El tiempo que no existe

Hay frases que evocan imágenes que van más allá de lo trilladas que puedan ser. Para mí, que una historia comience con «hace muchos años, cuando el tiempo era joven…» me enchina la piel.

Todo, absolutamente todo, está sujeto al paso del tiempo que marca principios y fines, hace crecer y marchitarse, acaricia y atropella. Hasta la más firme de las construcciones tiene un final y nada que viva puede escaparse de morir. Y esos ciclos inexorables bailan al ritmo de una dimensión que sólo existe para darles forma.

Porque el tiempo, como tal, no existe. Y también tuvo un principio y va a tener un final. Igual que nuestras vidas. Lograr sentirse trascendente en una realidad que no permanece es uno de los motores que empuja a la humanidad a crear y recrearse. A jugar con los trozos de nuestras existencias para construir algo que permanezca después que nosotros, aunque sea un día.

Por eso amamos y volvemos a amar. Somos felices aún en medio de vidas miserables. Aprendemos cosas que nos interesan. Entablamos relaciones que nos alimentan. Pintamos. Cantamos. Escribimos. La esencia efímera de todo lo que existe no nos impide hacer cosas maravillosas.

Aprender a vivir en la no existencia permanente nos ancla en lo que hacemos aquí y ahora. Yo no tengo ni idea de cómo hacer eso. Pero escribo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.