No soltar

Se escucha tanto la frase “soltar para ser feliz” que se le olvida a uno que es mejor no aferrarse desde un principio. Es igual que los hábitos e ideas que se sientan en el teatro de nuestras mentes: es más fácil sentar uno bueno en un asiento vacío, que sacar al malo y luego pretender sentar a otro. Los desalojos no siempre son exitosos y requieren por lo menos el doble de esfuerzo.

El problema con agarrar algo con mucha fuerza es que uno corre el riesgo de estrangularlo. Y algunas cosas importantes son igual de frágiles que pollitos de feria. Exactamente igual que esos animalitos, es más probable que crezcan bien si uno sólo los cuida con espacio para que prosperen en libertad.

También es más fácil ser uno mismo feliz acarreando menos cosas en la vida, dejando que lo bueno y lo malo sean transitorios, así no lamentamos que se acabe lo primero ni sufrimos porque termine lo segundo. Además, teniendo en cuenta que la vida siempre cambia, siempre, tratar de sujetar cualquier cosa tiene asegurado el fracaso. Así que, en vez de cantar “déjalo ir”, mejor respirar y no agarrar.

Conocer los procesos

Hay que saber hacer una receta bien. Seguirla hasta el último paso. Entenderla. Y hasta después decidir cambiarla. Los fundamentos de las cosas son las letras de la vida. Uno puede escribir cualquier idea, mientras las palabras sean inteligibles. De allí por qué se pueden hacer libros de cosas que no existen.

Los procesos, los rituales, las rutinas, les han ofrecido a los seres humanos la manera de dibujar los planos de la civilización. En uno de los libros de Harari, él elucubra incluso que la agricultura surge de la necesidad de alimentar a trabajadores en la construcción de centros religiosos. Primero el ritual.

El problema, como siempre, viene cuando nos comemos la imaginación en nuestro afán de replicar las recetas al pie de la letra. Quedarnos estáticos demuestra que no conocemos bien los fundamentos, porque no son un límite. Más bien son ladrillos inacabables con los que podemos seguir agregando pisos. No importa si el edificio se rompe eventualmente, si sabemos construir, hacemos otro. Y si sale fea la comida, probamos de nuevo.

Saber y hacer no son lo mismo

Las emociones son unas gotas de mercurio que se escabullen entre las manos. Una buena forma de medir nuestro estado de salud. Y muy tóxicas, letales, si no sabemos manejarlas. Se puede pasar uno la vida entera tratando de no dejarse llevar por ellas.

Los seres humanos, lo que nos distingue entre otras cosas, es la capacidad de tener un espacio de tiempo entre lo que sentimos y lo que hacemos. Ese tiempo de reflexión nos permite tomar decisiones que respeten nuestras emociones, sin causar daños irreparables. Ayuda mucho estar consciente de qué es el viento que lo empuja a uno y hacia qué lado verdaderamente queremos apuntar el barco para que no naufrague y nos lleve hasta el fondo. Pero saber no es lo mismo que hacer y allí es donde vale la pena ejercitar la voluntad.

Me cuesta mucho no envenenarme con mi propio mercurio y trabajo a diario en ello. La empatía ayuda, la meditación también. En este año que comienza, quisiera que todos pudiéramos agrandar el espacio de reacción. Sería un buen paso hacia una mejor convivencia.

Ya no hay frío

Ahora cuando tomo vino

se me calientan las manos,

antes siempre estaban heladas

solía bromear con eso

decía que tal vez había muerto

y no me había dado cuenta

ahora se me llenan de calor

puedo tocarte la espalda desnuda

sin hacerte gritar

prefiero que eso lo hagas tú.

Días que se esconden

Volví a poner mis alarmas, aunque no tenga que salir de casa. Tal vez me dan una medida de seguridad en estos días que parecen desordenados, escondidos entre otros que se les parecen, pero que no son iguales. Esa semana antes de un año nuevo es una antesala, a algo que no sabemos cómo va a ser. Entonces dejamos que el tiempo de evapore, comemos de más, dormimos menos, tal vez para alargar la espera.

Cuando tenemos rutinas que nos llevan de un día al otro, su interrupción puede ser un descanso, o darnos ansiedad. Sería ideal que siempre fuera lo primero, pero este año casi cada intermedio en mi vida no ha sido bueno. Así que ahora que no hay karate, ni colegio, ni radio, que regreso a la cama después de hacer pesas y jugar con el perro, sé que podría haber hecho algo más positivo con esas horas y, heme aquí.

Supongo que no pasa nada de no hacer mucho durante una semana. Además, los días sí transcurren y se aproximan los ocupados con bastante más velocidad de lo que siento. Así que me quedan tres o cuatro mañanas más para buscar mi vida entre el frío y el café.

Un rato colorado

Me cae mal pelear. Pero si hay que hacerlo, prefiero salir rápido de eso. Porque los problemas que se dejan crecer, se vuelven junglas llenas de arenas movedizas. No hay que ahogarse en cosas que puedan pasar. Es horrible confrontar a gente que uno quiere.

Muchas veces vemos cómo, por no causarle un dolor pequeño a los nuestros, luego se lastiman más. Con uno también. Como cuando esas relaciones medio malas dejamos que se vuelvan el monstruo de la laguna negra. Y quedamos varados.

El mejor momento para detener una situación desagradable, es ahora.

Un rango abreviado

Hay emociones que son lugares comunes. Es la canción que sabemos cantar sin pensarlo demasiado y a las que volvemos. Son el abrigo que cubre todo lo que va debajo. Y no porque sean las más constructivas, sino porque son las que nos quedan más cómodas. La mía es el enojo. Con ésa escondo cualquier dolor, todas mis necesidades no satisfechas, hasta el último rastro de vulnerabilidad. Porque el enojo es una coraza brillante y ponzoñosa que me protege de lo malo de afuera, pero deja escapar el veneno de adentro para no ahogarme. Y por supuesto que no es lo más sano que hago.

Aprendemos a identificar lo que sentimos, o por lo menos deberíamos, cuando somos pequeños. Allí adquirimos un lenguaje emocional amplio, sin prejuicios, que nos permite darle su espacio a cualquier sentimiento. Porque nada de lo que uno sienta es bueno o malo. Sí lo es cómo reaccionamos. Y para eso sirve tanto poder darle el nombre correcto a todo. No confundirnos evita que pensemos que tenemos hambre cuando tal vez sólo estamos aburridos. O enojarnos porque estamos tristes.

Aclaremos que no pienso que enojarse, cuando uno tiene razón de estarlo, sea malo. El enojo es una luz que alumbra y corta, es la energía que nos permite dejar atrás algo que nos perjudica y es la fuerza que nos empuja a luchar por lo nuestro. Pero no sirve para educar, ni para conservar relaciones, ni para estar en paz. Allí hay que sacar otras emociones de las casi infinitas que existen. Y permitirse a uno mismo sentir todas. Hay más sabores que sólo amargo.

Los regalos que nadie quiere

Es interesante que el fenómeno de dar regalos para Navidad sea hasta objeto de estudio económico. Leí hace poco que se «pierde» mucho dinero comprando cosas que no les gustan verdaderamente a la gente. Y es que hay un arte en dar cosas que nadie ha pedido y que no saben a veces ni que existen. Tan parecido a ofrecer sentimientos.

No me voy a poner a hablar de la locura que se ha vuelto dar regalos en esta época, eso ya se ha dicho suficiente y cada uno hace lo que quiera con sus cosas. Pero sí me parece fascinante que haya menos personas verdaderamente satisfechas con lo que les dan que la ilusión con que les compran las cosas. Tal vez es una cuestión de auto-conocimiento y aceptación. Si uno lo que quiere es quedar bien, hay que dar algo que la otra persona quiera. De verdad. No lo que uno quiere que le guste.

A mí me gusta recibir regalos. Nunca tengo expectativas de lo que voy a recibir y casi siempre quedan bien conmigo con cualquier cosa, cuando quiero a la persona que me la da. No me pasa lo mismo con gente que me es indiferente. Allí cuesta más. Y tal vez en eso está el secreto de encontrar el regalo ideal: querer a la persona, no sólo conocerla. Para todos los demás, si tanta es la gana de dar algo, siempre sirven los excelentes sobres con dinero.

¡Feliz cumpleaños!

Bueno Mama, ahora sí no sé por dónde empezar. Este año ha pasado de todo y me cuesta creer que haya sido en el espacio de uno solo. Se siente como tres. Los niños comenzaron el cole con esa modalidad híbrida que era una tontería, sinceramente. Nunca estaba del todo segura qué día tocaba que se fueran, pero era mejor eso a que siguieran en casa. Sobre todo para Fátima. Siento que a JM no le fue tan mal en el encierro porque seguía hablando con sus cuates por Discord y cuando jugaban todos, pero Fátima no hizo eso y, lamentablemente, yo no soy compañía de ellos, ya me conoces.

Renuncié y sentí muy bien hacerlo. Saqué un postgrado en mediación de divorcios, Claudia me construyó la marca y ya tengo todo armado. Veremos cuándo comienza a andar el asunto, espero que pronto. Pero sí me entusiasma la idea de hacer eso durante el futuro. Es una bonita forma de volver a ejercer, trabajando para mí y a mi ritmo. No falta mucho para que los niños se vayan de casa y yo no quiero sentir que sin ellos yo ya no tengo propósito.

En mayo… ay Mama, en mayo tuvimos las dos emergencias con Fátima. La primera, en esos días que no encontraban qué tenía, sentí que se me iba la vida. Nunca determinaron por qué le dio la pancreatitis, pero al menos ella ya está como si nada. Lo único es que, en medio de la crisis y el discurso de que debe cuidarse mejor, bla-bla-bla, me pidió un perro para “motivarse”. Le dije que si al final del año estaba bien de su hc, que podíamos tener al chucho. Adivina con quién estoy acostada ahorita… La verdad es que está precioso y ya comenzamos a entrenarlo. Desde el Bartolo que no tenía tan cerca un perro y está chilero.

Me dio covid estando de viaje y no le hice mucho caso al asunto. Imagínate ir al fin al Brasil y quedarme encerrada por un poco de fiebre. Obvio no me fue tan mal.

En junio saqué mi segundo dan del karate y eso sí me costó. Tú sabes que no soy precisamente coordinada pero la perseverancia sí es lo mío. Allí salió el asunto. Espero sacar el tercero antes de cumplir 50 (aunque sea un mes antes).

En el segundo semestre los niños regresaron al colegio ya normal. No son los mejores de sus clases y yo no los jodo por las notas (sí, te estoy viendo feo), pero son felices con sus amigos y sacan las clases sin retrasadas. Hasta allí, me conformo. El Canche quiere irse a estudiar fuera y tal vez eso lo motive a sacar mejores notas…

Mario está bien, ya lo reconozco y eso es bonito. Trabaja sin parar y se mete a mil vainas, ya sabes. Se fue a Berlín a una conferencia y se la pasó alegre entre nerditos iguales a él. Está en una dieta muy rígida y perdió casi veinte libras. Claro que él hizo eso en mes y medio, mientras a mí me tomó años. La envidia que me da.

El Canche se fue seis semanas de intercambio y estuvo feliz. Se adaptó bien a estar fuera, se hizo buen amigo del otro niño de su edad en la casa y creo que hasta hizo exámenes en el colegio allá. Regresó taaan alto. Casi, casi alcanza a Mario. Me está costando un poco con él porque está asshole. No es malcriado, pero ya no es mi niño dulce. Entiendo que tiene que cortar el cordón, y yo lo dejo, pero sí me duele un poco. Al menos sé que es un buen muchacho, hemos tenido un par de pláticas muy profundas este año y espero que por allí se siga construyendo una buena relación a futuro. Le fascina el hip-hop aunque no tenga la melanina suficiente para esa música. Supongo que eso es mejor que el reguetón.

Con Fátima la relación mejoró inmensamente. La veo crecer tanto, está preciosa y se ve feliz. Está en ese limbo entre la niñez y otra cosa y me estoy disfrutando acompañarla. Le operamos la cicatriz de la cabeza y ya no se le mira. Eso nos emocionó mucho con Mario, porque era grande el pedazo sin pelo y no era el chiste que se le viera. Ni te cuento lo totalmente emocionada que está con Ares. Y sí está cumpliendo de atenderlo. Es una belleza esta niña, tan valiente, ya tan madura. Me sigue destrozando por dentro la angustia de lo que pueda pasarle. Lo del hospital este año me puso muy cerca la posibilidad de perderla. Qué horrible. Y no me queda nada más qué hacer que dejarla. Cómo me cuesta. Tan difícil no ahogarla en cuidados. Pero me aguanto y seguimos, porque es lo que hay.

Estoy en la radio ahora y te recuerdo tanto por tu costumbre de leer “hasta las orillas” de los periódicos. Tengo que enterarme, por primera vez en mi vida y es lo que pensé: interesante, pero dan ganas de ganarse la lotería y vivir en una isla. Razón tenía mi papá que “es un desastre”.

A ver si alguien está interesado en publicar mi novela… el ámbito es complicado y cuesta demasiado entrar. Es buena la novela, creo, pero deben haber chorrocientas otras “buenas”.

Yo estoy bien. Me acaban de preguntar cómo está mi cabeza y, la verdad, mejor que en mucho tiempo. Logré encontrar la fórmula para no ceder a la genética nuestra de engordar, Mama. Creo que te hubiera servido también a ti. Todavía tengo el impulso de llamarte con ciertas cosas… Este año no hice galletas, ni Stolen, ni nada. Prefirieron en casa no tener tentaciones y estoy de acuerdo con eso. Sí siento muy raro que no haya estado horneando todo el mes.

Termino dándome cuenta que no pasa nada de hacer cambios. Igual la vida no me ha dejado conservar la ilusión de quedarme igual. Es mejor abrazar lo que viene, todos los días.

Seguro tú ya sabes todo esto, pero te extraño tanto y siento que te puedo hablar así. Espero que te sientas orgullosa de mí, yo creo que estoy haciendo lo mejor que puedo con lo que tengo y eso está bien.

Te quiero miles y te mando un abrazo enorme. ¡Feliz cumpleaños Mama!

No se va

Otra vez me duele el hombro izquierdo, ¿sabes?

Creí que ya no iba a doler

necesito dormir sobre ese lado

compensar las arrugas que tengo en el derecho

o dejar de acostarme como momia

a veces cansa descansar

y me duele el hombro cuando abrazo fuerte

aunque no lo voy a dejar de hacer

como tampoco puedo dejar de cargar cosas

las bolsas del súper no se suben solas al carro

ni la ropa se mete sola a la lavadora

es un dolor pequeño, de esos impertinentes

que te tocan el cuerpo

y te recuerdan que ya tienes años encima

que ya nada se repara tan fácil

y que mejor sigas haciendo pesas

para poder seguir abrazando fuerte.

Tal vez sea bueno, no, no tan malo

que me vuelva a doler el hombro

me trae al ahora para cuidarme del después

y prefiero algo que ya sentía

a continuar con el deterioro en otra parte.