Tal vez no es importante

Alguna vez me quedo con una opinión entre pecho y espalda, porque «calladita me veo más bonita», o porque no me han pedido mi opinión, o porque no es de mi incumbencia. En realidad todo eso se resume en: para la situación y la otra persona, mi opinión no es tan importante. Y eso es cierto en relaciones interpersonales y en cuestiones de conducta que no me afectan directamente.

Pero vivimos en el mundo que moldeamos a nuestra imagen y para cosas grandes, nuestra opinión sí importa. Es bueno manifestarse en contra de la injusticia. Es esencial hablar a favor de nuestros principios. Nos afecta directamente si nos quedamos callados ante atropellos.

Por alguna razón, nos es mucho más sencillo opinar fuerte y frecuentemente acerca de cosas que no nos tocan, como la forma en la que se viste la vecina, si tal o cual persona se acuesta con otra o con mil, si cree o no en la misma vida después de la muerte que nosotros. Nos cuesta muchísimo más plantarnos y mantenernos firmes en nuestras opiniones fundamentales.

Y ésas son las verdaderamente importantes. Restarle importancia a cosas que no la tienen y concentrarla en las que sí, nos da poder. Y eso es algo que a mí me gusta.

Lo que pienso

Me quedo sin palabras para transmitir las imágenes que tengo en mi cerebro. A veces mis ideas me las hago tan complicadas, que pasarlas a algo comprensible se me hace cansado. Veo las cosas como un todo que se pierde a la hora de desmenuzarlo para digerirlo. Pero eso quiere decir que no sirven de nada. Porque yo quiero compartirlas y enseñarlas y discutirlas. Entonces las saco poco a poco y trato de volverlas a armar en el mundo exterior. A veces sí son un todo interesante, otras se pierden en el camino y queda una imagen a medias. Escribir me ayuda, porque estoy hablando conmigo misma y yo sé qué me estoy contando casi siempre. Tener una mente igual de compleja con quién desmenuzarme es lo mejor que me ha pasado. El hecho que me haga explicar mis súbitas conclusiones me obliga a retomar los caminos retorcidos de mi lógica intuitiva y logro llegar al principio. Allí comparo lo que sé, con lo que me invento.

Nuestra mente sabe más de lo que nos imaginamos y lo que pensamos se alimenta de mucho más que sólo ideas conscientes. El hecho de examinar nuestra ideología desapasionadamente, nos ayuda a encontrar nuestra identidad.

Hay muchas cosas en las que creo firmemente sin evidencia dura: en Dios, en la vida más allá de la muerte, en el amor. Pero no lo hago de forma irracional. Otra parte de mi vida está sólidamente asentada en demostraciones científicas. Lo divertido es que, lo que no puedo demostrar es inamovible. Lo segundo está sujeto a nuevos descubrimientos.

El resto es puro producto de mi mente.

Las estrellas

¿A quién no le gusta ver estrellas por la noche en un cielo despejado? Ese primer destello cuando oscurece, o el último esplandor cuando va amaneciendo. Me queda la expresión de pequeña «se apagan las estrellas cuando sale el sol». Cuando no es así, es sólo que salió una estrella mucho más brillante y opaca a las demás.

Creo que cada uno es el sol de su propio firmamento. En nuestra vida, cada uno decide su actuar. Pero también es importante tener estrellas que lo acompañen e iluminen en noches oscuras, cuando la luz de nuestro razonamiento no mucho que funciona. Estamos muy lejos de estar solos en este mundo y nuestro paisaje es más completo y hermoso mientras mejor aprendamos a colaborar con los demás. Pero hay que tener cuidado de encontrar personas que brillen también con luz propia y que no sean hoyos negros que nos arrastren. Hasta en el vacío del espacio hay trampas de luz que succionan todo lo que se les pone cerca.

Hay un momento mágico cuando el sol aún no ha salido, pero se mira su luz y las estrellas todavía se pueden distinguir. Pero todas al final se desvanecen y ya no las vemos, aunque sigan allí. Yo tengo varias luces que me guían en mi vida y que están siempre allí, aunque no las mire. Gracias.

Escribir nuestra vida

Hay muchas tradiciones y religiones que creen que todo lo que hacemos, pensamos y sentimos se queda grabado en una especie de libro «cósmico». No sé si esto será cierto. Lo que sí sé es que yo llevo escrita mi vida entera en mi cuerpo. Tengo las cicatrices de las caídas en bici, la seña de la cirugía por donde salieron mis hijos, la noche de desvelo en las ojeras…

Cada cosa que hacemos deja su huella en nosotros. Nuestra cara se marca por nuestros sentimientos más frecuentes, sino, no se llamarían cariñosamente «líneas de expresión». Cómo nos alimentamos se refleja de formas evidentes y no tan evidentes, porque los órganos internos no son tan fáciles de ver como la lonja. Hasta nuestra paz interior se nota en la forma en la que caminamos.

Todos escribimos nuestra vida y el libro que utilizamos es nuestro cuerpo. Hay algunas cosas que se pueden borrar y volver a poner, como el peso. Otras, como las cicatrices, nos acompañan para toda la vida.

Me gusta pensar que estoy tratando con cariño mi libro, porque es el único que tengo y me tiene que durar en buen estado. También me pasa que siempre me ha gustado decorar cualquier papel que tenga a la mano. Tal vez por eso, a la par de las cicatrices, hay tatuajes. Nadie dijo que era prohibido pintar.

El derecho de juzgar

«Qué feo está vestida esa pobre mujer. ¿Cómo se le ocurre comerse eso? Qué malcriado ese niño.» Las críticas se ponen a las órdenes y en fila en mi cerebro. Menos mal tengo bien puestos los filtros para que no se salgan por la boca.

Y es que todos tenemos opiniones de las cosas que no nos incumben, sin saber el contexto de la vida de la persona a la que le estamos bajando el cuero. La gente tiene actitudes que chocan, gestos que disgustan, ropa que no les queda bien. ¿Y qué? ¿Quién nos da el derecho de juzgar cosas que no nos tocan? Porque no es lo mismo rechazar un golpe, por ejemplo, a alegar de que alguien tiene la cara amargada. Luego para uno enterándose que se le acaba de morir el perro y se siente uno mal.

Cada uno de nosotros tiene una historia que transcurre y son pocas las personas que la conocen lo suficientemente bien como para entender una escena aislada. La gente que nos ha acompañado en la mayor parte del recorrido y comprende el trasfondo de nuestros malos ratos, ésa es la que tiene algún grado de permiso para opinar. Lo simpático es que rara vez lo hacen. Porque el comprender a otro ser humano es tenerle empatía. Y cuando sentimos empatía, se nos quita la gana de pelarlo.

No pretendo conocer a toda la gente con la que me topo en la calle, pero sí quiero estar consciente que ni me incumbe cómo va vestida, ni entiendo por qué. Espero que cuando me topo con conocidas del colegio, súper bien arregladas, me hagan el mismo favor cuando me vean en mis fachas usuales.

Quisiera poder

Hay muchísimas cosas que me gustaría poder hacer. Algunas de ellas están completamente a mi alcance, como aprender a tocar el piano (sólo es cuestión de conseguir el instrumento), aprender bien el italiano (para eso está Duolinguo), o cambiar de cinta en el karate. Otras, no. No puedo, a estas alturas del partido, salir en la portada de la edición de trajes de baño de la Sports Illustrated, por ejemplo. Ni tampoco, realísticamente, tomarme un año sabático de mi vida y salir a recorrer el mundo con una mochila. Simplemente ya me pasó el momento.

Hay muchas cosas que están a nuestro alcance y que sólo requieren de nuestra inversión: tiempo. Tal vez comenzamos más tarde de lo que se considera como «ideal», pero eso no nos debe impedir intentarlo. O sea, mientras más tiempo dejamos pasar para empezarlas, más tiempo estamos dejando de lograrlas. Me parece un poco triste que la gente crea que las páginas que tiene acumuladas del calendario son una montaña que no pueden escalar. Y se quedan abajo, tristes, sin darse cuenta que es sólo cuestión de comenzar a caminar. No siempre llegaremos a la cima, pero de la mitad de la montaña ya se tiene una bonita vista.

Las cosas que me quedan por hacer no se miden tanto en logros externos. Quisiera ser mejor madre, más sabia, menos complicada. Quisiera ser mejor persona, menos agria, más empática. Quisiera ser mejor pareja, menos egoísta, más amorosa. Todas esas son cualidades en las que debo trabajar, como si estuviera aprendiendo a tocar el piano. Es bueno, porque puedo mejorar. No tan bueno porque me queda mucho por hacer. Menos mal que me queda el resto de mi vida.

Alta toxicidad

Muchas veces he hecho cosas motivada por un sentimiento negativo. Ser la mejor de un grupo que me molestaba, perder peso y estar en forma para contradecir a los que me llamaban gorda, irme de la casa de mis papás por sentirme agobiada. El resultado de muchas de esas cosas no sólo fue positivo, sino que conservo muchos de los buenos hábitos que adquirí para obtenerlos. Lo que me ha costado muchísimo es dejar atrás todas esas emociones corrosivas que me impulsaron en un inicio.

Las ideas, ideales, valores, todas esas cosas racionales, nos dan una meta hacia donde llegar. Pero lo que nos impulsa para obtenerla son nuestras emociones. Lamentablemente, consideramos los sentimientos casi como gnomos fantásticos difíciles de entender e imposibles de gobernar. Y nos montamos en el que tengamos más a mano para que nos sirva de combustible y nos llegue a donde queremos.

Pero no todo lo que nos mueve es igual de bueno. Los desperdicios nucleares generan calor igual que un madero ardiendo, pero cómo queda uno al final de usarlos son otros veinte pesos. Pasa lo mismo con lo que uno siente. Lograr un objetivo gracias a una necesidad de vengarse, o al enojo nos ayuda a impulsarnos. Pero resultamos cruzando la línea final sin sentirnos totalmente satisfechos.

Es mejor usar emociones que nos llenen por sí mismas y eso sólo se logra poniéndoles más atención que a las otras. Cuesta, porque el enojo ladra más fuerte que la felicidad, pero igual así muerde.

Ahora trato de dejarme llenar de emociones que me alimenten, porque hay dos gnomos de verdad en mi casa que modelan sus sentimientos según los míos. No hay motivación más positiva que esa.

Me rescato yo, muchas gracias

¿Quién de pequeña de más o menos mi misma edad no soñó ser la princesa rescatada? O eras la «Bella Durmiente», que tiene en sus raíces una historia súper turbia (sólo les cuento que la chava queda embarazada estando dormida) o Blanca Nieves, o Rapunzel. Todas tenían en común una falta total de agencia por parte de la chava. No me voy a tirar al agua feminista, muchas gracias, pero sí me recuerdo muy bien que yo soñaba con tener un Hada Madrina que me vistiera, me paseara y me consiguiera al príncipe azul de mis sueños.

Y es que, ha de ser reconfortante pensar en no ser responsable de los huesos propios. Las personas muchas veces buscamos que nos den soluciones de afuera, a problemas que tenemos adentro. Y los queremos fáciles y rápidos y gratis y bonitos. Mejor si bailan bien.

Luego uno voltea a ver al tipo con el que sale (o se casa) y siente el agujero emocional del vacío que crece cada día más. Y no hay pisadas de caballos blancos con jinetes al rescate. Ni nada parecido.

Lo bonito es que es entonces cuando verdaderamente uno puede comenzar a escribir su cuento de hadas. El hecho de rescatarse a uno mismo, nos da el mejor regalo de todos: nuestra propia vida. Ser la persona que nos saca de la situación en la que estamos (muchas veces, obvio, porque nosotros nos pusimos allí), nos acrecienta la autoestima, nos da poder y nos permite moldear nuestro futuro.

Yo agarré mi caballo (el carro), y salí disparada de donde estaba. Me pude reorganizar, redescubrir y reajustar. Y, cuando llegó el héroe, no encontró una damisela en aprietos. Encontró una heroína que lo puede acompañar a afrontar cualquier cosa.

La verdadera fuerza

Una de las cosas que más me parten el corazón es ver cuando mis hijos me dibujan enojada. «Ala gran,» pienso con el corazón estrujado, «¿será que así me ven todo el tiempo?» No voy a negar que mi modo emocional de default es el ceño fruncido, la voz estridente y el gesto de mano severo. No es excusa, porque definitivamente me he instruido de otras fuentes, pero obvio esa es la forma en la que me criaron a mí.

El uso de la fuerza es sencillo. Las reglas inconmovibles son fáciles de dibujar y mucho más sencillas de mantener. Un trabajo con normas rígidas tiene poco grado de dificultad. Pero tampoco da mucha satisfacción. Si una relación no admite un cambio evolutivo, muere. ¿Quién no ha preferido ganar un argumento a pura alzada de voz que con poder de convencimiento?

Resulta que el árbol más fuerte no es el que es tan tieso que se rompe ante un viento fuerte, sino el que soporta la tormenta aún doblándose. De igual forma, de mamá, mis hijos no me hacen más caso porque les suba la voz. A veces parece contraproducente. Estoy aprendiendo a mantener la firmeza, pero soltando la rigidez. Si puedo hacer eso con el yoga, lo debo poder hacer con mis hijos. Y ya también ellos me están dibujando más frecuentemente con una sonrisa.

Frenar

Yo no sé montar bicicleta. Bueno, sí sé montar, lo que no sé es parar. Y eso resulta siendo un poco importante para no estampar la carita en el aslfalto. O las rodillas. Alguna vez despegué cuál Challenger de la bajada cerca de mi casa y ya no volví por otra.

Poner altos en las actividades, sentar límites en las relaciones, poder parar los pensamientos nocivos, nos mantiene con cierto grado de salud. El mayor problema de una situación que se nos sale de control es que ya lleva un cierto ímpetu. A veces no es suficiente querer cambiar el curso que llevamos, es necesario frenar por completo.

Y detener algo en marcha es difícil, porque se necesita la misma cantidad de energía que lo tiene en movimiento. Cansa, agota, duele. Pero hay que saber cuándo hacerlo, o nos vamos a ir a dejar toda la humanidad de calcomanía emocional ante la pared con la que, eventualmente, nos vamos a chocar.

Me cuesta frenar en una bici. Al menos he aprendido a parar las situaciones que me dañan.