Rendir cuentas

En las nuevas teorías de educación, he escuchado, se trata de no ponerles calificaciones a los niños, pues éstas son estandarizadas y no reflejan el verdadero conocimiento y menos el potencial que puedan tener los alumnos. En el colegio de mis hijos, no siguen esta corriente y claro que les ponen notas a los trabajos y exámenes. En mi casa, ese numerito tenía un peso que iba mucho más allá de cualquier cosa ponderable. La felicidad de mis padres parecía depender de cuánto podía yo sacar en mis clases y los honores con que me gradué de la universidad eran para ellos algo tangiblemente grandioso.

Todos tenemos qué rendir cuentas. Con las consecuencias de nuestros actos. Con el resultado de nuestros esfuerzos. Con la facilidad con que podemos vernos al espejo. Hacemos cosas deseando un desenlace específico y nos entristecemos si no lo obtenemos. Y, cuando no tenemos ni idea de qué pueda suceder, también medimos el éxito de lo que hicimos con qué tanta satisfacción nos dio.

En lo que hago, que es criar un par de personas, las cuentas se las rindo a mi paciencia, a mi expectativa contra lo que sucede en la realidad, a mi cansancio al final del día. Y soy la más exigente de las jefes. Menos mal que, cuando reviso las calificaciones, lo que busco no es el numerito. Siempre pregunto si se esforzaron lo suficiente. Ellos también tienen que aprender a rendirse cuentas a sí mismos.

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