Se acaban las palabras

El proceso de autoconocimiento debería ser auto-mático. Al final del día, uno se lleva a uno mismo a todos lados. Pero resulta que el cerebro es ciego para consigo mismo y le es imposible verse. Lo único que queda es cuestionarse profunda y, a veces, dolorosamente por qué hace uno ciertas cosas.

Así, mis temas son recurrentes, porque mis inquietudes salen a la superficie como burbujas y casi todas se parecen. Siento que escribo de lo mismo, muchas veces, sin llegar a agotar ciertos temas que me incomodan, pero no lo puedo evitar. En algunos casos, como sentirme casi paralizada por un sentimiento de culpa por la muerte de mi mamá, sacarlo, que le diera la luz y el aire, mató el tema. En otros, como mi lucha contra mi vanidad, la necesidad de controlar mi temperamento, mis angustias por estar haciendo un buen trabajo como mamá, las ideas salen una y otra vez, porque vivo procesos que crecen conmigo y sólo me toca trabajarlos cada día.

Las palabras no se acaban, sólo cansa a veces tener que regresar a un tema que ya creía terminado. Lo bueno es que tengo de qué seguir escribiendo.

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