Paren el mundo, me duele la cabeza

No hay cosa tan intangiblemente trágica como un dolor de cabeza. O sea, no hay sangre, huesos rotos, moretes, ni nada a lo que se pueda apuntar. Pero existe. Como el que tengo ahorita que me cierra medio ojo, me baja siete decibeles la voz y me quita el resto de dulzura que me queda.

Y quiero que pare el mundo, que mis hijos se vuelvan adultos serios y callados y mi marido me consienta cual geisha masculino. Sí pues. Resulta que sigo siendo mamá de dos niños pequeños que requieren mi atención, que tengo cosas qué hacer y que no me puedo quedar tirada en la cama, con una toalla húmeda sobre la frente.

Y no está del todo mal. Mi papá decía que el dolor está en la mente y que uno simplemente no le tiene qué hacer caso. Nunca palabras más ciertas. Porque los receptores nerviosos estarán en la piel, pero son las neuronas las que le dicen a uno que algo dolió. Lo más simpático es que no existen receptores EN la cabeza y que el dolor que sentimos todavía no se explica a ciencia cierta.

Yo no puedo dejar tirada mi vida por un simple dolor. Mejor dicho, puedo, pero qué hueva. Lo que sí es que puedo sacar un poquito de cariñitos extras.

Dos verdades opuestas

Me encanta el orden. Ver estanterías de cosas agrupadas en algún sentido, ya sea por tamaño, o color, o forma, o sabor, lo que sea, me llena de satisfacción. Pero no me desvivo por ponerme a ordenar yo, creo que viviría amargada.

Por el otro lado, me encanta el caos creativo, ese en donde germinan las ideas sin una estructura aparente y de donde salen genialidades cuál Venus de la concha. Pero no puedo vivir en ese modo perennemente, no lograría hacer nada.

La dualidad en la vida, esa que nos hala entre dos extremos, no es difícil cuando es entre algo bueno y algo malo. La cosa se complica cuando es entre dos cosas igualmente buenas. Como dice Roy H. Williams, ¿están en una reunión aburrida? Pregunten qué es más importante, si la justicia o la compasión y siéntense cómodamente con un guacal de poporopos a disfrutar del espectáculo.

La vida nos pone a elegir entre caminos iguales, en direcciones opuestas. Ambos destinos son buenos, pero irreconciliables entre sí. El verdadero genio toma uno y erige puentes que lo comunican con el otro, de acuerdo a la circunstancia.

Yo he aprendido a que, los momentos de inspiración caótica sólo me son posibles si estoy en un ambiente ordenado. Ahora, no me vayan a preguntae si prefiero la compasión a la justicia.

Compartir el baño

Entrar al baño y mojarme los pies es una de esas cosas tontas que me amargan la vida. Agreguémosle a eso ver ropa sucia tirada al LADO de la canasta designada para servir de receptáculo, precisamente, de ropa sucia. Llegar al lavamanos y ver pasta regada. Y es que, durante los últimos diez años, mi baño ha sido tipo time-share, primero con un hombre (que por muy grandote no necesariamente es del todo adulto) y luego con dos niños que creen que el baño no fue bueno si no dejaron una piscina detrás.

Vivir en familia y, por extensión, en sociedad, es aprender a compartir con espacios comunes, con la mayor cordialidad y respeto posible. Por eso no empujamos a la gente cuando se suben a un elevador, respetamos las señales de tránsito, tenemos en cuenta a los más pequeños… ¿Verdad? El resultado de no ver más allá de nuestras narices es no poder salir a la calle sin temer que nos choquen, ver cómo los recursos naturales se contaminan y cómo nuestros gobiernos, que son tan sólo un reflejo de nosotros mismos, nos dejan en paños menores.

Es un eterno estira y encoge entre hacer lo que uno quiere y no atropellar a los demás. A las personas que podemos moldear hasta cierto punto la conducta de gente en vías de desarrollo, nos toca dejar en claro cuáles son los límites de la convivencia, aún cuando eso implica entrar cual supervisora de la limpieza tras una visita al baño y pedirle al usuario que recoja, limpie y guarde. Cada vez, todas las veces.

Y, fijarme si está mojado el piso.

La única persona en el universo

Me encanta despertarme antes que el resto de mi casa. Es el momento en el que nadie requiere de mi atención. Puedo ir al baño sin una mano pequeña abriendo la puerta. Puedo acomodarme con mis gatos sin que alguien más los agarre. Puedo leer sin interrupciones. Es un remanso de paz. O el ojo del huracán.

Los momentos de silencio exterior nos obligan a platicar con nosotros mismos. Nuestra mente lleva un diálogo permanente con ese inquilino oculto que se llama subconsciente, lo escuchemos o no. Estar callados, quietos y en calma, nos permite ser actores con parlamento en esas escenas.

Dentro de nuesto cerebro está nuestra última y verdadera intimidad. Podemos intentar transmitir lo que pensamos, pero no pasa de ser una traducción. No podemos meter a nadie en nuestra cabeza y es por eso que cada uno de nosotros es, en cierto sentido, la única persona del universo.

Si no aprovechamos, o nos hacemos, espacios de tranquilidad y silencio en dónde sacar a la luz nuestras propias motivaciones, si no nos conocemos a nosotros mismos o, aún peor, si no nos caemos bien, resultamos completamente solos, no importa cuánta gente nos rodee. Pero si llegamos a estar cómodos con nuestra soledad interior, las relaciones con los demás verdaderamente nos alimentan.

Yo, estando sola, me preparo para recibir con gusto todo lo que no me puedo dar amí misma. Y me aguanto las invasiones de espacio personal, aunque no de muy buen modo.

Se acaban las palabras

El proceso de autoconocimiento debería ser auto-mático. Al final del día, uno se lleva a uno mismo a todos lados. Pero resulta que el cerebro es ciego para consigo mismo y le es imposible verse. Lo único que queda es cuestionarse profunda y, a veces, dolorosamente por qué hace uno ciertas cosas.

Así, mis temas son recurrentes, porque mis inquietudes salen a la superficie como burbujas y casi todas se parecen. Siento que escribo de lo mismo, muchas veces, sin llegar a agotar ciertos temas que me incomodan, pero no lo puedo evitar. En algunos casos, como sentirme casi paralizada por un sentimiento de culpa por la muerte de mi mamá, sacarlo, que le diera la luz y el aire, mató el tema. En otros, como mi lucha contra mi vanidad, la necesidad de controlar mi temperamento, mis angustias por estar haciendo un buen trabajo como mamá, las ideas salen una y otra vez, porque vivo procesos que crecen conmigo y sólo me toca trabajarlos cada día.

Las palabras no se acaban, sólo cansa a veces tener que regresar a un tema que ya creía terminado. Lo bueno es que tengo de qué seguir escribiendo.

La mejor forma de no chingar

«Una mente desocupada sólo piensa cochinadas», decía mi mamá. Y ¡qué razón tenía! Nunca me atormento con estupideces tanto como cuando dejo que me venza la huevonería. Porque uno siempre tiene el hámster dando vueltas en el cerebro y, sin recibir la alimentación adecuada, busca qué destruir. Así, una llamada se convierte en una provocación, un tuit en un cantineo, un silencio en una afrenta y, hasta el más inocente de los accidentes en algo hecho a propósito para amargarle la vida a uno.

Cuando encontramos algo que nos absorbe, tenemos un pedacito de cielo. Podemos abstraernos de la realidad, darnos un descanso de las preocupaciones diarias y ejercitar neuronas con conexiones felices. Puede ser algo tan sencillo como armar un rompecabezas: es entretenido, reta y al final tiene algo que se puede enseñar.

Mantener la mente ocupada es la mejor manera de ser feliz. Porque nuestro cerebro es un motor con más caballaje que el de un vehículo de F1 y si no lo manejamos con propósito, nos arrastra. Tampoco se trata de tenerlo a 5 por hora, desperdiciado, que es como generalmente pasamos nuestro tiempo libre (o sea, Netflix no ha hecho del «binge-watching» un deporte sin nuestra ayuda).

Si alimentamos nuestra mente con información interesante, la ponemos a trabajar en resolver retos que nos hagan mejores personas y logramos producir algo tangible con nuestro esfuerzo, no dejamos ni un segundo para joder a las personas que tenemos a nuestro alrededor.

A la par de ese dicho, mi mamá me enseño a coser, a cocinar, a pintar, me inculcó una pasión por la lectura y me inició en el amor por los idiomas. Y aún así, chingo. No quiero ni pensar qué pasaría si estuviera desocupada.

El mejor de los tratos

No sé en dónde se tuerce uno en el camino de las cosas fáciles. Creo que, lamentablemente, he vivido muy buena parte de mi vida bajo el lema de «¿Para qué hacer las cosas fáciles si se pueden hacer difíciles?» Y eso aplica a todo. A la comida, al ejercicio, al trabajo, a las relaciones. Uy, no, sobre todo a las relaciones. Pareciera que nos enseñan que, si no hay conflicto, no funciona, «si no te cela, no te quiere.» ¡Qué asedio!

En la naturaleza se observan muy fácilmente cuáles relaciones son de beneficio mutuo y cuáles no. Desde un virus cuyo único propósito es reproducirse y hacer pedazos al anfitrión, hasta las malas hierbas que ahogan al árbol de donde se cuelgan. Cuando sólo una de las partes saca algo bueno, y es a costa de la otra, la cosa no funciona y uno de los dos se muere. Siempre. En cambio, esos fenómenos en donde hay dos organismos que se nutren el uno del otro, hasta tal punto que se cumplen funciones esenciales, ésas son las que perduran. El ejemplo más impresionante para mí es el caso de seres vivientes tan compenetrados que ya no se sabe qué son, como la levadura, o el SCOBY (por sus siglas en inglés) para hacer la kombucha. Son una mezcla de bacterias y hongos y qué sé yo qué más y no son separables.

Así son las relaciones personales simbióticas. No se trata de depender de alguien, se trata de compenetrarse. Y las cosas salen fáciles. Lo que hay que cuidar es el mantener el ambiente adecuado para la continuación de la armonía. Si se introducen impurezas al cultivo, la compenetración se contamina y allí se jodió todo.

El vivir felices es simple, pero difícil. Difícil porque tenemos que replantearnos qué consideramos como una «buena relación». Si lo que queremos es una de esas pasiones tormentosas, es muy poco probable que tengamos muchos desayunos de café y huevitos revueltos en paz. Pero, si alimentamos el amor con el que podemos pasar ratos de «peace and quiet», es mucho más fácil que nos den una nuestra buena revolcada más frecuentemente que «de vez en cuando.»

A mí me gusta la simbiosis y, poco a poco, estoy tratando de hacerme las cosas fáciles, no difíciles.

Prepararse para morir

Hay pocos ejercicios que nos hacen reflexionar tanto acerca de cómo estamos llevando nuestras vidas como el que comienza preguntando:  «¿Si usted supiera que va a morir en una semana, qué haría?» Puede ser la idiotez más grande de manipulación ridícula sobre la Tierra. Porque todos sabemos que vamos a morir. Es más, es casi lo único que traemos asegurado con la vida. El hecho que no tengamos el día del calendario marcado, no cambia un ápice de la realidad: nos vamos a morir.

Pero como somos una raza verdaderamente extraña, vivimos sin tener ese detalle presente y, cuando la Calaca se lleva a alguien cercano, actuamos como si fuera lo más sorprendente del mundo. En verdad que no lo entiendo.

Tal vez es porque desde niños nos quieren escudar de este hecho: se muere el perro y «se fue a vivir con el veterinario.» Pues no. En mi casa se murió el gato y se murió el gato. Mis hijos lo extrañan, pero tienen esa satisfacción de un círculo cerrado y pueden continuar con sus vidas.

Obviamente no se trata de vivir la vida con el féretro al hombro. Es que uno SIEMPRE debería actuar «como si se fuera a morir mañana», porque ese mañana llega eventualmente.

Yo no tengo idea de cuánto tiempo voy a estar en esta dimensión. Sí creo firmemente que hay una vida después, pero como no sé a ciencia cierta cómo es, me concentro en esta. Me encantaría pensar que, si me hacen la famosa pregunta, puedo contestar con un «no haría nada diferente. «

El precio que nos ponemos

El amor propio debería ser lo primero que uno aprende. El poder estar cómodos y felices dentro de nuestras cabezas es habitar un mundo en donde encontramos la recarga a nuestro cansancio mental, emocional y espiritual. Allí debería residir la fuente de nuestros súper poderes. Tendríamos que poder darnos cariño y valorarnos y alentarnos.

Y, como en muchas cosas del «deber ser», éste es un ideal muy complicado, no sólo de alcanzar, sino incluso de aceptar. Crecemos escuchando que no hay que ser «egoístas»,  que hay pensar en los demás, que hay que velar por el bien común, que el amor es aceptar. Toda la primera parte de mi vida traté de encontrar el amor, la amistad, el reconocimiento y la felicidad sacrificándome y creyéndome poca cosa. Adivinen qué. Así como yo me valoraba, me trataban los demás. Si encontraba a alguien que quisiera estar conmigo, sentía que tenía que haber algo malo con esa persona, porque ¿quién iba a querer estar con alguien tan poca cosa como yo?

¿Ven por dónde va el asunto? Nosotros somos la medida de valor que le damos a los demás. Si tenemos en poco el tiempo que gastamos, muy poco respeto le vamos a dar al tiempo de los demás, ergo impuntualidad crónica. Si despilfarramos nuestro cariño sin cuidarlo y otorgarlo a gente que se lo merece, poco aprecio le podremos tener a las personas que quieren ser nuestros amigos, porque ¿no ellos le tienen el mismo valor a su amistad? Si el «amor» lo entregamos como sacrificio, sin esperar nada a cambio, como si fuéramos mártires, ¿no creen que es sólo cuestión de lógica que nos traten como trapos?

No estoy hablando de no tener empatía. Al contrario. El mismo hecho de querernos a nosotros mismos nos enseña a que, así como en nuestra mente nosotros valemos, así es con los demás y cada uno tiene un tesoro intrínseco. Si aprendemos a ponerle un precio alto a nuestra vida, apreciamos la de la gente que nos rodea y tal vez así no la ponemos en riesgo.

Desde que aprendí a que mi tiempo es oro, mi amistad es preciada y mi amor es único, no desperdicio ni un minuto de mi vida, tengo amigos queridos y una pareja que complementa mi mundo.

Tener Un «Affair»

Creo que todos tenemos fantasías que implican salirnos de nuestras vidas. Vivir en un país lejano, abrir un bar en una playa, tener una cabaña en la montaña… Todos los escenarios nos encuentran fuera de nuestra rutina, generalmente sin obligaciones y con la suficiente solvencia como para no tener que trabajar para comer. Lamentablemente, la salida «fácil» para cumplir estos deseos se canaliza en encontrar otra pareja, dejar tirada a nuestra familia y terminar con el producto de un esfuerzo laboral que seguro nos ha tomado años lograr.

Y es que nuestros ensueños no son el problema. A cualquiera le carga la vida moderna llena de necesidades falsas. Tampoco creo que antes haya sido mejor, sin antibióticos, sin agua corriente, sin energía eléctrica y sin desodorantes. Lo que sí es cierto es que la mayor parte de lo que nos canta como la famosa sirena implica una simplificación de nuestro entorno. Ese bar en la playa no es un palacio, la cabaña en el bosque no tiene. 500 habitaciones y, si es otra persona la que nos está llamando la atención, es casi seguro que sea porque creemos que allí sí tendríamos una relación menos conflictiva.

Pero el reto no es salir corriendo de donde estamos. Les apuesto a que terminaríamos en un lugar igual, o peor. El chiste es sacar de nuestra realidad todo eso que no es esencial y que nos está aplastando. Menos cosas, menos ínfulas, menos actitudes intolerantes.

A mí también me dan ganas de cambiar mi vida. Y me doy cuenta que es extremadamente sencillo, simplemente me tengo que enfocar en mí misma.