estado primario y eso tampoco es bueno. El escaparnos siempre del aquí y el ahora nos deja sin lo que imaginamos ni lo que vivimos.

Estar alerta todo el tiempo es cansado. Y estar distraído todo el tiempo es peligroso. Trato de encontrar un balance. Y siempre, siempre, tengo un libro conmigo.

Un buen par de jeans

Nunca me gustó la moda de los skinny jeans. Sobre todo porque nunca he sido skinny. Tampoco me gustan los jeans de cintura alta. En mis veintes, terminé usando jeans de hombre. Una combinación de saber que no tengo cintura y que mis piernas son grandes. Estar a la moda no es tan importante como verse bien.

Desde que Adán y Eva se taparon en el paraíso con hojas de parra, hasta ahora que ni con eso te tapan algunos, hemos pasado por distintas vestimentas. Desde utilitarias hasta ostentosas. La ropa es una especie de símbolo que sirve de atajo para muchas cosas y, como tal, tiene una utilidad tremenda. Hasta para determinar cuándo nos está diciendo una mentira.

Una de las mejores cosas de dejar de ser joven es soltar la necesidad de seguir la moda. Ahora defino un buen par de jeans como algo cómodo que se me mire aceptable. Y sigo detestando los skinny.

No salir corriendo

Nadie está a salvo de cometer errores. Creo que de lo que se trata no es de no equivocarse, es de saber qué hacer después. Es la parte que más cuesta, por mucho.

Nos cuesta muchísimo admitir errores. Tal vez porque, cuando cazábamos, un error significaba la muerte. Ahora es igual a pasar vergüenza. Y eso es suficiente como para no querer admitirlo.

A cualquiera le cae mal estar equivocado. Hay que sacudirse el polvo de la pena, reparar lo arruinado y seguir adelante. Porque el siguiente error nos tiene que encontrar dispuestos a que no nos tire.

Lo que uno se llevaría

En caso de emergencia, sin contar a los seres vivos, obviamente, creo que buscaría rescatar las fotos viejas. No hay forma de recuperarlas si se pierden. Pensar en eso es un buen ejercicio para determinar qué le importa a uno en realidad.

Una manera infalible de dimensionar lo que uno tiene es imaginarse perdiéndolo. No es un truco psicológico facilón. Al contrario. Requiere estar dispuesto a ser vulnerable y aceptar que perder a alguien puede doler. El dolor no es agradable, pasamos la mayor parte de nuestras vidas evitándolo. Pero la alternativa es no vivir.

Llevarme algo en caso de emergencia no está pasando. Igual serían las fotos. Y, en cuanto a ser vulnerable, aunque me da miedo, prefiero que duela.

Un respiro

Tenía años de no pintarme las uñas. El oficio no es compatible con el esmalte. Pero encontré un rescoldo de arreglo dentro de mí y tengo un par de semanas de hacer el esfuerzo. Y ahora que ya le volví a encontrar el gusto, tengo que dejar que mis uñas respiren.

Todo necesita un respiro. Para descansar y hacerlo mejor después. Para renovarse. Para comenzar de nuevo. No pueden durar mucho, estar estáticos por mucho tiempo es sinónimo de ruina. Pero avanzar sin descansar es arruinarse por el desgaste.

Ahora tomo un respiro. Mañana vuelvo a retomar las buenas costumbres.

Para qué sirve

Todo tiene un uso ostensible y un propósito escondido. No es que la gente le mienta a uno, es que cada acción es parte de una trama más grande que se va jugando con el tiempo. Cualquiera que estudie historia sabe esto. Lo que pasa es que es difícil verlo en la propia. Estamos demasiado cercanos y ocupados viviendo la vida como para descifrarla.

Pero hay que tratar de hacerlo. Somos seres que buscamos la trascendencia. Hasta en lo básico de la supervivencia. Hacemos comidas especiales, decoramos nuestras casas, nos vestimos a la moda, tenemos relaciones más allá de lo físico.

Tal vez no sepamos nosotros mismos cuál es nuestro propósito mayor en la Historia. Pero seguro que sí le podemos dar nuestra propia dimensión e interpretación a la nuestra.

El orden

Recuerdo que uno de los programas favoritos de mi mamá (y de media humanidad), era La Ley y el Orden. Era muy bueno, la verdad. Todavía se deja ver en una tarde de saturación de novedad. La parte del orden yo lo tenía clarísimo: todo en mi casa tenía horario.

Hacer rutinas nos da una sensación de control. Por eso hay tantos libros que enseñan a hacer agendas. La parte que también debemos aprender es que tenerlo todo ordenado siempre es imposible. Es más, es aburrido.

A mí me da paz el orden. Pero, igual que no puedo vivir con felicidad de comer sólo lechuga y pechugas, de vez en cuando necesito un poco de relajo. No puedo vivir allí, porque uno no puede tampoco vivir de TorTrix y helado sin joderse la salud. Hay que combinarlos. Tal vez en la vida, nuestro programa debería llamarse El Orden y el Relajo.

No había

Recuerdo cuando salía de viaje y mi mamá me hacía encargos. Eran tan específicos, que no podía quedar bien con otra cosa. Y ay de mí si no encontraba. ¿Dónde quedaba el agradecimiento de tantos años de abnegación? Cuando uno tiene requerimientos tan detallados, lo bueno es que eso obtiene. Lo malo es que eso obtiene.

Creo que es útil hacer planes. Conocer la ciudad nueva con ayuda de una investigación previa. Querer cierta cosas de una relación. Tener expectativas de un trabajo. Pero, si uno no está dispuesto a salirse de la caja, se puede perder de todo lo que queda afuera. Y uno ni siquiera sabe todo lo que uno no sabe. ¿Cómo lo va a pedir?

Cuando alguien se va de viaje, generalmente no pido cosas específicas. Lo mejor de no tener necesidades apremiantes es que cualquier cosa es una sorpresa bienvenida. Y menos apuros para quien la trae.

Ver fútbol

Es la Eurocopa y probablemente es primera vez que me entero de los partidos. Es más, hasta estoy viéndolos. Todo por hacer bonding con el adolescente. Igual que miro películas de niña para pasar tiempo con la mía. Que no es ningún sacrificio. Los espacios que nos reservan los hijos nos los ganamos a pulso entre miles de distracciones y hay que aprovecharlos.

Uno de los objetivos de la adolescencia es separarnos de los hijos para que se forjen su propia vida. En tiempos de recién ser humanos, ya habrían salido a cazar y tenido hijos. Todo por el imperativo biológico. Ahora los mantenemos en un estado de pubertad prolongada para que adquieran muchas habilidades adicionales. No sé si lo hacemos mejor ahora.

Estoy segura que me quedan cada vez menos ocasiones de estar con ellos. Es más, es lo que espero que suceda. Lo que hace que esté aquí, viendo fútbol y hasta emocionada con los goles.

Ya no más. Pero después.

Hay días que despierto sin ganas de seguir. Así de simple. Se hace pesado. Luego me recuerdo que tengo ropa qué lavar y se me pasa.

La vida a veces no ayuda a vivirla. Pero eso hace uno, cada mañana. Como si hubiera un botón de reseteo y para delante. Puede ser. También puede ser que uno está consciente que le toca vivir las consecuencias de sus circunstancias (sobre las que de todas formas no tiene control) y sus decisiones (que ya tomó y ahora hay que hacerle ganas). Es lo que hay, como decimos para seguir.

Tengo ganas de hacer lo de la canción y ponerme al lado del camino. Pero allí sólo se mira la vida pasar, sin mí. Mejor me hago a un lado otro día.