No hacer nada tampoco es malo

A mí me es mucho más fácil manejar el enojo que cualquier otra emoción negativa. Enojada, me siento con energía para cambiar las cosas que no me gustan, para poner límites, para gritar, para salir corriendo, para algo y para todo. No es la mejor emoción para tomar decisiones mesuradas, seguro, pero sí la que más me ayuda a salirme de situaciones desagradables.

Hay una serie de emociones que nos ayudan a navegar en nuestras vidas, que nos ayudan a conectar con los otros seres humanos, a crecer interiormente, a formarnos, a madurar. La vida es una serie de saltos de emoción en emoción, debiendo ser la más constante de ellas un sentimiento de paz y contento (no euforia), para no morir de estrés. Buscamos también las emociones fuertes que nos hacen sentir algo más que sólo sobrevivientes del día a día. Pero rara vez buscamos la tristeza como opción.

Pero resulta que en la tristeza nos damos cuenta qué cosas ya no regresan y nos damos tiempo de sentir el dolor que nos causa su ausencia. La tristeza nos hace quedarnos quietos un momento, aceptar que no hay nada que podamos hacer y seguir.

El enojo es rico. Pero no siempre ayuda. La tristeza es dolorosa, pero no siempre es mala. Lo malo es no querer sentir. Porque nos deshumaniza, nos quita una parte de nuestra experiencia de vida. Y porque lo que se esconde, tiene la tendencia a crecer en la oscuridad como un monstruo que luego nos devora. Y eso sí es malo.

Me falta dormir

Mi vida entera parece hecha alrededor de cuándo tengo que ir a dormir y cuántas horas voy a poder hacerlo. No es así de sencillo. Como si supiera que no hay tanto tiempo para hacer todo lo que quiero hacer y quisiera estirar las horas a mi disposición. «Duermo cuando esté muerta», he dicho varias veces.

Hasta que, en días como hoy, efectivamente me siento muerta. Ando lenta, se me extravían cosas que tengo en la mano, juego a dar mil vueltas por la casa. El sueño es como la cámara de regeneración de nuestro cerebro. Pero cuesta dejar tanto control. Aún a nosotros mismos. No sabemos qué es lo que se supone que nos va a enseñar el subconsciente.

Pero, lo cierto es que si no dormimos, estamos más propensos a enfermar, a engordar y a encachimbarnos. Y a no ser nada humanos.

Yo necesito dormir. Y mi adultez interfiere.

Ojalá lo logre hoy. Si no, no puedo ni escribir.

El tiempo que no pasa

Los fines de semana son especiales, porque no están sujetos a los horarios de entre semana. Nos movemos entre renglones un poco más rígidos y se nos van las horas. Hasta que nos topamos con un día sin hora de despertar. Sin compromisos. Sin comidas establecidas. El tiempo se detiene o, por lo menos, nos envuelve en una melcocha que se desliza lenta y chiclosa.

El tema del paso del tiempo es tratado hasta por la ciencia. Que si la relatividad, que si las dimensiones, que si la aceleración. Y todo termina en una conclusión poco entendible: el tiempo es un constructo de nuestras mentes que sólo sirve para entender el mundo en el que vivimos. La realidad, tal y como la podemos procesar en nuestros limitados cerebros, no existe. O existe en forma parcial.

A mí me cuesta no ser absoluta. Me gustan las cosas en los extremos de la experiencia y no sirvo mucho para contemporizar mis opiniones. Algo que tengo que aprender a hacer si no quiero irme a vivir sola a una isla desierta. Igual con el tiempo. También es bueno experimentar el tiempo vacío, lento, para poder ver hacia adentro. Aunque duela.

Allí es en donde está el verdadero crecimiento. Y allí es también en donde se encuentran todos nuestros fantasmas. Sólo hay que entender que los recuerdos nos hacen daño hasta donde los dejamos. Y que el tiempo, aunque no exista, pasa.

Los cambios que nos definen

Estoy en mi etapa de no pintarme el pelo. Jamás me lo he peinado, pero sí lo he tenido de casi todos los colores, desde el rubio platinado hasta el rojo bombero, pasando hasta por una etapa de morado. Cambios insustanciales a mi persona, pero que me complementaban en cierta forma la etapa de la vida por la que pasaba.

La imagen, eso que vemos ante un espejo, es la parte más demostrable de qué es lo que somos. La ropa que vestimos le dice a la gente en qué humor/actividad estamos, el estado físico en el que nos encontramos demuestra nuestro nivel de ejercicio y clase de comida, qué tan arreglados vamos habla del tiempo que le dedicamos a esas cosas. Es fácil, cómodo juzgar a la gente por su apariencia física. Es la solución rápida, la que le permite a nuestro cerebro clasificar lo que nos sucede y con quién hablamos. Pero es demasiado superficial.

No podemos hablar de cambios en nuestras vidas con un simple corte de pelo. No somos más o menos felices de verdad por tener un pantalón nuevo (aunque sí es bonito comprarse ropa). Lo externo le habla en lenguaje simplificado al mundo, de lo que puede estar sucediendo en nuestro interior. El tomar un rumbo diferente en la vida, cambiar de trabajo, comenzar una nueva actividad, dejar algo dañino, mejorar hábitos… Todo eso sólo se hace por adentro y a veces no se refleja afuera hasta que el cambio está asentado.

El pelo, las arrugas, la ropa… Nos quedamos clavados en lo que nos vemos. Inconsecuente para lo que se vive, o, cuando más, un simple complemento. Ojalá lo aprenda antes de tener que entregar el empaque.

Las percepciones de nuestra vida

Siempre me he preguntado si el rojo que yo miro es el mismo rojo que mira otra persona o si a lo que yo le digo rojo él lo mira como a lo que llamo azul. También siempre he llegado a la conclusión que importa poco, mientras ambos le digamos de la misma forma a lo mismo, aunque lo percibamos diferente.

El problema con el lenguaje humano es que no es un simple sistema de símbolos. Es un entramado complejo de cosas, sensaciones, sentimientos, representados por palabras que pesan mucho más que las letras que las conforman. Así, para mí una flor puede ser una flor, pero para alguien más puede representar la última vez que vio a su perro que se comió una flor venenosa y se murió. Qué sé yo.

Y allí va uno por la vida, cargando toda esa maleta de percepciones propias acerca de la realidad que nos rodea y que tenemos que lograr compaginar con las percepciones de todo el resto del mundo. La forma en la que nos afectan ciertas palabras tiene más qué ver con lo que llevamos dentro que con los hechos concretos que nos suceden. Caminamos un filo delgado entre lo que debemos entender que sólo pasa en nuestra cabeza y lo que realmente nos afecta y no podemos tolerar.

Llamarle a las cosas con el mismo nombre y darles un significado diferente, es el principio del rompimiento de cualquier relación. Así se han comenzado muchas guerras. Al final del día, ¿qué más da? Yo puedo llevar mi percepción conmigo y seguir funcionando en el mundo de afuera. O, por lo menos, eso trato.

La verdad a lo bruto

Mi mamá me enseño a nunca preguntar si a alguien le gustaba lo que hacía. Sacaba el vestido recién bordado, el pastel recién horneado, el nuevo corte de pelo y decía «¡qué lindo está, ¿verdad?!» Me explicó alguna vez que no era porque quisiera sólo adulación, sino que porque ella, en ese momento, no estaba buscando una crítica constructiva sino sólo compartir su felicidad por haber participado en algo que la había dejado satisfecha.

Decir mentiras es malo. Mucho. Mina la confianza, ese animalito frágil y delicado que no se recupera fácil de las heridas y que sostiene las relaciones. Pero, decir la verdad sin filtros, hiere los sentimientos y la autoestima de la persona que recibe un «qué mal te queda ese vestido». O de un «la verdad, es que no sé si te quiero». Las opiniones de los demás nos van importando en la medida en que vienen de alguien que nos importa. Obvio. También es obvio que la persona cuya opinión más nos debe importar es la nuestra. Pero, pero, uno entrega pedazos de corazón y se muestra vulnerable, precisamente para compartirse en lo bueno y en lo malo y allí es en donde el limón de la crítica sin barniz cae en la herida abierta.

Uno es dueño de sus sentimientos y ese proceso de filtrar las emociones es una de las metas del crecimiento emocional. Cosa que se va felizmente al carajo cuando la pareja le contesta a uno: «Pues sí, creo que te engordaste, deberías dejar de comer un poco.» Aunque sea cierto. Tal vez todos deberíamos aprender a no hacer preguntas para las que no queremos respuestas. Y a salir al mundo diciendo que uno esta bonito. O al menos, bonito-ish.

La medida de la importancia

Tengo examen de karate hoy en tres horas. Siempre me pongo nerviosa. No sólo porque ya me rompieron una mano una vez, sino porque es algo importante para mí. Y, obvio, así pasa con todo. Con la gente, con las cosas, hasta con la comida. Me afectan las cosas que me son cercanas.

Tenemos una capacidad limitada para brindarle atención a las cosas que nos rodean. Inclusive cuando hacemos algo que queremos, perdemos el enfoque durante algunos segundos. Nos volveríamos locos con tanta información que tenemos a nuestro alrededor. Lo mismo con nuestros afectos y cuánto nos volcamos en las cosas.

Mientras más distantes nos mantenemos de lo que tenemos a nuestro alrededor, menos ocasiones de estresarnos. Pero, ¿cuándo hemos podido lograr nada importante sin involucrarnos emocionalmente?

La vida se vive sintiéndola. Preocupándonos por lo que hacemos. Queriendo dar lo mejor de nosotros. Alegrándonos cuando podemos, frustrándonos cuando no. Tal vez lo más importante es aprender que el entusiasmo lo ponemos nosotros y que siempre podemos sentirnos emocionados.

O nerviosos. Como si nos hubiéramos comido un animal con uñas y dientes y aún siguiera vivo dentro de nosotros. Así como me siento. Ya veremos cómo salgo.

No todo se puede al mismo tiempo

Soy fan empedernida de Mafalda. Desde pequeña, era de mis premios preferidos. Mi mamá no la aguantaba mucho, pero entendía el mérito de entender humor para una niña. Una de las tiras que más se me quedó grabada es cuando uno de los personajes le dice a otro que se imagine que todo estuviera «aquí». Así, todo. Sin espacio. Sin tiempo. Todo. Por supuesto, el otro se desmaya y el que hace la pregunta dice: «Sí, entendiste», o algo por el estilo.

La teoría unificadora de la física, esa que trata de explicar la contradicción entre un mundo newtoniano y uno einsteineano, pareciera querer decir eso. O por lo menos así la entiendo. Que todo lo que puede suceder, efectivamente ha sucedido o está sucediendo en universos paralelos y que lo único que tenemos qué hacer es poder navegar entre esas dimensiones. O sea, el argumento de muchas historias de ciencia ficción.

Es la mejor expresión de uno de los anhelos fundamentales de los humanos: lo queremos tener todo. Aunque sea mutuamente excluyente. Queremos estar en forma y comer lo que se nos ponga enfrente. Queremos los beneficios de la experiencia sin las cicatrices de las vivencias. Y, lamentablemente, así no se puede. Nos toca escoger entre dos cosas buenas todo el tiempo y eso es lo que nos desgarra, nos llena de conflictos, nos hace humanos empáticos. Porque el caminar entre la justicia y la misericordia es poder ponerse en los zapatos de la persona que tenemos al lado y tratar de entender sus circunstancias. Y las nuestras.

Yo siempre lo quiero todo. Pero en forma absoluta, no necesariamente inmediata. Estar presente en cada momento. Sentir con fuerza, aunque duela. Darlo todo. Si bien no es un todo al mismo tiempo, sí es un todo poco a poco. Hasta que no quede nada.

¿Y ahora para dónde?

Mi vida se vuelve a regir por las vacaciones de los colegios. Esa interrupción a una rutina bien establecida con días llenos de actividades que no se pueden eludir. Y los horarios ya no son míos. Aunque sí. Recuerdo que mis últimas vacaciones del colegio, antes de entrar a la universidad, se sintieron como nadar en un río calmado y tibio, con la corriente lo justo de rápido como para llevarme apaciblemente a una parte a la que quería llegar. De allí en adelante, he tenido muy pocos momentos así de reflexivos y tranquilos.

Vivimos tan preocupados del día a día, que se nos olvida cuestionarnos a dónde vamos con tanta prisa. Es muy fácil cuando uno está estudiando, porque la meta es muy fácil de identificar. Pero el diploma que uno recibe cuando termina la vida es el certificado de defunción y, pues, pocos tenemos mucha prisa por llegar allí. Tenemos momentos de crisis, fechas de cumpleaños con números redondos y fatales, pérdidas de seres queridos, que nos hacen cuestionarnos la dirección que le estamos dando al barco que navegamos. Está bien. Parte de crecer es precisamente no andar como zombie, sin consciencia de lo que hacemos.

El problema es no saber. No saber a dónde ir. No saber qué se quiere. No saber cómo obtenerlo. No saber si podemos. No saber si nos lo merecemos. Hace 15 años decía con toda certeza que el fin de la vida es ser feliz. Y eso se escucha precioso. Pero no me pregunten, por lo que más quieran, qué es «ser feliz». Cambia.

Hoy, es escribir. Tomar un gin. Escuchar música. Gozarme las vacaciones de los bichos. A veces no sé decir más que eso. Y está bien.

(Abs)Traerse 

De pequeña, mi actividad favorita era leer. Ocupación estimulante, emocionante, llena de aventuras, romances, decepciones, venganzas (todo eso se encuentra en El Conde de Montecristo junto, por ejemplo). Pero eminentemente solitaria. Me podía separar de una realidad que no me era del todo agradable y me metía a la que quisiera. Nunca dejaba un libro sin leer y poco era lo que me sacaba de mi concentración. Es difícil ponerle atención a una adolescencia medio solitaria (bastante) si en la mano se llevan mundos enteros.

Pareciera que, como humanos, necesitamos esas actividades que nos sacan de nuestro día a día. Algunas personas pintan, otras toman fotos, otras arman rompecabezas. Actividades sin muchos réditos económicos en su mayoría, pero que redondean vidas que, de otra forma serían grises como los días de junio. Uno sabe que está el sol detrás de las nubes, pero las últimas ganan la partida y llueve todo el día.

Lo interesante es que, bien llevadas, esas cosas que nos dan un respiro de nuestras vidas, muchas veces nos ayudan a continuar con esas realidades de mejor forma. Uno encuentra respuestas a problemas emocionales en una novela. O recuerda que le gusta la pareja cuando la retrata. O regresa la calma al cuerpo en vez de descargarla con los hijos. Un irse para volver. Un salirse para entrar. Un perderse para encontrarse.

Me sigue encantando leer, pero ya no lo hago con esa avidez de escapismo. Es una necesidad de rebotar las ideas que me rondan en la cabeza contra seres abstractos que me dicen cosas que necesito escuchar. Porque, al final del día, uno lleva el interior a cualquier parte que va y se fija en lo que lo refleja mejor. Y, si no lo han leído aún, vayan ahora mismo a agarrar El Conde de Montecristo.