Estoy con una cantidad impresionante de energía nerviosa. No sé si es porque no tengo regalos todavía, no he puesto ni un solo adorno, quiero sacarle el jugo al último poco del año, o, simplemente, estoy acelerada. Lo cierto es que cada vez me parezco más al conejito de Duracell, mezclado con el de Alicia.
Algo nos pasa que le asignamos importancia a darle la vuelta al sol. Desde que somos humanos, eso del cambio de las estaciones nos ha marcado. Hemos organizado nuestra supervivencia alrededor de las inclemencias y cambios del clima. Nuestros ritos enteros tienen qué ver con los renacimientos de la naturaleza.
Sentimos esa vuelta al sol y le asignamos sentimientos, ponemos metas, evaluamos desempeños. Celebramos un año que viene. Lloramos el que se va, por bueno o malo. Y todo es completamente artificial. Bien podríamos no contar el cambio del año jamás. Pero yo creo que necesitamos esa sensación de avance tangible.
Lo cierto es que este cierre de año me tiene entre activa y apática. Quiero que termine, pero no quiero celebrarlo. Y, por eso, mañana voy a poner el arbolito. Porque yo también necesito una prueba tangible de cambio.
