Tenemos la idea equivocada que podemos ver el mundo de forma objetiva. Como si la percepción de nuestros sentidos fuera lo suficiente para demostrarnos cómo son las cosas «reales». Comencemos con decir que no hay realidad sin subjetividad, al menos no como la percibimos. Sobradas veces nos han dicho que nada tiene sustancia en olor, color, sabor, sonido, etc., sino que son impulsos eléctricos, partículas químicas, ondas auditivas. Nuestro cerebro las traduce, pasan por el filtro de nuestra capacidad para recibirlos y luego nos hacemos una idea de que lo de afuera es como lo construimos adentro.
De hecho, el mundo sólo existe en nuestro cerebro y cada uno de nosotros lo lleva de forma distinta. Hay que huir como de la peste de cualquier persona que asegure tener la verdad absoluta para dictar nuestro comportamiento. Las verdades tajantes sólo funcionan piel adentro. Imponerse sobre otro es ejercer una arrogancia desmedida.
Las cosas no son como creemos. Sólo podemos aceptar que son así para nosotros.
