Los buenos días

Pasamos el domingo comiendo. No puedo pensar en mejores actividades en un día sin mayores preocupaciones. Trato de dejar atrás lo que tengo que hacer mañana (¿o es adelante, para el día siguiente?) y me concentro en el camino que me lleva a recoger el pie de pecanas que encargué. Ha sido lindo el día, con sol, cerveza, carne, papalinas con jalapeño. Tal vez mis días felices tienen comida involucrada. Y abrazos de mis hijos, el pelo de la niña tiene el recuerdo de una bebé pequeña pidiendo comida. La voz del niño no estaba cambiando, sólo estaba ronca y ahora vuelve a sonar dulce. Salvo cuando grita, que es seguido y por eso se la lastima.

Hoy amanecí con los gatos entre las piernas. La cama caliente y el sol afuera, llamándome. Un buen domingo y compré una botella de vino que no necesitaba pero quería. Y eso hace que la necesitara. Escucho a todos hablar al mismo tiempo y me encanta que seamos cuatro, una columna en cada esquina, aunque los pequeños nos dejen pronto (no importa en cuánto tiempo, siempre será pronto para que se vayan). Vemos un partido del deporte que a mí me gusta y que el niño juega y que la niña no entiende salvo que le gustan los traseros apretados de los jugadores y no puedo negarle la apreciación, es cierto.

Los domingos puedo pensar que he meditado todo el día, pensando en la gente que quiero y queriendo a mi gente todo el día.

Que duela

Tus dedos hundiendo marcas en mi piel

las despedidas que siempre cuestan

unos dientes cerrados sobre la clavícula

las manos en el cuello.

Que me duela el peso de tu cuerpo

la falta de tu voz

que me cueste hablar.

Quiero moretes que me recuerden tus manos.

Que me duela todo

cuando no estás

porque me recuerda

el camino que me hiciste.

Celebrar fechas

Me cuesta recordar las fechas de cumpleaños. Hasta los años de nacimiento de mis hijos se me desdibujan. Recuerdo el evento, de forma vívida, pero no le fijo un número de día y a veces eso arruina las celebraciones.

Ya aprendí a preguntar «¿cuándo es tu cumpleaños?», aunque sea por enésima vez, porque me encanta hacer especial los momentos. La primera vez que tomé café con alguien, los cierres de ciclo, las risas. Todo eso vale la pena recordar y es bueno apuntar las fechas para hacerlo.

Tenemos una oportunidad nueva cada año para celebrar lo bueno que nos ha sucedido y dar gracias que nos alejamos de lo malo. Es una manera conveniente de estar presente en lo que nos llevó hasta donde estamos y darnos una idea amplia de lo que nos ha hecho lo que somos. Así que, sí, me encanta celebrar las fechas importantes, aunque me olvide de ellas y las tenga qué preguntar.

Ser uno(dos) mismo

Leer a Harari es entender pero no integrar. Tiene ideas de cómo va a ser el futuro que retan nuestra concepción del mundo y de la humanidad. Entre lo que llama la atención es cuando afirma que somos esencialmente dos personas: una que experimenta y otra que narra. Y muchas veces se contradicen. Probablemente por eso estamos llenos de incongruencias.

Independientemente de lo que todo eso pueda significar para conceptos enormes como la moralidad y la consciencia, me parece iluminador para el actuar diario. Vivimos entre dos formas distintas de pasar nuestros días y cada una es importante. Por un lado, el estar, sentir, nos centra. Por el otro, el describir lo experimentado le da significado, sobre todo más adelante.

Me llama la atención que esto sólo refuerza el hecho que la realidad nunca se puede atrapar entera. Porque no sólo están limitados nuestros sentidos, sino que editamos lo que usamos para contarnos nuestra historia.

Somos, como seres humanos, una multiplicidad de formas de vivir. Que no creo que eso nos haga seres fraccionados. Al contrario, nos ofrece distintos campos en dónde desarrollarnos. Pueda ser que tengamos muchas facetas, pero somos la misma piedra.

Una nueva lista

Tengo desde el 2016 de hacer una lista de canciones por año. Con las que me van gustando y lo que escucho. Me sirve de diario emocional y para regresar a cómo he cambiado. Puedo situarme mejor con una canción en el momento que tratando de hacer memoria a secas. Tiene esa ventaja. La desventaja es que voy dejando buenas canciones atrás y creo que tendré que hacer otra lista con mis canciones favoritas de la década.

Es un ejercicio banal y bonito y me ilusiona irle agregando. Cada año he tenido más que el anterior y eso es como aumentar gustos. Creo firmemente que la única forma de enriquecer nuestras vidas es abrirnos a nuevas experiencias con la disposición de niños. Si no nos gustan, pues ni modo, pero si nos gustan… agregamos algo a la lista de cosas que nos hacen felices.

Este año quiero que me gusten más canciones, de diferentes géneros. Y probar comida nueva. Y conocer lugares distintos. Y sentir diferente. Necesito un año leve, que me voltee las comisuras de la boca hacia arriba y me ayude a llevar el peso del corazón. Así que espero irle aumentando a la lista del 2020. Ya lleva 3.

La importancia de ser leve

He creído siempre que mi maternidad debe pesar. Que mi trabajo es corregir, llamar la atención, poner límites. Todo eso requiere menos sonrisas de las que podría ponerle a mis días y no es sorprendente que termine más cansada cada vez.

Claro que hay que moldear, los niños no deben crecer como animalitos salvajes. Es más, hasta ellos tienen reglas qué seguir. Pero quisiera enseñarles con menos cara de enojo. El problema es que no sé bien cómo. Es una línea fina entre ser relajada y ser permisiva y ahora en la mañana de domingo estoy pensando cómo disciplinar a la niña que hizo algo que no debía.

No hay respuestas universales. Ni siquiera sirve lo mismo mañana que funcionó ayer. Porque todos cambiamos, los niños más. Tal vez puedo comenzar por enfocarme en lo que sucede en este momento y no acumular lo anterior. Así le pongo el peso justo a la situación. Y también puedo tratar de sonreír más.

Un helado

Te hice un helado de limón

porque me gusta lo ácido

tan parecido a tu humor

y frío

ese primer beso

que es el de siempre

en la orilla de mi boca

con el que tiemblo

el hielo también quema

quiero pasar tocándote

hasta dentro de tu piel

convertida en una cucharada

por eso cocino

el embrujo hecho comida

y yo en cada bocado.

El desapego

Sentirme sola, desconectada, distraída, fue la constante del 2019. Por una serie de circunstancias desafortunadas, se me fueron rompiendo varias de las conexiones que tenía con la vida hasta ese momento. Me encuentro ahora con la poco usual oportunidad de retomarlo todo. O no.

Practicar meditación ayuda a medir con menos angustia las propias experiencias, porque se aprecian como transitorias, nada dura más de lo que le ponemos atención. Que no quiere decir no sentir, sino sentirlo todo hasta agotarlo.

Si no me aferro a lo que he pasado, puedo ponerle todo el empeño y dedicación a lo que tengo enfrente. El desapego de uno mismo tiene como resultado la presencia consciente en el ahora y en el yo.

Estoy exquisitamente lejos de lograr todo esto, pero estoy segura que me encuentro a las faldas de la montaña correcta y es sólo cuestión de escalar, no importa cuánto me tarde. La cima se puede seguir alejando el resto de mi vida, pero el camino me llevará cada vez más allá de donde estaba y a veces eso es suficiente. Quiero sentirme acompañada, conectada y concentrada y eso sólo lo puedo lograr dejando ir a la necesidad anterior.

Añadamos a la lista

Con tantas cosas por hacer, lo único que se me ocurre en este momento es que quiero dormir. Ahorita y en general. Tan básico que se lee, pero es algo que no he hecho bien y tal vez sea importante. Y ya que estamos en cosas simples, quiero abrazar mucho. A mis hijos sobre todo. Ahora que aún soy tanto más grande que ellos y les puedo servir de refugio, para que el día que eso ya no sea cierto, les quede la sensación. También quiero comer con propósito, sin ver el teléfono, poniéndole atención a lo que me llevo a la boca. Caminar con la vista abierta. Cantar mucho, todo el tiempo. Vestirme con más esmero. Hablar con más dulzura.

Quiero seguir añadiendo cosas a la lista de lo que quiero hacer, porque eso implica que me regresaron las ganas. Y eso es lo que más añoro.

La última lección

Me ha costado poner en positivo lo que he aprendido de un año que me dejó en menos cero. Las experiencias se me vienen a la mente como un manual de cómo lograr el máximo de dolor en el mínimo de tiempo y, aunque en cosas como la diabetes de mi niña no estuvo involucrada mi voluntad, la cosmovisión de un mundo amable se me fue por un caño y eso sí está dentro de mi alcance. Pero estoy acostada en mi hamaca, viendo una pared verde, con música de fondo y un buen libro a la mitad y, hoy, no siento tan pesada la vida.
Si tuviera que ponerle un punto final a lo que me dejó el 2019 es que sí puedo cambiarme. Desde el cuerpo, contra el que llevo luchando desde siempre, hasta el sentimiento de abandono con el que me he despertado más de una vez, generalmente de madrugada.

Pero también aprendí a que hay cosas mías que no debo cambiar. Nunca. La disciplina que me sacó de la cama todos los días, aún cuando quería morir. La necedad por hacer mejor las cosas. Escribir. Decir cómo me siento. Esperar relaciones más enriquecedoras. Por tratar de mover estas cosas, casi me pierdo. Y resulta que me gusto, por mucho que sé que debo mejorar.

No he llorado el mar de angustia que acumulé este año, creo que no podría parar y aún hay gente que depende de mi fortaleza. Puedo tomar decisiones duras sin resentirlas porque es lo que me toca hacer. Y, tal vez, puedo volver a cantar por las mañanas.

En este último día del peor año de mi vida, ejerzo mi derecho de cerrarle la puerta. Que no se cuele nada de lo malo.