La mejor forma de no chingar

«Una mente desocupada sólo piensa cochinadas», decía mi mamá. Y ¡qué razón tenía! Nunca me atormento con estupideces tanto como cuando dejo que me venza la huevonería. Porque uno siempre tiene el hámster dando vueltas en el cerebro y, sin recibir la alimentación adecuada, busca qué destruir. Así, una llamada se convierte en una provocación, un tuit en un cantineo, un silencio en una afrenta y, hasta el más inocente de los accidentes en algo hecho a propósito para amargarle la vida a uno.

Cuando encontramos algo que nos absorbe, tenemos un pedacito de cielo. Podemos abstraernos de la realidad, darnos un descanso de las preocupaciones diarias y ejercitar neuronas con conexiones felices. Puede ser algo tan sencillo como armar un rompecabezas: es entretenido, reta y al final tiene algo que se puede enseñar.

Mantener la mente ocupada es la mejor manera de ser feliz. Porque nuestro cerebro es un motor con más caballaje que el de un vehículo de F1 y si no lo manejamos con propósito, nos arrastra. Tampoco se trata de tenerlo a 5 por hora, desperdiciado, que es como generalmente pasamos nuestro tiempo libre (o sea, Netflix no ha hecho del «binge-watching» un deporte sin nuestra ayuda).

Si alimentamos nuestra mente con información interesante, la ponemos a trabajar en resolver retos que nos hagan mejores personas y logramos producir algo tangible con nuestro esfuerzo, no dejamos ni un segundo para joder a las personas que tenemos a nuestro alrededor.

A la par de ese dicho, mi mamá me enseño a coser, a cocinar, a pintar, me inculcó una pasión por la lectura y me inició en el amor por los idiomas. Y aún así, chingo. No quiero ni pensar qué pasaría si estuviera desocupada.

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