Recordar a desconocidos

Tengo poca documentación de mi familia. Y no porque no se haya conocido de ella, sino porque no me queda gente cercana a quiénes preguntarles. Es un poco como haber pertenecido a una flotilla de barcos y quedarme con toda su carga en el mar, ya alejada del resto.

Los humanos tenemos la capacidad de modificar nuestros genes con la conducta (no todos, obvio) y pasárselos a nuestros descendientes. Y eso incide en lo que les dejamos a los demás. Lo genético se imprime en nuestras vidas. Perpetuamos a nuestros antepasados en las cosas que repetimos sin darnos cuenta. Y así recordamos a gente que ni conocimos.

Nunca estamos solos, llevamos con nosotros a todas las generaciones que nos hicieron y las transmitiremos en las que dejemos después. Y eso hace que el mar se sienta menos solo, la travesía menos larga y la carga menos pesada.

El fin

Me gusta tener la razón. Procuro demostrar por qué mi idea es mejor. A veces a costa de hacerle ver al otro lo equivocado que está. Y siempre, siempre, pierdo cuando me pongo en ese plan. Porque muchas veces lo que quiero no es tener la razón, sino lograr otra cosa que se puede hacer sin restregar la validez (o no) de lo que digo. Es un poco como los castigos con los niños. Da una medida de satisfacción ponerles consecuencias duras a actos de desafío, pero, ni se le quita la impertinencia al engendro, ni yo me quedo más tranquila.

Es muy complicado dejar de ver lo que se tiene enfrente por apuntarle al horizonte. Porque lo que está cercano nuestro es inmediato, lo podemos tocar, nos interpela y nos demanda atención. Las soluciones apresuradas sirven para accidentes y emergencias, pero no para situaciones que se extienden en el futuro. Así, una enfermedad se cura con la medicina que corresponde, pero una condición necesita de un esquema de tratamiento permanente. Y eso segundo da pereza. Desespera.

Obviamente hay que darle atención a lo del hoy. Si no vivimos en el presente, el futuro siempre está más allá. Pero tampoco tenemos que sacrificar una satisfacción más extendida por llenarnos el ego hoy y ahorita. Me fascina ganar. Detesto perder. Pero procuro ponerlo en términos de más allá y prefiero que todos estemos más contentos.

Cambiadores

En la casa, lo que el resto del mundo llama «control remoto», se llama «cambiador», porque esa es su función: cambia el canal, el volumen, el estado de la tele… Quedamos enterados de las propiedades de la cosa a la que nos referimos por el simple hecho de darle un nombre funcional.

Si tan sólo las cosas fueran tan fáciles de identificar. Cuando nos dicen qué hacer con ellas, sólo con el nombre, tal vez las utilizamos mejor. Sin embargo, no todo es tan simple como una especificación de área de trabajo. Los seres humanos son poco etiquetables, por ejemplo y poseen tantas facetas como personas con las que interactúan. Entonces somos padres, hijos, amigos, amantes, profesionales, estudiantes, maestros, y todo eso hasta en un mismo día.

Simplificar las cosas, entonces, no a las personas. A las últimas, simplemente aceptarlas en el momento.

A la niña de mi vida

Continúas siendo un misterio. Aguas profundas que abarcan a veces tormentas. Llevas un océano en los ojos, que alguna vez fueron morados. Cada año contigo es un deseo cumplido, sobre todo desde el día en que pudo no haber uno más. Sé que eres más. Más perseverante, más dedicada, más cuidadosa. Que yo, que nadie. Y que puedes hacer todo lo que quieras.

Espero, cosita hermosa, estar allí para darte ánimos, alentarte, hacerte sentir amada. Porque mi corazón está en tu sonrisa.

¡Feliz cumpleaños Fátima de mi vida!

Una carta

Te leyeron en mis manos

y en el resto del café por las mañanas

sales en las cartas

y entre los labios de mujeres misteriosas.

Estás en las premoniciones

yo estoy en el presente

nos volveremos a reunir

en la próxima profecía.

Agradecer el egoísmo

Pocos conceptos tan manoseados como el de ser egoísta. Y es tan simple: salvo que estemos sometidos a una presión irresistible, hacemos lo que hacemos porque queremos.

No me voy a meter a discutir las ideas de algunos filósofos como Sam Harris que niegan la existencia del libre albedrío. Y uso el verbo “hacer” en su concepto más reducido. Específicamente en cuanto a nuestro comportamiento en las relaciones personales. Si yo hago algo por alguien más, no es a pesar de lo que yo quiero, sino precisamente porque se me da la gana. Me da la satisfacción de complacerme a mí misma también.

Desde que entendí esto, aprecio aún más las cosas que hacen por mí. Porque entiendo que el acto tiene importancia. Y se hace en libertad. ¿Qué más puedo pedir de una buena relación?

El volumen alto

En casa somos casi todos ruidosos. Nos reímos a carcajadas, se escucha cuando hablamos, también cuando peleamos. Tratamos de no gritar, pero el volumen de la casa ciertamente no es bajo. A mí me gusta eso. Soy hija única y mi mundo fue muy callado. Aún ahora puedo pasar todo el día sin hablar. Pero me gusta tener música puesta todo el tiempo, podcasts cuando cocino y sentarme a comer con mi gente y hablar. Mucho.

Tal vez no es lo recio, sino lo frecuente que importa. Hay que hablar. Todo el tiempo. De emociones, de cosas que nos pasan, de lo que queremos que pase. Y escuchar. Todo. Desde el mundo de Minecraft, los Pinterests de cupcakes, hasta cómo quieren crecer. Todo es importante.

Se vale ser callado, pero no hermético. Y se vale hablar alto, pero no grosero. Y todo lo que queda enmedio.

Si mi abuela…

Así comienza el dicho y termina con una bicicleta. El asunto es tan absurdo como cualquier suposición que uno hace con «si». O sea, la señora bien pudiera simplemente haberse convertido en una abuela con ruedas, pero lo llevamos al extremo de hacerla bicicleta. No se entiende bien el asunto, pero la idea se entiende perfectamente.

Y es que así somos: inferimos significados tomando el conocimiento colectivo que no está en ninguno de los libros del colegio. Es el código no escrito de la sociedad, que está escondido, irónicamente, en el lenguaje. Necesitamos siempre un contexto cultural e histórico para entender a la persona con la que estamos hablando, hasta con nosotros mismos, pues vamos cambiando en el tiempo. Los padres entendemos perfectamente bien ese fenómeno, cuando usamos adjetivos o expresiones que nuestros hijos no entienden, porque nadie les «ha echado Vicks».

La evolución del lenguaje, además, es orgánico, por mucho que lo quieran empujar a cierta parte. Si la mayoría de las personas que lo utilizan no consienten con las nuevas reglas, se quedarán igual de inútiles que todas esas palabras del diccionario que ya nadie conoce. O tal vez les salgan ruedas.

Todo es relativo

Los adjetivos son completamente relativos. Tenemos en la mente el concepto abstracto de “alto”, por ejemplo, pero esto sólo aplica en comparación a algo más. Para mi hijo mayor, yo era alta hasta hace dos años. Ahora soy pequeña y también tiene razón. Él ha crecido, yo no.

Pero los sustantivos no mutan. Decir que alguien llega al vano de la puerta, es suficiente para indicar su altura y que cada quien saque sus conclusiones. Hasta con la experiencia vivida hay que matizar. Pero… no podemos dejar de redefinir conceptos absolutos. Todos sabemos qué es la “empatía” y cada uno la aplica como la entiende.

Supongo que la mayot parte de desacuerdos en la vida se asientan justo allí: en diferencias de entendimiento. Creemos que hay cosas que deben ser evidentemente de una manera y resulta que no todos lo entienden igual.

Todo es relativo. Hacia afuera. Y todos tenemos una forma absoluta de entender.

Más allá de la piel

Hacia afuera está el viento

la lluvia que aquí siempre cae fría

el calor del sol que sale por las mañanas

lo apretado de unos jeans coquetos

lo flojo de las blusas blancas.

Hacia afuera está la silla dura

el teclado que se mueve con mis dedos

la luz de una pantalla que se llena de palabras.

Hacia afuera está el sonido de voces pequeñas

el olor de un perfume nuevo

el sabor de la comida bien hecha.

Hacia afuera está la otra piel que se pega

el cabello entre las manos

el aliento en el cuello.

Hacia afuera está

todo lo que hace

que se mueva lo de adentro.