Satisfacer a nuestro adolescente

Hace poco, molestaba a mi marido diciéndole que había cumplido uno de sus sueños de adolescente. Y, aunque nos reímos mucho, no dejó de ser un poco cierto. Yo recuerdo esos anhelos de cambiar el mundo, inventar la cura contra el cáncer y ser la chica más popular. No había mucha diferencia de prioridades.

Durante la infancia, el cerebro hace todas las conexiones posibles, quedando la ciudad con un montón de calles entre los edificios de neuronas. Luego resulta que uno no las utiliza todas y es momento de hacer un P(lan) de O(ordenamiento) T(territorial), porque tenemos nuestra cabeza hecha un relajo. Y es cuando llegan los de nuestro gobierno hormonal a quitar calles, ampliar las que sí se van a quedar y hacer que todo funcione más eficiente. En los años de adolescencia afianzamos nuestros gustos, sentimos todo en extremo, vemos las posibilidades del mundo y sufrimos. Y sufrimos. Y sufrimos.

Hasta que llega el día en que somos unos ancianos sabios de 20 años, con todo el mundo a nuestros pies y con recién adquirida independencia. Lo cual pareciera una fórmula perfecta para el desastre que generalmente viene. Parte de ese paso es dejar atrás las locuras que queríamos, entre ellas nuestras ilusiones. Nos volvemos unos aburridos de primera.

Recuperar esa ilusión interior de adolescente entusiasta, nos pega años después. Fuerte. Y puede hacer tambalear y hasta derribar nuestra vida, si no está construida sobre bases sólidas. Es la época en la que los hombres hacen sencillo a sus esposas y las mujeres se vuelven brujas. Es cuando vemos que los hijos en los que nos volcamos, no son compañía y se van a ir de la casa dejándonos solos con el extraño con que dormimos. Es cuando pesamos lo que hemos logrado y lo encontramos falto de sustancia.

El reto para no tener que destruir lo que tenemos, es avanzar con la sabiduría adquirida con los años, para cumplir las metas que nos dan ilusión. No perdernos a nosotros mismos entre el trajín de nuestras vidas. La adolescente que vive en algún rincón, se entusiasma con el karate, la carpintería, las locuras con mi marido. Mi adulta se sonríe y sigue afianzando más conocimientos, criando niños, escribiendo. Así, ambas coexistimos sin tener que botarlo todo.

Repetir primeras veces

Este año cumplo 40 años, lo que se llama «la mediana edad». Atrás quedaron las angustias de la adolescencia, los golpes de los veintes y los esfuerzos de los treintas. Me siento menos experimentada y sabia que hace 15 años. Pero tiendo a caer en la trampa de creer que ya lo he hecho todo y que me conozco tanto, que ya no me puedo sorprender.

Todo lo que vive tiene períodos cortos de crecimiento acelerado, esa etapa en la que un palito se vuelve un árbol, un pollito en una gallina, un bebé en persona que hasta maneja carro. A uno de papá le dicen que se goce las etapas de sus hijos, porque pasan en un abrir y cerrar de ojos. Allí es donde los cambios son más notorios.

Tal vez por eso cuando cruzamos esas aguas turbulentas de nuestra juventud, nos sentimos afianzados en una aparente estabilidad. Pero, si no hemos muerto, seguimos cambiando, preferiblemente para ser mejores. Además, no sólo nosotros evolucionamos, todo lo que está a nuestro alrededor tampoco permanece estático. Aceptamos que el mundo gira, como parte de lo que no cambia, sin percatarnos que también se desplaza.

Cada vez que encontramos algo nuevo en nosotros, volvemos a experimentar primeras veces. Conocer gente nueva, aprender una nueva destreza, conversar de temas diferentes con la pareja de años.

Ya dejé atrás mi etapa de cambios bruscos. Pero estoy muy lejos de estar estancada.

Preguntas al aire

Entre muchas cosas buenas que le aprendí a mi mamá, fue a no preguntarle a nadie si le gustaba cómo me había quedado algo. Darle la oportunidad a alguien para que opine acerca de las cosas de uno, es abrir la puerta a que le encuentren todos los defectos. Es que es lo que hacemos los humanos: nos fijamos en lo que se sale de la norma. Lógico. Pero no siempre es saludable.

Pedir la opinión de alguien más acerca de algo que hacemos (o somos), tiene valor para cuestiones de aprendizaje. Yo necesito que mi Shihan me diga si estoy haciendo bien mi kata, o no.

Pero ese valor es nulo en cuestiones de existencia. Mi Shihan no tiene nada qué opinar acerca de mis tatuajes, mi pelo, o mi peso.

Confundir las categorías y asignarle importancia a lo que terceros no afectados piensen de nuestras vidas, es el camino más seguro para ser infelices. Tal vez una de las mayores ventajas de crecer es ir reduciendo cada vez más el círculo de la gente a la que uno le interesa agradarle y entender que nunca puede faltar incluirse a uno mismo. Y, cuando quiero enseñar algo, hago como mi mamá y digo: «¡Mira qué bonito me quedó!»

El destino que escogemos

Hablando con mi marido, nos pusimos a contar las veces en que hemos tenido la oportunidad de cambiar el rumbo de nuestras vidas con una decisión. Son pocas, contadas en dígitos simples, pero tan importantes que puedo hasta decir qué estaba comiendo cuando sucedieron. También están las otras ocasiones en las que la vida nos ha arrollado, sin tener nosotros nada qué decir al respecto.

La humanidad, desde que existe como tal, ha preguntado si tenemos libre albedrío o si la vida viene con la programación predeterminada. En una esquina tenemos desde las tragedias griegas, en las que un Edipo huye para no matar a su padre y termina encontrándoselo en el camino, hasta películas de superhéroes que hablan en palabras grandes como «destino» y «responsabilidad». En la otra, están las religiones que hablan de la capacidad del hombre para escoger qué hacer con su vida y poemas famosos que nos sitúan en un camino bifurcado.

Como todo en esta extraña existencia, la cosa no es tan sencilla. El destino y la voluntad son lados de una misma hoja sobre la que se dibuja nuestra vida. Definitivamente hay acontecimientos que se escapan de nuestro control: desastres naturales, lugar de nacimiento, muerte de nuestros padres. Todo eso parece venir encriptado en el guión ya escrito. Y también están esos momentos pesados por lo importantes, como escoger pareja, escoger carrera, escoger amigos, que hacen esas curvas en la ruta.

El destino nos cambia personalmente y el libre albedrío cambia el curso de nuestras vidas. Uno se alimenta del otro. Porque ambos se desarrollan en nosotros. Aún recuerdo la mesa del restaurante en la que tomamos una decisión importante hace 7 años, la orilla de la cama en la que me senté para decirle adiós a una vida insoportable, el corredor de la oficina que observó un abrazo que volvió a poner mi universo en orden. Cada una de esas intersecciones me ha llevado por el camino sobre el que voy ahora. Las cosas que me han sucedido alimentan la persona que anda por ese camino. No me arrepiento de ninguna.

No todo me conviene

Hace poco, para darnos un gusto, comimos hamburguesas y papas fritas. Con ketchup. Mucha ketchup. Como es algo que nunca me había visto hacer, mi hijo me preguntó: «Mama, ¿y a ti te gusta la ketchup?» «Sí, me encanta.» «Pero nunca comes.» «No.» «¡Qué raros son los adultos!»

Dejando a un lado que ya percibe la brecha entre lo que tiene él libertad de hacer y yo no, me dio mucha risa que haya puesto el dedo en una llaga muy grande: no siempre hago/digo/como lo que me gusta. En el caso de la ketchup, el argumento es sencillo: tiene mucha azúcar, no es sana, engorda, etc. Pero hay otras cosas que no son tan marcadamente «dañinas», que igual no hago, porque no me convienen en este momento de mi vida.

Todo tiene su lugar y forma. Hasta lo más sano que podamos hacer necesita límites. No podemos hacer más ejercicio del que requiere nuestro cuerpo, porque lo sobreentrenamos y se resiente, volviéndonos más propensos a lastimarnos y hasta haciéndonos ganar peso. Una medicina tiene dosis exactas de consumo. Estar constantemente en compañía de alguien, por mucho amor que exista, sin tener un momento a solas, ahoga a cualquiera.

Cuando somos niños, ciertas decisiones son mucho más claras: me dejan hacerlo, o no. Ya con unos años encima, nos toca medir hasta dónde nos convienen. Pero siempre se puede escapar uno y echarle el bote entero de ketchup a las papas.

El atrevimiento artificial

Cuando estaba en el colegio, dar o recibir fotografías era algo fuera de lo común. Lo hacía uno con la mejor amiga, el novio, los papás… Llevar la cara de alguien en la billetera era una declaración implícita de una intimidad mayor que la de todos los días. Ahora llevo más de 200 fotos en mi teléfono, no todas «aptas para todo público».

La tecnología a veces arrolla nuestra humanidad y nos lanza a situaciones a más velocidad de lo que estamos preparados. Sobre todo para los que, como yo, estamos en esa generación transicional entre análogo y digital. Nuestra estructura de comportamiento se formó con llamadas a las casas, el saludo al papá/mamá/hermanito/abuela/etc, las conversaciones largas y concentradas. Aprendimos a compartirnos de formas más lentas. Y todo eso se esfumo con el primer like.

Eso se nota en la falta de filtros con los que algunos se conducen por las redes sociales. Publicar desnudos, insultar sin motivos, cantinear indiscriminadamente, se vuelven un comportamiento común entre los que todavía creen que el mundo virtual no es el mundo real.

Los que vienen detrás nuestro están perfectamente conscientes que la realidad virtual ES la realidad. Punto. Que todo lo que hacen/dicen/enseñan en las redes es un reflejo directo de las personas que son y que tiene un impacto concreto en sus vidas.

Por lo menos eso me digo para consolarme, mientras me tomo otra foto y la subo a mi tl.

El orden se lleva dentro

Estoy sentada en un trono antiguo, contemplando mi reino, el cuál parece haber sido devastado por hordas de hunos enfurecidos. No tengo sala, no tengo tele, no tengo muebles. Pero estoy feliz, porque todo este relajo es la evidencia palpable del largo proceso que hemos tenido los últimos diez años.

Las personas con desórdenes mentales como la obsesión-compulsión, son tristes víctimas de un deseo desmedido por obtener control de sus vidas. Pensar que porque un lápiz siempre está en el mismo lugar, en exactamente la misma posición, nos hacen más dueños de nuestro destino, es una ilusión que nos llama a todos en alguna medida.

Pero no es más que eso: una ilusión. No es excusa para vivir en un chiquero, pero la excesiva preocupación con controlar lo exterior no es sana. Lo digo por experiencia propia. No hay desinfectante que alcance para arreglar una mala relación. Ni organizador que ponga de pie una conducta desordenada. La tristeza no se quita midiendo la distancia entre los zapatos. La falta de autoestima no se llena poniendo los libros en orden alfabético por autor, género y época.

Hasta que nuestra mente y nuestro corazón están bien, en orden, no importa cómo se mire lo que nos rodea. La satisfacción que siento al ver el desmadre que tengo en la casa, viene de otro lado que no está atado a lo exterior. Además, me queda la ilusión de ponerlo todo en su lugar cuando terminen.

El espacio vacío

Cuando vi por primera vez la ya famosa presentación de la diferencia entre el cerebro del hombre y de la mujer y el famoso «nothing box», me reí muchísimo y allí lo dejé. Ahora, con varios años de estar casada con un hombre y de ser mamá de otro, creo entenderlo.

Dejando de un lado eso de que los cerebros de los hombres y las mujeres tienen una estructura diferente, lo interesante del asunto es el concepto de un espacio para la nada. De nada. Vacío. No tengo memoria de un período de mi vida en el que no me haya sentido ocupada. Que si el colegio, los novios, amigos, la universidad, el trabajo, los hijos, el karate, el blog… Hasta cierto punto me siento obligada a estar haciendo algo todo el tiempo. Es como estar sobre un tronco en un río turbulento y tener que correr para no caerse.

Un pedazo de mi existencia que me sirva para no servir de nada, es aterradoramente seductor. ¿Y si alguien me necesita? ¿Y si pasa algo? ¿Y si no pasa nada?

Necesito un nothing box que me de paz. Lo triste es que si la consigo, probablemente me ponga a lijarla y pintarla y barnizarla.

Regalar capacidad

Hay pocas cosas que yo miro y no creo poder hacer. Generalmente tienen qué ver con proezas físicas, como pararme de manos, hacer un cuervo en yoga, montar una bici. Mi cerebro paniquea y hasta allí llega mi autoconfianza. Para todo el resto de cosas, mi pregunta es: «¿Por qué no?» Así me animo a hacer cualquier receta, coser casi todo y hasta hacerla de carpintera.

El mejor regalo que me pudieron dar mis papás ha sido el de creer que, con esfuerzo, se puede hacer cualquier cosa. El problema conmigo ha sido precisamente la falta de esfuerzo. Las ganas no siempre son lo suficientes como para tomarme la molestia. Por lo menos me queda el consuelo de tener el potencial de hacerlas.

Cuando nos premian habilidades y no su ejercicio, nos achican nuestro mundo. Si sólo las personas coordinadas se atrevieran a bailar, no pondrían música en las fiestas. Ni habría carros en la calle. Ni habría gente admirable que se esfuerza lo suficiente como para hacer mejor las cosas que el más talentoso, pero haragán.

Si apreciamos más el resultado de nuestro esfuerzo y admiramos nuestra capacidad de perfeccionarnos, nos conectamos con lo mejor de nuestra humanidad, esa que ha construido pirámides y se ha desplazado por todo el mundo y subsiste en la tundra y quiere ir a Marte.

Hablando de carpintería, me tiré a reparar los muebles de la casa. Ya les contaré.

Somos lo que decimos

Ayer traté de ponerme el vestido que usé para mi graduación de la universidad hace más o menos 14 años. La cuarta que me hizo falta para cerrarlo se sintió como una patada entre mi lonja y mi orgullo. Luego mi súper marido vino a mi rescate y me dijo que qué alegre que, en los casi 12 años que tenemos de estar juntos, yo no he vuelto a estar tan deprimida como para estar de ese ancho. Los conflictos emocionales nos afectan diferente a todos. A mí me cierran la boca. No tengo recuerdos muy claros de esa época, pero sí tengo presente no haber estado delgada (según yo).

Así como nos tratamos, así somos. Es algo que parece que tengo que aprender varias veces, porque todavía se me olvida. El día que me digo que estoy muy cansada, paso durmiéndome hasta parada. Cuando entro a un lugar sintiéndome insegura, la paso fatal. La noche que entreno karate con el grupo de jóvenes y pienso que soy muy lenta a comparación, no le gano ni a un caracol.

Nuestro cuerpo sólo conoce los límites que le ponemos y nuestra mente llega hasta donde nos esforcemos. No saber algo, no poder hacer algo, está a la distancia del empeño que le dediquemos. Terminamos reflejando lo que nos decimos que somos.

Hace 12 años probablemente pesaba 20 libras menos. Y no me sentía lo bien (bonita, delgada, atractiva, lo que quieran) que me siento hoy. Probablemente no lo era.