El que te quiere…

Puedo decir con felicidad que mi marido me ama, me admira y me respeta. Y, tal vez con un poco menos de algarabía, que me conoce muy, muy bien. Menos de lo que él cree, tal vez, pero seguro más de lo que me conviene. Sabe cuándo algo me molesta, sabe cuándo hacerse la bestia y sabe lo que opino de casi todo. Lo mejor de ese conocimiento es que sabe perfectamente cuándo bajarme de la moto y regresarme a mi realidad: «No Vampi, x o y no es así, lo estás exagerando.» Pfffffffffff, se desinfla mi expandido sentido de mi autoimportancia y ya me calmo. En esencia, es mi cuate que me dice que «me deje de pajas», aunque mucho más bonito.

Es importante tener a alguien que nos centre de esa manera. Sino, andaríamos por la vida creyéndonos nuestras propias mentiras acerca de ofensas percibidas, ideas grandiosas, o el lugar altísimo en el que nos tienen que poner todos. Alguien que camine con nosotros, nos conozca todas nuestras pequeñas (o grandes) debilidades, reconozca nuestro esfuerzo por ser mejores, nos quiera y, por lo mismo, no nos deje chingar tanto.

El amor y la confianza nos dan las herramientas para encontrar los puntos en los que se abre el corazón. Abusar de eso nos convierte en seres detestables. Pero, de vez en cuando, un puyoncito en el lugar correcto donde casi duela nos llama la atención de la mulada que estábamos por cometer.

Poder decirle con sinceridad y respeto a la persona con la que se comparte la vida: «A ver, no es eso lo que te estoy preguntando. Contéstame primero y después me alegas del tono», abre el camino para el resto de conversaciones que se tengan que tener. La vida es larga y uno entra y sale solo de ella. Es bonito tener a un amigo para el intermedio.

Ayudar a sentir

Acabo de tener una de esas conversaciones con mi hijo de las que me hacen cuestionarme seriamente mi aptitud para ser mamá competente. Resulta que quiere regalar corazones para el Día del Cariño. Los quería comprar, pero le ofrecí que los podemos hacer juntos. Y allí estuvo el lío: dice el niño que no sabe recortar bien y que no le salen las cosas y (lo que me partió el corazón) y que le «da miedo arruinar las cosas.» Respiré profundamente.

Muchas veces nos paraliza ese miedo, hasta para las cosas que no podemos dejar de hacer sin dejar de vivir, como aprender cosas nuevas, tener relaciones exitosas, comenzar un trabajo. Queremos todo «perfecto», sin defectos y sin tener la responsabilidad de arruinarlo. Pero así no funciona el mundo. Las cosas se rompen, las relaciones tienen sus momentos difíciles, cometemos errores. Y seguimos viviendo. Con alguna cicatriz más por el trancazo que nos acabamos de dar. Con menos puntos en un examen. Con la oportunidad de tener un trabajo nuevo. Pero vivos. Y con experiencia invaluable.

Obviamente no puedo restarle importancia a cómo se está sintiendo mi enano. Pero sí le puedo transmitir que a mí lo que verdaderamente me importa es que lo intente y se esfuerze por hacerlo lo mejor que pueda y que siga adelante. Porque yo no voy a durarle toda la vida. Porque él tiene que poder hacer todo solo. Porque lo amo.

Así que, después de respirar, de decirle que siento mucho que se sienta así, le dije que de todos modos vamos a hacer los corazones, que él los va a recortar y que, tal vez después de recortar 20, ya le queden bien.

Tomarme la molestia

Las confrontaciones en la vida no son fáciles de asumir. En una relación de igualdad, cuando existe una molestia es más cómodo enterrarla y que las cosas se «arreglen solas». Y ¡oh sopresa! Las cosas que se entierran, como las semillas, crecen escondidas hasta que brotan, con raíces y todo.

Hay dos caminos para evitar esas plantitas ponzoñosas. Uno es tomar una saludable dosis de «me pela» y dejar que las irritaciones de cada día se resbalen como agua por la espalda de un pato. Esto implica aprender a no tomarse las cosas de forma personal, a no leer más de lo que va en una frase, a no querer interpretar tonos de voz y gestos (ni jetas). Navegar por el mundo con pocos irritantes, asegura una mejor salud mental y seguramente menos arrugas.

No somos tan importantes como para que el conductor del carro que casi nos choca lo haya hecho porque nosotros íbamos allí. Lo hizo por tarado y punto. No es personal. De la misma manera, la gran mayoría de personas no debería poder tocar las cuerdas de adentro de nuestra psique. Ése es un privilegio y uno tiene que aprender a guardarlo.

Mientras más años llevo en esto, mi nivel de ¿indiferencia? ¿distanciamiento?, como le quieran llamar, va aumentando y me siento más cómoda. Hasta me ayuda para ser más amable y empática aunque parezca contradictorio.

Para el resto de casos en los que no puedo aplicar esa regla, existe el segundo camino: «ven, tenemos que hablar.»

La tolerancia peligrosa

En la vida, lo que más me ha ayudado a obtener lo que quiero es la amabilidad. Una sonrisa, un saludo, un «por favor» y un «gracias», me han abierto más puertas que cualquier calificación. Claro que la competencia, efectividad y éxito me los he tenido que trabajar una vez atravesado el marco de la puerta, pero ese primer paso seguro fue por educada. Y es algo que me sigue acompañando. Sólo que ahora me he topado con situaciones en redes sociales en los que esa cordialidad no sólo no me sirve de nada, sino que me pone en una clara desventaja ante ciertas actitudes de personas que se sienten poderosas porque pueden insultar desde el anonimato. Me dejan fría, sin saber qué contestar. Porque no entiendo la necesidad de una agresión sin provocación.

Ahora bien, también existen momentos en los que la amabilidad se vuelve tolerancia y la tolerancia en complacencia y la complacencia en complicidad. No se debe quedar uno callado ante un abuso flagrante. Un «está pasándose de la raya», «eso no es permisible», o un simple «con eso no estoy de acuerdo, usted está equivocado», también son parte importante del discurso que nos mantiene dentro de una sociedad. Ser «tolerantes», en su extremo, nos puede llevar a «aguantar palo». Y no. La educación que me machacaron mis padres no está por encima de mi integridad.

Por eso es tan importante meterles a los niños en la cabeza que siempre tienen que saludar, pero que no es obligatorio que den un beso a un extraño. Que deben decir «gracias» y «por favor», pero que no tienen por qué dejarse que alguien los acose. Que nosotros los papás mandamos, pero que nos pueden preguntar por qué les pedimos que hagan ciertas cosas.

El mundo cordial, pero firme en sus valores, funcionaría mucho mejor que el desmadre que tenemos de gente que sonríe mientras les pasan encima. Tal vez mi lema podría ser «Gracias, pero no me chinguen.»

Atención incómoda

Siendo sinceros, a mí sí me gusta ser el centro de atención, pero no en todas las ocasiones. Generalmente, si es entre personas que no conozco, mejor que ni se percaten de mi existencia. Es un resabio de no estar completamente segura de estar haciendo bien las cosas. O de no confiar en las intenciones de la otra gente. O de ser extañamente tímida (aunque eso nadie me lo crea). Pero me incomoda especialmente cuando gente con la que no tengo tanta familiaridad, me trata con mayor atención de la que yo les doy.

Pareciera que todos tenemos límites de confianza que estrechamos o ensanchamos a nuestra conveniencia. Y está bien. Nunca he entendido la necesidad de hacer amistades entrañables en el trabajo, simplemente porque uno mira a la misma gente todos los días. No estoy hablando de la cordialidad y educación que son indispensables. Me refiero a tener que agregar al ámbito personal a gente con la que no tenemos necesariamente nada en común.

Saber poner límites, adecuar actitudes, delimitar relaciones, nos da más seguridad y nos pemite crear interacciones más sanas. No hay misil más certero para sabotear de una buena relación, como la pérdida del respeto por adelantarse a la confianza.

Y no es que las cosas no sean fluídas y no puedan cambiar. Yo puedo comenzar saludando con la cabeza a alguien a quien tiempo después puedo considerar de la familia. Pero no antes de su tiempo.

Complemento/Igualdad

Creo que nunca he armado un rompecabezas de muchas piezas. Me llama la atención, pero entre tantas otras cosas qué hacer, no le he hecho tiempo. Y es que me parece muy simpático cómo se arma un cuadro armónico de un montón de figuritas que pareciera no tienen nada qué ver entre sí. Todas son distintas, pero todas tienen un orden específico. Incluso algunas pareciera que casi cazaran, casi, pero no. Uno tiene que encontrar la exacta.

Algo así pasa en las relaciones. Ni se puede uno buscar a alguien igual, porque no tiene la menor gracia, ni tan distinto que no haya enganche. Lo triste es cuando uno prueba y prueba y prueba, sin fijarse más o menos las características generales de lo que uno necesita. Lo trágico es cuando uno se conforma con alguien con quien casi encaja. En esos espacios que dejan los «casis» es que se forman los barrancos que se tragan las relaciones.

Estar con alguien, en cualquier capacidad, hasta para buscar el colegio de los hijos, implica un grado de afinidad que permita que existan diferencias, pero que ésas no provoquen un total desfase. Más aún con la gente con la que uno convive.

Al final del día, cada pieza que uno agrega, se suma al cuadro final de nuestras vidas. En uno está que el resultado no sea un mamarracho.

Ilusión y felicidad

He aprendido a amar la cocina. Pasar bastante tiempo preparando comida rica para compartirla con la gente que quiero, me da placer. Es un buen ejemplo de gratificación diferida, porque a veces hago cosas que se toman hasta dos días en estar listas. Y me disfruto tanto el hecho de hacerlas, como el comérmelas.

Hay un punto de equilibrio precario entre el ser feliz en el momento y tener la ilusión del futuro. Sin lo segundo, no tenemos ambiciones, metas, razones para avanzar. Pero si sólo creemos que vamos a encontrar placer en lo que está por venir, jamás vamos a estar contentos, porque el mañana siempre es al día siguiente.

Encontrar la manera de estar consciente de nuestro alrededor e identificar lo que nos llena la cara de sonrisas, nos da paz, nos llena, en ESE momento, es encontrar el marco de la realidad que estamos viviendo. Y es allí, dentro de ese espacio, en donde encontramos la verdadera felicidad. La vida va pasando y el chiste es cabalgarla y admirar el paisaje, independientemente si estamos en bajada o en subida.

Estar metida en la cocina y pasar por los pasos de una receta, me parece un acto de creación y arte.

A lo que olemos


Mi papá le tenía aversión al ajo. Recuerdo las tardes viendo al chef español que llamábamos «el Arjeñado» de cariño en la casa, decir: «y ahora un chorrete de aceite de oliva y un poco de ajo a la sartén», y escuchar el estómago de mi papá protestando fuertemente contra ese crimen. Lo peor era salir a comer y regresar, sólo para que me dijera que «apestaba a ajo». Nunca vine oliendo a licor, pero casi puedo decir que eso hubiera sido mejor que el ofensivo tufito.

Independientemente de la higiene personal y asumiendo que hablamos de gente igual de limpia, se pueden descubrir muchas cosas sólo con el olor de las personas. Especialmente cómo y de qué se alimentan. Generalmente, la gente que come cosas que no son de lo más sano, apestan. Huelen shuquito, por lo menos así lo siento. Y es que todo lo que nos metemos, repercute en lo que exudamos, no podría ser de otra forma.

Lo mismo con la información de la que nos alimentamos. La gente que se (de)forma su idea de la sexualidad a pura pornografía, saca a la luz sus expectativas irreales de una relación. Si nuestra idea de cultura es ver un «Reality», ni entendemos cómo llenar nuestra imaginación y pretendemos vivir la vida que ni los de los shows tienen. Juntarnos con gente que tiene una nube de negatividad nos hace sacar el depresivo interior.

Todo lo que ingerimos deja su marca, una más permanente que otra. Y no digo que no podamos salirnos de lo «sano» de vez en cuando. Sólo hay que saber cuánto tiempo queremos apestar.

Cada cierto tiempo

Cuando murieron mis papás, me tocó ordenar la casa. Sacar un volcán de cosas que estaban acumuladas. Encontré hasta los recibos de pago de mi primer año de colegio, más de 10 años después de graduada. Hurgar en los recuerdos que para ellos eran importantes y que para mí eran basura, me dejó una herida de tristeza. Y una inyección de pragmatismo. 

Durante nuestra vida vamos guardando cosas, recuerdos, ideas, sentimientos y los atesoramos hasta que se vuelven parte integral de nuestra personalidad. Y pocas veces nos tomamos el tiempo de sacarlos, ver que todavía nos sirvan y tirar lo que sólo hace bulto. ¿El desagrado por el fulanito que prefirió a la otra niña? ¿Que la acelga no nos gustaba de chiquitos? ¿Que somos torpes y por eso no hacemos deportes?

Nuestro equipaje cerebral nos pone las fronteras de nuestra capacidad. Muchos dd esos límites son viejos y, cual Europa del Este, deberíamos cambiarlos frecuentemente. Adquirimos nueva información, experiencias, personas, habilidades y todo eso que llevábamos guardado no sirve ni para enmarcarlo y ponerlo de adorno.

Sacando el veinteavo rollo de tape sin pegamento del escritorio de mi papá, decidí hacer limpia de casa por lo menos cada 10 años. Y ya me está tocando volver a hacerlo.

Primero voy yo

La consistencia es el fundamento del éxito en muchas cosas. Por ejemplo, si a uno de mis hijos les digo que x o y va a pasar si hacen a o b, pues eso es exactamente lo que pasa. Lo he hecho las suficientes veces como para que se sientan seguros que va a resultar la consecuencia anunciada de la conducta en cuestión.

Cuando decimos algo, sale aire vibrando de nuestra boca. Pareciera que es insustancial, al final del día «las palabras se las lleva el viento.» Resulta que puede ser muy diferente: las palabras que salen de nuestra boca nos amarran a lo dicho, nos forman, crean el mundo a nuestro alrededor. Una promesa dada, primero, ata al que la dice y le impone una carga de lealtad hacia sí mismo.

Esa misma vibración que permite percibir los sonidos, pareciera moldearnos, como si fuéramos mármol. Cada promesa rota, cada infidelidad, cada deslealtad, propinan un golpe que afea nuestra creación. Y es que nosotros nos esculpimos a nosotros mismos con nuestro comportamiento en la vida.

Por eso, consistentemente, procuro serme fiel y cumplir lo que prometo. Porque yo voy primero y no me quiero arruinar.