Bordar por partes

Mi mamá me enseñó a hacer muchas cosas, entre ellas bordar en cruceta. Se pueden lograr cosas maravillosamente complicadas con una puntada engañosamente sencilla. Las instrucciones sólo requieren de saber contarny distinguir los colores por sus símbolos asignados. Y ¡listo! Paisajes, retratos, botas de Navidad… Lo que se pueda imaginar. Pero es muy fácil confundirse. Una distracción, una mala cuenta, coser cansada, todo conspira para que las cosas no queden perfectas.

Cuando uno comete un error, tiene la posibilidad de seguir adelante, o regresar a enmendarlo. Depende de la magnitud de la metida de pata. Si cambia el resultado final y resulta uno con un pijazo en vez de un Picasso, pues más le vale a uno rectificar. Pero si se puede avanzar y terminar la tarea sin detrimento del destino deseado, pues mejor darle viaje.

La única forma de no cometer errores, es no hacer nada. Y lo único que no se mueve, es lo que no tiene vida. Deshacer un desacierto no es tan limpio como borrar una palabra en una pantalla. Siempre deja huella. Pero eso no necesariamente es malo. Nos recuerda por dónde erramos.

Al fin, después de muchos años, regresé a bordar. Estoy haciendo las botas de Navidad de mi tribu y ya llevo una y un cuarto. Y ya cosí y descosí y volví a coser. La primera me quedó preciosa, pero sé que tiene errores. Corregí los que pude.

No adelantarse

Las películas casi siempre me cuentan el final desde el principio. Ya sea por la escogencia del actor, o por el clima en la escena, o la música de fondo, pero casi siempre sé qué va a pasar. Eso es malo cuando se trata de una película de suspenso, pero en general trato de suspender mi usual receptividad y me disfruto ir al cine.

A veces me pasa lo mismo en la vida real y me adelanto a los hechos. Es más, esa habilidad para ir varios pasos adelante me ha ayudado en mi profesión pasada y en mi ocupación presente. El problema viene cuando doy el paso en una dirección equivocada. Como hoy, que estoy haciendo cola para cancelar algo que entendí que me iban a cobrar en automático en la tarjeta. Asumí y me equivoqué. Menos mal tiene solución, pero eso no me quita el sentimiento de haber sido tan tonta de equivocarme.

Adelantarse y suponer cosas no siempre es una ventaja. Sobre todo cuando tratamos con otros seres humanos. Hay que procurar que todas las comunicaciones sean completamente claras, que no haya lugar a malinterpretaciones, ambigüedades, o muladas. Y eso no sólo aplica para los negocios, en las relaciones personales es aún más importante saber exactamente en dónde se está parado, porque uno no es adivino.

Al final, el asunto no pasó a más y lo único negativo fue el sentimiento de frustración por mi mulada. La próxima vez mejor voy paso a paso.

Pensamientos a medias

Mi mente tiene ideas que a veces me cuesta poner en palabras. Como si pensara en colores que no existen y tengo que usar aproximaciones. Paso varios días con el bosquejo de un post dándome vueltas entre las orejas y, cuando me siento a escribirlo, no me sale y tengo que dejarlo para otra ocasión. Es un problema, porque tengo que aprender a comunicarme y, si no puedo sacar lo que tengo en el cerebro, no hay forma.

Hay muchas maneras de desarrollar una idea: escribirla, hacer una lista, hablar con otras personas. Cada uno tenemos preferencias de procesamiento de información y toma de decisiones y es muy importante conocernos lo suficiente como para saber cuáles son las nuestras. En lo personal, a mí me sirve hablar las cosas con alguien para que esas imágenes a medias se terminen de rellenar hasta volverse entes más sólidos.

Pero no sólo debemos saber cómo operamos nosotros. También es bueno conocer y respetar los procesos de los demás. No porque alguien necesite pensar más las cosas en silencio y soledad para poder opinar, quiere decir que no entienda la pregunta en el momento. Ni tampoco la persona que describe lo que le atraviesa por la mente es una cotorra sin control ni inteligencia.

A falta de personas físicamente presentes para pelotear ideas, también me sirven las palabras en la pantalla. A veces. Otras, como hoy, me siento a escribir de una cosa y termino hablando de otra completamente diferente. Espero que mañana sí me salga la que quería.

Detenerse un momento

Estoy comenzando un par de semanas de descanso y, verdaderamente, siento que algo me hace falta. Desde hace unos años hago ejercicio fuerte casi todos los días y, en mi mente obsesiva, un día sin moverme implica un par de puntos porcentuales de grasa no deseados. Así, me miraban practicando karate con yeso, gatear del dolor de espalda y otro par de imprudencias.

Resulta que es bueno para un momento para darle chance al cuerpo de soltar el estrés al que lo sometemos cuando nos esforzamos. Algo así como nuestra mente necesita dormir para afianzar ideas y resolver conflictos. O como es bueno darse vacaciones del trabajo para regresar con más fuerzas.

En la vida, no sólo la variedad nos hace mejorar. También estar parados, tranquilos, descansar, nos lleva a avanzar. Si sólo seguimos sin parar, de repente no vemos hacia donde vamos y nos desviamos de la meta. O tal vez la meta ya no es la misma. O, simplemente, necesitamos disfrutar sel paisaje.

Yo quiero hacer yoga estas semanas. Pero no en la mañana, tal vez en la tarde. O tal vez mañana. Ya veremos cuánto me engordo.

Hasta dónde

Pasa la primera semana de colegio y el niño me estrena la segunda con una nota en la libreta: «Platica en clase.»  Él jura que no fue, que fue el niño de al lado, que la maestra no lo dejó explicar, que el cielo es rosado y que las lágrimas que salen copiosamente de sus ojos son dulces.

Uno tiene ámbitos de poder/acción, de influencia y de observación. En el primero está lo que uno come, el ejercicio que hace, lo que dice y de lo que se informa. O sea, el único ámbito de acción/poder directo que se nos ofrece en esta vida es el que nos incumbe en nuestras cosas más personales. También marca el límite de quién sufre las consecuencias directas de nuestras decisiones: nosotros mismos. En el tercero están cosas sobre las que no tenemos ni el mínimo control: el clima, lo que hacen al otro lado del mundo, nuestra genética. Todas esas cosas que no podemos cambiar y que hay que sentarse a aceptar con actitud zen.

Pero el círculo jodido es el de en medio: el de la influencia. Porque caen dentro todas esas relaciones que sí nos afectan, que no tenemos control directo y que podemos inclinar hacia algún lado y sólo hasta cierto punto. El mejor de los ejemplos es el comportamiento de los hijos en el colegio: la influencia está en qué tanto nos consideran antes de meter la pata.

El punto es que uno no está allí. Punto. Y tampoco debería querer estar. Dejar ir y respetar y hacerles sentir las consecuencias de sus decisiones, es tal vez lo más difícil que me toca hacer como mamá. Pero no me perdonaría a mí misma si no lo hiciera.

Después del deslave ocular, simplemente me encogí de hombros y le dije que yo nada podía hacer. Increíblemente, eso me gana más credibilidad.

Infecciones deseables

Cuando estaba embarazada del primero, no faltó el consejo de «bañarlo en agua salvavidas, porque guácala el agua del chorro». No sólo no hice caso, sino que el niño gateó en el suelo (lo más limpio posible), se revolcó en la grama, anduvo descalzo y se enfermó. Y se enfermó. Y le pegó lombrices a la hermanita de tres meses. Y los dos se enfermaron. Fue la mejor decisión que he tomado en mi vida.

El mundo está lleno de bichos. No todos son malos. Tenemos que preocuparnos de exponernos a lo que pueda enfermarnos, pero no matarnos para ser más fuertes. Algunos microorganismos incluso pueden ser de grandes beneficios para nosotros.

No podemos escaparnos de «infectarnos» de lo que nos rodea. Cada imagen que vemos, cada idea que consideramos, cada persona con la que interactuamos. Todo nos afecta y nos cambia. El secreto del éxito está en elegir con cuidado qué vamos a dejar entrar en nuestras vidas.

Nada debería ser más fácil que rodearnos de gente que sólo nos aporten cosas buenas, pero allí estamos con «frenemies», parejas desgastantes, relaciones tormentosas. Podríamos alimentar nuestras mentes sólo de pensamientos e ideas positivas, pero allí estamos revolviendo la cubeta de obsesiones que sólo nos hunden.

Infectémonos, porque es inevitable, pero escojamos sólo lo que nos haga estar mejor. Dentro del experimento que sufren mis hijos por tenerme como mamá, se me han enfermado, sí, pero ninguna enfermedad me los ha mandado al hospital (primero Dios así siga).

Cambiar juntos

Estamos a punto de cumplir 10 años de casados (tenemos más de 20 de conocernos, pero esa es otra historia) y me parece poco y mucho tiempo a la vez. Mis papás llegaron a cumplir 30 años, pero ni de chiste quisiera acercarme a una relación tan mala como tenían ellos. Y es que llegaron a no conocerse, porque les era imposible hablarse.

El cambio personal no sólo es inevitable, sino que es bueno. Lo que no se mueve, crece y se transforma, está muerto. Igual son nuestros gustos, intereses y conocimiento. Obvio no nos llama la atención hoy lo mismo que cuando teníamos 15 años (al menos eso espero).

Y en una relación ese no es el problema. Lo que jode el asunto es cuando, de un día al otro, uno despierta con un extraño por no haberse tomado el tiempo de hablarle. No vale sólo abrir la boca para pedir comida, saludar o alegar. Se necesita un genuino interés en conocer a la persona con la que uno pretende compartir su vida. El conocimiento alimenta la confianza, refuerza el respeto y aviva el cariño.

La vida es complicada, los horarios son apretados y el cansancio abunda. Me cuesta quedarme despierta después de la 10pm, pero, en 10 años, si pasan más de tres días sin tener una plática de por lo menos media hora con mi marido, me siento un poco perdida. Menos mal tengo el excelente ejemplo de mis papás y de cómo no quiero pasar mi 30 aniversario.

Yo vivo para mí

Hoy, como muchas de las cosas que termino masticando cuando escribo, el tema de conversación con Mario comenzó este post. Y es que, lamentablemente, cada vez me sorprende más la capacidad que tenemos como humanos de hacernos la vida difícil. Somos completamente contradictorios en nuestro comportamiento: mientras más vivimos para los demás, más desgraciados somos.

Me explico: todo aquél que pone su felicidad, su vida, su destino en las manos de un tercero, está sujeto a no tener control de su propia vida. Y no me refiero a no querer, a no confiar, pero no podemos hacer nada de eso si no comenzamos con nosotros mismos. Sólo la persona que está llena, plena, feliz, puede voltearse con el vecino y compartirse. No me refiero a bienes materiales, ésos son los de menos cuando de ayudar se trata. Hablo de los valores intrínsecos que alimentamos dentro de nuestros corazones y que no pueden depender de nadie más que nosotros.

Vivir pendientes de qué tienen, hacen, dicen y opinan nuestros vecinos es asegurarnos la necesidad de comprar antidepresivos. Siempre, SIEMPRE, va a haber gente a nuestro alrededor con más cosas, mejores cuerpos, más felices relaciones. Por lo menos en apariencia. ¿Y qué? Si apreciamos lo que hemos obtenido con nuestro esfuerzo, trabajamos por ser más sanos todos los días y nos rodeamos de experiencias que enriquezcan nuestras vidas, poco o nada nos van a afectar los logros de los demás, salvo para compartir su felicidad.

Yo vivo para mí. Y por eso puedo darme a los demás.

Dejar ir lo malo

Hace nueve años, heredé la casa de mis papás. La razón es obvia, triste, prematura y todavía preferiría vivir en el apartamento que teníamos, si fuera a cambio de tener aquí a mis viejos. Pero la cosa no funciona así y resultamos con una casa que casi me doblaba la edad, construida por mi padre (ingeniero civil) para su vida con otra familia antes que la  nuestra (6 hijas. 6. Hijas.) Decidimos remodelar la casa con nuestros ahorros y, como lamentablemente pasa seguido, nos esquilmaron, dejaron las cosas a medias y nuestras cuentas vacías. Y con un niño de tres meses. Y con una niña que vino dos años y nueve meses después. Y sin trabajar yo. Y con cambios de trabajo Mario.

Cada vez que entraba a la casa y miraba las paredes agrietadas, el repello mal puesto, los gabinetes de cocina pandeados, me daba cólera. Cada vez que pasaba sobre el mardito piso de piedra del garage en donde se me doblan los pies con el menor de los tacones, me daba cólera. Cada vez que se zafaba un tomacorriente por estar mal puesto, me daba cólera.

Y así se fue sentando ese sentimiento en el teatro de mi cerebro, hasta tener un balcón privado propio, desde el que teñía muchas de mis lindas experiencias en la casa. Y, ¿lo peor del asunto? Me acostumbré a vivir con ella.

Nos gustan las cosas familiares, por malas y nocivas que sean. Así es que aguantamos trabajos opresivos, relaciones abusivas, sentimientos carcomientes. Rascamos la herida para que vuelva a sangrar, porque así sentimos de nuevo algo que conocemos. Y no nos damos cuenta que nada externo es dueño de lo que nos habita, que somos nosotros los que lo consentimos, alimentamos, agrandamos. Ir por la vida con el corazón abierto para sacar todo lo malo es llevarlo expuesto, si, pero también es llevarlo liviano. Los dioses egipcios eso era lo que pesaban.

Hoy, gracias a Dios, ya estamos arreglándolo todo. Todo. No tengo cocina, no tengo sala, tengo polvo, gente extraña y, pronto, un segundo piso, acceso fácil al jardín y la casa a mi estilo. La cólera quiere quedarse y me está costando dejarla ir, al final, han sido casi diez años de compañía. Pero ya estoy desalojándola y creo que con escribir esto le estoy dando la última patada. Lo hubiera podido hacer antes.

La altura es importante

No es lo mismo hablar cara a cara que desde alturas diferentes. No importa el dicho pícaro de «qué importa si se juntan los ombligos», deja de ser simpático cuando se acentúa una relación de poder. Así como cuando uno es niño y mira un gigante que lo lleva, trae, viste, alimenta a uno. Y peor si se acerca para regañar.

Las personas le ponemos valor a cosas que realmente no lo tienen: el dinero, un título, belleza externa… Nada de eso nos da verdadera estatura, pero nos mareamos de todas formas. No aprender a ver a la gente a nuestro alrededor como iguales, nos disminuye en nuestra humanidad, nos empobrece, nos afea.

Para hablar con alguien más pequeño, lo primero que tenemos que hacer es verlo a los ojos, horizontalmente. Ya sea que nosotros nos agachemos, o que subamos al otro, lo mejor es encontrar la línea recta, sólo así nos entendemos.

Y sí, cuando quiero imponerme (que también toca, hay situaciones que no son discutibles como reglas de seguridad, horario de dormir…) me paro y miro a mis hijos hacia abajo. Pero rara vez he aprendido algo de ellos así. En el momento en que necesitan contarme algo, me siento, me acuesto con ellos, me hinco, los subo a la mesa… Ellos son mis iguales y sus problemas tienen la misma importancia que los míos.