No sé qué viene primero

Creo que hay un punto perfecto entre que la ignorancia es la felicidad y que si uno conoce la verdad, lo hace a uno libre. Supongo que fluctúa. Aún no estoy segura de qué depende. Porque hay cosas que saberlas no me ha hecho ningún bien y otras que por ignorarlas me han lastimado.

Cuando hacemos planes, los diseñamos con una cantidad limitada de información. Es imposible saberlo todo de todo. Luego, al revisarlos tiempo después, si salieron mal, decimos que haríamos las cosas distinto si tuviéramos la oportunidad. Lo cual no es cierto. Porque regresaríamos a ser los mismos, con la misma información. Por eso lamentarse, pero no cambiar, es como quejarse de engordar, comiendo un pastel. Hay que hacer un buen análisis y seguir, sabiendo que vamos a meter la pata, otra vez.

Tal vez ese punto ideal es entre ver todo lo que podemos claramente y dejarnos de atormentar por lo que no sabemos. Y hacernos la bestia después.

Si no funciona

Todos los sistemas están perfectamente diseñados para dar los resultados que dan. Es una de las mejores cosas que he aprendido. Porque la mayoría de veces, no es una cuestión de reforzar el método, sino de revisarlo. Incluso el plan puede ser bueno y no estar bien implementado.

Como en casa, que no siempre quedan las cosas como uno se las imagina. Los hijos son la mejor escuela para enseñarle a uno que no todo se puede planificar y hay que adaptarse a lo que le tire a uno la vida. Hay cosas que no se pueden cambiar, además. Ya con eso establecido, o se aguanta uno para hacer lo que se puede con lo que se tiene, o se amarga. Prefiero lo primero.

Nuestros sistemas sirven para ayudarnos a adelantar lo de rutina para enfocarnos en lo importante. Y por lo mismo nunca deben ir por encima del resultado. O tendremos algo que no nos gusta y ni idea de por qué.

Quién entrena a quién

Tenemos cachorro en casa y yo tenía por lo menos veinte años de no convivir con uno. Mis hijos nunca habían tenido algo más que gatos y hámsters, mascotas muy distintas de un perro. Es otro rollo. Hasta mañoso es, después de menos de una semana en casa. Y la dinámica de la casa ha cambiado sustancialmente.

La relación entre los humanos y los perros data de cientos de miles de años, incluso algunos antropólogos especulan que se inició antes del lenguaje. Nosotros aprendimos a hablar y los perros a entender. Somos una manada con ellos, nos reconocen como de su familia y pareciera que nosotros a ellos también.

Hasta el momento, estamos adaptándonos. Porque el famoso entrenamiento es más para uno al principio que para el perro. Y está bien. Pronto pasa esta etapa. Sólo espero que lo del hoyo con lodo en el jardín no pase otra vez.

Llegar al final

Hay ocasiones en las que el fin sí es importante. Como en el deporte. Que hay ganadores y perdedores. Claro que el camino para llegar al final cuenta, pero lo objetivo es un marcador y no hay más. Eso es para competencias completamente artificiales, nada orgánico.

En la vida de verdad, nada cuenta tanto como el camino. El fin lo conocemos de sobra y de allí nadie sale ganador. Todos queremos que el viaje cuente de algo bueno, para eso se entrena uno todos los días.

Es rico tener una medalla por haber ganado. Como la foto de un buen día. El recuerdo de algo importante. Y ya, uno sigue.

Después de nada

De la que fui

no quedan ni las células

cada una muerta y desechada

dando paso a una nueva

pero más vieja

mis mudables recuerdos

tampoco retienen cosas importantes

como la voz de mi padre

voy siendo otra

aún cuando me reconozco, casi siempre,

en el espejo

ya no soy yo, soy otra,

pero me gusta la idea

de entregar otro cuerpo

al terminar el viaje.

Sin amargarse

El año aún no termina, aunque se sienta como que ya pasaron diez. Creo que perdí lo último que me quedaba de juventud por allí por mayo y desde entonces todo ha ido en aceleración. Y, a pesar que parecía ser uno de los peores años de mi vida, cosa que ya es mucho decir, termina siendo uno lleno de esperanza y cosas buenas. Lo que me demuestra que ningún estado es permanente y que el verdadero dolor está en querer aferrarse. A cualquier cosa. Porque todo pasa y lo que uno tiene en el momento es lo que hay.

Tantas cosas que se pueden repetir un poco banalmente cuando quiere hacer declaraciones profundas. Tal vez porque los refranes de tarjetas de felicitación son más verdad que lo verdadero y por eso ya perdieron su filo. O tal vez porque todos recelamos de la trascendencia barata de las películas inspiracionales, donde todos son bonitos y todos tienen casas perfectas y todos resuelven para siempre sus problemas al final de dos horas. Porque lo cierto es que, por mucho que algo sea verdad, no lo convierte en realidad para uno.

Puedo decir que tengo alguna medida de callo. Y aún así, sangro, porque hoy me contaron una noticia que inmediatamente quise comentar con mi mamá… Ni con una ouija… Y, a pesar de todo, encuentro los momentos para sentirme liviana de la vida. Creo que me puede dejar huella en la cara, las arrugas, la piel menos flexible, las canas, pero no me voy a ir amargada a la tumba. Y con eso ya lo tengo casi todo ganado.

No todo tiene que ser difícil

Creo que las cosas que valen la pena requieren esfuerzo. Pero que no tienen que ser arrastradas de difíciles. Esa delgadísima línea entre ser perseverante y ser necio. Hay ocasiones en las que uno simplemente tiene que admitir que no puede. Y seguir. Hacer otra cosa que, aunque nos cueste, sí nos salga.

Mi papá decía que todo tiene modo y que ese modo es suave. Me han durado mucho tiempo los electrodomésticos gracias a eso. A la par, también tengo su disciplina y eso me ha ayudado a que lo que puedo hacer, lo haga lo mejor que puedo. Y que me perduren las relaciones. Hasta que los animales de la casa se sientan bien.

Tenemos, luego de muchas negociaciones, un perrito en casa. Sé que va a requerir de esfuerzo. Pero que no va a ser difícil. Porque estamos dispuestos a hacerle ganas al entrenamiento y a divertirnos en el camino. Aunque ya haya habido el primer accidente.

Dejar ir

Uf. Hoy regresa el Canche después de seis semanas fuera. No puedo decir que haya llorado todos los días, pero sí mi corazón está completo de pensar tenerlo al fin en casa. Esto de amar incondicionalmente a un par de personas que yo horneé y criarlos para que se vayan es de las tareas más complejas que nos da la vida.

Si continuáramos en una tribu compacta en la que todos nos movemos juntos, con papeles importantes para cada miembro, esa separación no sería evidente. Aunque se esperaría que fueran autosostenibles, que aportaran al bienestar de los demás, sacarlos del grupo sería un castigo, no lo normal. Ahora la expectativa es no tener que mantenerlos desde temprana edad.

Me gusta que mis hijos aprendan en mi casa lo que necesiten para irse de ella. Me hacen falta y quisiera que la relación permaneciera cercana. Y esto de dejarlos ir es doloroso y gratificante, como mucho de lo mejor de la vida.

Las cosas para lo que sirven

Es cuando queremos que las cosas cumplan una función diferente de su sentido original que usualmente las arruinamos. Como si no hubiéramos arruinado infinidad de juguetes pretendiendo usarlos mal. Todo tiene modo. Y propósito. Para cambiarlo, primero hay que cambiar la cosa en sí.

Una comida sirve para alimentar, compartir. No para adoctrinar, por ejemplo. Las palabras sirven para comunicarse, no para complicar el significado de lo que se dice. Y los deportes que uno mira sirven para entretenerse, no para hacer declaraciones políticas o ejemplificar virtudes. Qué gana de arruinar las cosas superficiales buscando significados más profundos.

Cuando al fin aprendemos a que las cosas se las toma como son, o se las deja, abrazamos la mejor de las filosofías de la vida, nos quitamos el peso de ponerle expectativas incumplibles a todo y, si no más felices, somos menos amargados. Por eso mi frase favorita es: es lo que hay.

Ropa de otra gente

Tengo frío

me abrazo con el abrigo de mi mamá

igual ayer me senté

en donde vive la nostalgia

un lugar que visitaba con mi papá

y no me alcanzan los recuerdos

para quitarme el frío

ni las ganas de estar cerca

me tengo que conformar

con la ropa que me queda guardada

que fue de otra gente

y ahora casi es mía.