A lo que olemos


Mi papá le tenía aversión al ajo. Recuerdo las tardes viendo al chef español que llamábamos «el Arjeñado» de cariño en la casa, decir: «y ahora un chorrete de aceite de oliva y un poco de ajo a la sartén», y escuchar el estómago de mi papá protestando fuertemente contra ese crimen. Lo peor era salir a comer y regresar, sólo para que me dijera que «apestaba a ajo». Nunca vine oliendo a licor, pero casi puedo decir que eso hubiera sido mejor que el ofensivo tufito.

Independientemente de la higiene personal y asumiendo que hablamos de gente igual de limpia, se pueden descubrir muchas cosas sólo con el olor de las personas. Especialmente cómo y de qué se alimentan. Generalmente, la gente que come cosas que no son de lo más sano, apestan. Huelen shuquito, por lo menos así lo siento. Y es que todo lo que nos metemos, repercute en lo que exudamos, no podría ser de otra forma.

Lo mismo con la información de la que nos alimentamos. La gente que se (de)forma su idea de la sexualidad a pura pornografía, saca a la luz sus expectativas irreales de una relación. Si nuestra idea de cultura es ver un «Reality», ni entendemos cómo llenar nuestra imaginación y pretendemos vivir la vida que ni los de los shows tienen. Juntarnos con gente que tiene una nube de negatividad nos hace sacar el depresivo interior.

Todo lo que ingerimos deja su marca, una más permanente que otra. Y no digo que no podamos salirnos de lo «sano» de vez en cuando. Sólo hay que saber cuánto tiempo queremos apestar.

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