El que te quiere…

Puedo decir con felicidad que mi marido me ama, me admira y me respeta. Y, tal vez con un poco menos de algarabía, que me conoce muy, muy bien. Menos de lo que él cree, tal vez, pero seguro más de lo que me conviene. Sabe cuándo algo me molesta, sabe cuándo hacerse la bestia y sabe lo que opino de casi todo. Lo mejor de ese conocimiento es que sabe perfectamente cuándo bajarme de la moto y regresarme a mi realidad: «No Vampi, x o y no es así, lo estás exagerando.» Pfffffffffff, se desinfla mi expandido sentido de mi autoimportancia y ya me calmo. En esencia, es mi cuate que me dice que «me deje de pajas», aunque mucho más bonito.

Es importante tener a alguien que nos centre de esa manera. Sino, andaríamos por la vida creyéndonos nuestras propias mentiras acerca de ofensas percibidas, ideas grandiosas, o el lugar altísimo en el que nos tienen que poner todos. Alguien que camine con nosotros, nos conozca todas nuestras pequeñas (o grandes) debilidades, reconozca nuestro esfuerzo por ser mejores, nos quiera y, por lo mismo, no nos deje chingar tanto.

El amor y la confianza nos dan las herramientas para encontrar los puntos en los que se abre el corazón. Abusar de eso nos convierte en seres detestables. Pero, de vez en cuando, un puyoncito en el lugar correcto donde casi duela nos llama la atención de la mulada que estábamos por cometer.

Poder decirle con sinceridad y respeto a la persona con la que se comparte la vida: «A ver, no es eso lo que te estoy preguntando. Contéstame primero y después me alegas del tono», abre el camino para el resto de conversaciones que se tengan que tener. La vida es larga y uno entra y sale solo de ella. Es bonito tener a un amigo para el intermedio.

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