Convivir con un grupo de gente relativamente extraña es una excelente oportunidad para fijarse uno en las cosas que hace. Como hablar demasiado o aislarse o reír mucho o no participar en actividades grupales. Después de cierta edad, el impulso por pertenecer a toda costa va desapareciendo y uno evalúa cuándo y dónde compartirse.
Todos tenemos una cara que enseñamos al mundo. Y todos somos editores de la historia que contamos de nuestras vidas. No es que mintamos, es que no decimos todo. Porque no es necesario.
Se pueden tener varias caras con qué salir a la calle. No somos iguales en todos los aspectos de nuestras vidas. Pero sí es cierto que, mientras menos diferencias radicales hayan entre un rostro y otro, mejor nos sentimos acerca de nosotros mismos y menos conflictos internos tenemos. Es muy difícil ser personas diferentes, porque confundimos nuestro interior.
Lo lindo de crecer y dejar atrás los dilemas de una adolescencia que se mete hasta ya bien entrados los treintas, es que se puede escoger los pedazos de uno que más nos gustan. Construirnos a partir de lo que nos hace mejores personas y afinar el resto, es uno de los ejercicios más satisfactorios que podemos hacer. Y, aceptar que uno no es, ni quiere ser el centro de atención en donde vaya uno, libera. Aún y cuando la niña que llevo dentro me pregunte por qué no me quedé hasta las tres de la mañana jugando futío. Mi adulto descansado de hoy tenía razón.
