La fatal atracción de los extremos

Argumentar desde una postura radical, poniendo los ejemplos más exagerados, es satisfactorio. Los absolutos son casi siempre irrefutables y nos colocan sobre una montaña de superioridad moral que nos presenta como salvadores. Al menos en nuestra propia mente. Porque a lo cerca del horizonte podemos ver a nuestra contraparte, firmemente parado sobre su propia montaña.

Ganar una discusión rara vez implica una verdadera victoria, menos con la forma extremista en la que se llevan a cabo ahora las conversaciones. Pero se nos olvida convenientemente que la vida no se vive a la orilla de la existencia y casi todo lo que transcurre en ella sucede en esa zona más accesible de la realidad. Allí se puede hablar de situaciones normales que pueden tener varias opciones y que, con algunos grados de distancia, son igual de válidas. La forma en la que uno cría a sus hijos, por ejemplo, no se puede uniformar. Ni siquiera en la misma casa. Cada uno necesita cosas distintas y a veces no hay más remedio que hacer prueba y error.

Hemos perdido la capacidad de ver matices porque eso exige más de nosotros. Sobre todo aceptar la posibilidad de estar equivocados. Para erradicarla, nos construimos pedestales tan flojos, que sólo nos sostiene allí nuestra arrogancia. Y esa cuata es sorda, ciega y gritona.

Todo cambia

Si no nos hemos hecho a la idea que nuestro mundo está sujeto a cambios ajenos a nuestra agencia y/o voluntad en este último año y medio, no hemos aprendido a vivir. Nos pasa, eso sí puede ser, que los cambios los toleramos porque la mayoría son graduales y nos da tiempo de acostumbrarnos a ellos. Como bajar a un pozo grada a grada. Hasta que estamos muy abajo nos damos cuenta que ya no hay luz.

Sólo cuando hay una crisis que acelera el cambio es que nos obligamos a aceptarlo. Puede ser un accidente. O una pandemia. Pero lo más probable es que, lo que queda después, sus consecuencias, sean simplemente lo que ya se venía gestando desde antes. Una relación no termina por un encontronazo. Termina más rápido después del choque, eso sí.

Me ha costado aceptar que las cosas siempre mutan. Que no puedo escudar mi vida detrás de rutinas. Pero, creo, que éstas me van a ayudar a sobrellevar mejor las diferencias que encuentre cada día.

La esquina de los gatos

Siempre me han gustado estos animales que no son de nadie. Le hacen a uno el favor de dejarse tocar y no dudan de pasar de casa en casa pidiendo comida si se los permiten. En casa de mis papás siempre convivieron en una relación tensa con los perros de cacería, algunas veces de forma exitosa y otras no tanto.

He tenido cuatro gatos que me han tratado como suya. La sensación es poderosa. No hay error: si eres el humano de un gato, te lo hace saber. Me han enseñado del respeto que se les debe a seres ostensiblemente más débiles. Del espacio personal que necesitan todos los entes conscientes. Y del querer algo con voluntad propia. Ellos se quieren a sí mismos. Eso también lo estoy aprendiendo.

Las tardes que me siento a leer, ambos me acompañan, porque saben que no los necesito, pero me gustan. Y porque nunca desaprovechan la oportunidad de sentarse sobre mi libro.

Pain

Hay una canción que me encanta. Pain. No es por ser masoquista, simplemente tiene una cadencia bellísima y, como todo lo triste, puede decir cosas hermosamente dolorosas. No me gusta estar de bajón. Va en contra de mi naturaleza, esa cosa que me levanta cantando a las 4 de la mañana y que me hace encontrar cómo reírme en medio de mis peores momentos.

El dolor, decía mi padre, es mental. Cosa más cierta que la propiedad mojatoria del agua. Pero, más allá de lo obvio, es que el dolor es inevitable y huir de él no lo aleja, sólo nos prolonga la visita. Como todo lo que puede destruirnos, es un bully al que hay que ver de frente y dejarlo pasar. Igual con el miedo, con la pereza, con la decepción, hasta con la rabia. Todo eso se puede usar de aguijón para actuar.

Mis bromas pesadas acerca de mis propias desgracias les han enseñado a mis hijos que nada es demasiado importante como para dejarse vencer. Que la vida es lo que es y uno sigue. Porque uno sigue, siempre, hasta que se le acaba a uno el tiempo de esta vuelta en el jueguito. Quién sabe qué hay más allá. La canción es linda, el dolor pasa y nos queda la música.

No estoy de acuerdo

Las redes sociales no son la plataforma para discusiones serias. Menos aún para convencer gente. A lo más que llegan es a un muro de quejas que airear. Tal vez el boletín de información del barrio. Seguro un bazar permanente de oferta de cosas que quiero y no necesito. Pero no, nunca, el medio para presentar una idea con sutilezas.

No estoy de acuerdo con muchas cosas que leo. Pero estoy consciente que hay varios factores de peso para que yo no dé mi opinión: puede ser sólo una muestra de un argumento más amplio, puedo no conocer lo suficiente del tema y, lo más importante, lo que yo opine tiene poca relevancia.

Hay una libertad diáfana en no tener que opinar de todo y no fijar mis posturas siempre. Se vuelve uno casi esclavo de hablar y de mostrar lo que uno piensa todo el tiempo. Mejor reservarme para cuando verdaderamente me parezca relevante. Y esperar la avalancha de opiniones en desacuerdo.

Una tarde más

Tengo un par de años (cinco, de hecho), de estar mutando. Supongo que esto tampoco es cierto, que cada día lo hago. Lo que pasa es que, como me miro/siento/pienso siempre, es complicado poner un hito en el cambio. Pero… hoy vi unas fotos de hace quince años, estoy segura que fueron las últimas que les tomaron a mis papás y la diferencia es enorme. En general, no me gusta ver ese álbum, mis papás, aunque no viejos de edad, están tan deteriorados que podrían ser unos ancianos.

Siempre digo que mi pecado capital favorito es la vanidad y que, gracias a ella, yo me despierto a las cuatro de la mañana a hacer ejercicio y tengo mucho tiempo de no comer postres como cosa habitual. No sé, puede que sea cierto hasta algún punto, pero la realidad estoy segura que es otra.

Hoy salimos a comer un helado con mis hijos y puedo moverme a su velocidad, cantar tan alto como ellos y reírme sin dolor.

Una tarde más. No sé cómo se amalgama todo esto en mi consciencia, pero estoy segura que no soy inmune al paso de las horas sobre mi cabeza. No le tengo miedo al tiempo, sólo a no poder esperarlo de pie.

Una cosa a la vez

Puedo con todo. Pero no todo el tiempo. Soy pésima malabarista. Muchas pelotas en el aire me aturden.

Creo que tenemos una concepción errónea de cómo debe funcionar la vida. Como que una debería de estar lista para el mundo entero a la vuelta de la esquina. Simplemente no funciono así. Necesito tiempo para adaptarme, para soltar, para comenzar algo nuevo. Tengo capacidad de adoptar cosas adicionales, aunque sea después de integrarlas. El problema es querer creer que sí puedo todo junto.

Ya lo dejé ir. Ese monstruo de “todo lo puedo”. No. Lo puedo cargar con tanto. Pero tampoco me hago para atrás. Es simplemente cuestión de cortarlo en pedazos manejables.

Rebasar

Uno de mis profesores alemanes de física en el colegio nos dio una clase de aceleración y choque de masas, poniendo de ejemplo a dos buses rebasando en carretera. Concluía exasperado que era físicamente imposible realizar estas maniobras en nuestras carreteras y que intentarlo era abrir la puerta al más allá de una patada.

Hay cosas que son patentemente arriesgadas. Ese pedazo de pollo frito a la orilla del camino debe tener más bichos que experimento de biología. ¿Por qué comérselo? Capiarse del colegio para ir con los cuates… si uno ya sabe que lo van a cachar.

Pero vivir sin tomar ningún riesgo. Sólo es imposible. Tantas cosas se salen de nuestras manos, que salir a la calle ya es un riesgo.

Hay que rebasar de vez en cuando.

Decisiones en paz

Hay muchas cosas que hago en automático. La rutina me salva de tener que gastarme en tomar decisiones inconsecuentes como la hora de despertar, hacer ejercicio, las comidas, las actividades normales de los niños. Cada vez que uno escoge algo se gasta. Y el cerebro no distingue entre lo esencial y lo superficial. Se hace bolas con tener que decidir la ropa del día.

La fuerza de voluntad no es tomar siempre las decisiones correctas, es no tener que pensarlas y simplemente hacerlo. Yo no hago yoga todas las noches porque sea muy disciplinada y me esfuerce. Lo hago porque es lo que me toca y ya ni lo pienso.

Tener la fuerza libre para el momento de usarla, ayuda a escoger sin titubeos. Las decisiones se toman y ya. Tal vez lo que me falta es un esquema de ropa mensual.

Me gusto, ahora

“Tan bonita que eras de chiquita”, me dicen amigas de mi mamá que tienen mucho tiempo de no verme. Miro mis fotos y sí, tienen razón. Era bonita. No hay escudo contra el tiempo. Me han pasado ya casi cuarenta y cinco años encima, la enfermedad y muerte de mis padres, el embarazo y nacimiento de dos niños, la enfermedad incurable de la niña y la inminente adolescencia del niño. Nada de eso pasa sin dejar huella.

¿Por qué pretendemos ser “jóvenes” para siempre? La falta de años no es precisamente un estado sin faltas. Puede ser sólo un estado de ignorancia, piel lisa, eso sí. Pero, por mucho que me caiga mal verme arrugas y me caiga aún peor verme canas en las cejas (las cejas, joder), admito que mi cuerpo hace cosas maravillosas ahora. Levantarse del suelo sin dolor, nadar sin cansarme, abrazar a los míos sin miedo. Tal vez sea la falta de novedad, el cúmulo de marcas y roturas, internas también, que me dan mucha más libertad para arriesgarme. ¿Qué importa una raya más? Creo que me gusta más la idea de llegar con toda la piel bien usada y no dejar un pedazo sin estrenar. Ya me dolió todo, eso ya no me asusta.

Definitivamente no soy tan linda como hacen unos años y eso sólo irá en declive. Pero me gusto más ahora y eso compensa.