Cuando murieron mis papás, me tocó ordenar la casa. Sacar un volcán de cosas que estaban acumuladas. Encontré hasta los recibos de pago de mi primer año de colegio, más de 10 años después de graduada. Hurgar en los recuerdos que para ellos eran importantes y que para mí eran basura, me dejó una herida de tristeza. Y una inyección de pragmatismo.
Durante nuestra vida vamos guardando cosas, recuerdos, ideas, sentimientos y los atesoramos hasta que se vuelven parte integral de nuestra personalidad. Y pocas veces nos tomamos el tiempo de sacarlos, ver que todavía nos sirvan y tirar lo que sólo hace bulto. ¿El desagrado por el fulanito que prefirió a la otra niña? ¿Que la acelga no nos gustaba de chiquitos? ¿Que somos torpes y por eso no hacemos deportes?
Nuestro equipaje cerebral nos pone las fronteras de nuestra capacidad. Muchos dd esos límites son viejos y, cual Europa del Este, deberíamos cambiarlos frecuentemente. Adquirimos nueva información, experiencias, personas, habilidades y todo eso que llevábamos guardado no sirve ni para enmarcarlo y ponerlo de adorno.
Sacando el veinteavo rollo de tape sin pegamento del escritorio de mi papá, decidí hacer limpia de casa por lo menos cada 10 años. Y ya me está tocando volver a hacerlo.
