Las tardes de domingo en casa

El viernes ni acuerdo qué hicimos y el sábado fuimos a una boda de gente poco conocida, pero apreciada. Vestido nuevo, zapatos altos/bellos/incómodos, peinado de salón y maquillaje. Terminamos en el cine. Fin de semana normal. Pero hoy. Hoy hubo desayuno fuera y almuerzo en casa. De esos que se alargan hasta las cuatro de la tarde y dos botellas de vino. Con la compañía de una amiga querida, muy querida, de las que te conocen y te quieren porque te entienden. Entraña, espárragos, tostones. Churrasquera con carbón, como Dios (diosa, Zeus, Isis, Afrodita, Venus…) manda. Y pastel de chocolate. De esos que te hacen desear ser gordo sin remordimientos, tres capas de decadencia unidas por una crema chocolatosa y naranjosa, cubierto de esa maravilla de capa de chocolate como crema batida espesa. No pude comer más que un pedazo pequeño. Hubo sol y comimos en la pérgola que insistí sacarme derribando las paredes de un cuarto que fue de mis papás y luego de mis hijos y ahora de mis hamacas y amigos. Cociné yo. Porque me gusta y porque demuestro así mi cariño, nos es cuestión de besar a todos mis amigos. Las tardes de domingo me dan tregua de lluvia y viento, sale el sol y hay comida rica y buena compañía. Es lo más cerca de agendar la felicidad que he encontrado.

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