Alguna vez me quedo con una opinión entre pecho y espalda, porque «calladita me veo más bonita», o porque no me han pedido mi opinión, o porque no es de mi incumbencia. En realidad todo eso se resume en: para la situación y la otra persona, mi opinión no es tan importante. Y eso es cierto en relaciones interpersonales y en cuestiones de conducta que no me afectan directamente.
Pero vivimos en el mundo que moldeamos a nuestra imagen y para cosas grandes, nuestra opinión sí importa. Es bueno manifestarse en contra de la injusticia. Es esencial hablar a favor de nuestros principios. Nos afecta directamente si nos quedamos callados ante atropellos.
Por alguna razón, nos es mucho más sencillo opinar fuerte y frecuentemente acerca de cosas que no nos tocan, como la forma en la que se viste la vecina, si tal o cual persona se acuesta con otra o con mil, si cree o no en la misma vida después de la muerte que nosotros. Nos cuesta muchísimo más plantarnos y mantenernos firmes en nuestras opiniones fundamentales.
Y ésas son las verdaderamente importantes. Restarle importancia a cosas que no la tienen y concentrarla en las que sí, nos da poder. Y eso es algo que a mí me gusta.
