Sentir sin hundirse

Durante la mayor parte de mi vida, he creído que la única forma de no hacerme pedazos contra la pared de mis sentimientos es no sentir. Mantenerme alejada de una sensibilidad que llevo dentro y que, las veces que dejaba que saliera, me arrastraba hasta dejarme peor que un gato bajando una catarata dentro de un barril. Recuperarme de cada uno de esos desastres me ha tomado años. Así que, siempre no, muchas gracias.

Los humanos somos un conjunto complejo de piezas que cazan, precisamente porque son opuestas. La mente racional que busca explicaciones lógicas, el corazón que nos convence por puro sentimiento de hacer cosas que luego no entendemos, el cuerpo que llevamos a todas partes y que no siempre podemos controlar. Descuidar cualquiera de estos aspectos nos hace menos. Dejarnos que sólo uno nos mande también.

Todo crecimiento conlleva una parte de dolor. Entrenar cualquier deporte o hacer ejercicio de verdad, hace que los músculos se desgarren un poco y duelan y se vuelvan más fuertes. Aprender implica invertir horas en el estudio. Sentir… pues sentir es abrirnos a la posibilidad de ser lastimados.

Pero no sentir es cerrarnos, enfriarnos, dejar de apreciar lo que nos conmueve. La clave es sentir sin culpas. Aceptar la posibilidad que nuestra confianza puede ser rota, que nuestro amor puede ser despreciado y darnos permiso para que eso no nos despedace. Porque sentir no es vergonzoso. Dejar de hacerlo es una tragedia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.