Con el formato equivocado

Llenar un formulario, a veces, requiere de cierto arte psíquico. Porque algunas preguntas están hechas más como enigmas y hay que entender la intención detrás. Cuestión de espacio. Y de conocimiento previo no compartido: todo eso que uno sabe y que no explica porque cree que no hay necesidad.

Esa presunción de partir desde un sitio común es muchas veces la fuente de muchas confusiones. Los que escribimos padecemos de esto en aún mayor medida o, al menos, se nos nota más. Porque contamos una historia que ya conocemos y omitimos detalles que nos parecen obvios.

Por otro lado, tampoco hay que remachar en hechos que todos saben, porque el agua moja en todas partes. Pero creo que prefiero repetirlo a no dejar claro lo que quiero decir. Y, definitivamente, he aprendido a preguntar exactamente qué es lo que quieren saber. Porque pocas cosas son tan inútiles como llenar un formato contestando cosas que no están preguntando.

Las cosas siguen igual

Cuando todo está peor es porque las cosas siguen igual. Uno rasca el mismo lugar, una y otra vez, hasta que el piquete es un cráter. La basura no se saca, los platos siguen sucios, la cama sin hacer. Todo se acumula, porque se repite. Hasta que las cosas se derrumban y queda el recuerdo de algo que funcionaba.

Igual pasa con lo que no se dice. Las palabras se enquistan dentro del alma si uno no las saca a tiempo. Sólo porque no se afrontan los problemas, éstos no desaparecen. Al contrario.

La manera más aburrida de morir es no hacer nada. No es que haya forma de evitar la muerte. Pero sí de hacerla al menos más variada.

Una de las claves de mantener activo el cerebro es darle novedad. Tal vez no nos cure de todo. Pero yo no quiero morir aplastada por las cosas que ni siquiera intenté cambiar.

Necesito vacaciones

Supongo que yo, y todos. Porque lo que realmente necesito es un momento de descanso de mi vida, como me la estoy imaginando ahora. Nunca pensé que tuviera que hacerle homeschooling a mis hijos y, verdaderamente no soy nada buena para ello. Tampoco ellos. Tampoco el sistema de homeschooling. O sea, nada. Y vamos tratando de sobrellevar lo inevitable del paso del tiempo, con todo lo que eso se les viene encima a los niños, porque se supone que no vamos a dejar que se queden ignorantes como animalito del campo. (Aunque, con lo felices que se miran algunos animalito, a veces me lo cuestiono seriamente.)

Quiero vacaciones de un momento. Escapar de lo que hago, pero llevarme a los míos. Porque no es de mi vida de lo que necesito irme, es de las circunstancias actuales que nos han llevado hasta aquí. No estamos hechos para este convivir sin descanso, sobre todo los engendros.

Pero… como no hay alternativa a la vista, lo que tengo que hacer es hacerle. Tal vez las vacaciones vengan después.

Desarrollar el no

El niño antes comía hasta caracoles. El gusto amplio y sin cuestionamientos. Lo que le pusiera enfrente, se iba. Pero… de hace un tiempo para acá, todo le sabe “raro”.

Gran parte de lo divertido de crecer es conocerse uno a través de los gustos. Y nada define mejor eso que lo que a uno no le gusta. Porque los límites nos definen. Así aprendemos a vestirnos, a encontrar música, a ver películas. A llenarnos de todos esos adornos de personalidad que nos hacen interesantes. Y, mientras mejor entendemos cómo llevarnos bien con nosotros mismos, más disfrutamos. Pero… hay un peligro en quedarse sólo dentro de la frontera que pusimos alguna vez. Porque estamos cambiando todo el tiempo y, si no nos atrevemos a volver a probar las cosas, nos corremos el riesgo de perdernos de algo que pueda gustarnos.

Al niño le hago probar todo. Siempre. Aunque no le guste. A veces tengo suerte.

El doblez

Enséñame la línea

que marca dónde te doblas

el lugar donde te agachas

hacia dónde se tuerce tu boca

la dirección de tu mirada

las señales que se quedan en el cuerpo.

Tal vez, entre tantas,

encuentre los besos que te he dado.

Todo quiero

En casa se ríen de mí porque mis redes están llenas de anuncios de comida y todo quiero. Todo. Termino comprando quesos en combo, sabiendo dónde venden embutidos austriacos, revisando menús de sushi y, muy convenientemente, ordenando pozole el día que tengo reacción a la vacuna. Es muy conveniente estar al tanto de dónde puede uno comprar lo que quiere.

También es un ejercicio en autoconocimiento. Me sorprende todo lo que me llama la atención la comida. Tal vez porque crecí entendiendo que cocinar es otro lenguaje del cariño. Nada que extrañe más que un cocido en casa de mi mamá. Ni siquiera aprendí a hacerlo, porque para cuando me gustó estar metida en la cocina, mi mamá ya no estaba. Adicionalmente, la relación con las cosas ricas es complicada, pues es importante no «comernos nuestros sentimientos» y no premiar logros de los niños con pasteles y dulces. Cuesta pensar de qué otra forma hacerlo, si tan rico salir a comer cuando uno está contento.

Tal vez lo que más me gusta es hacerles a los míos las cosas que me piden. Así he aprendido a hacer pasteles que, de otra forma, jamás hubiera buscado. Pero verlos felices es la recompensa. Y yo sigo viendo los anuncios de comida en mis redes.

Una lucha no perdida

Estoy más allá de la mitad de mi vida. No es alentador eso, pero da idea que me queda menos por delante de lo que he recorrido hasta hoy. No soy mucho de hacer grandes elucubraciones acerca de cosas importantes. No pretendo dejar un legado, mucho menos una marca en la Historia. No creo que eso sea para lo que vine.

Pero sí estoy segura que puedo resumir lo mejor de mi vida en los momentos pequeños en los que me siento liviana. Como si no tuviera cosas de qué preocuparme. Existen esas pausas, aunque sean pocas y espaciadas. El resto del tiempo se siente como una carrera cuesta arriba en terreno lodoso. Se avanza y se retrocede y se lucha. Pero vale la pena. Mis hijos aprenderán a comer bien sin que se los diga. Mis amigos recordarán que les hice comida rica. Las personas a quienes quiero, lo tendrán muy claro. Al final, esa es la única huella que interesa. El resto se borra con los pasos de los que vengan detrás.

Un estilo propio

Cuando todavía miraba uno revistas, me encantaba toda la ropa que no podía comprar. Ni siquiera venía a Guate. Pero es cuestión de irse haciendo el gusto. Ahora miro lo que tengo y me da risa que cada vez me gusta menos todo lo adornado. Hay modas que simplemente no me llaman la atención y prefiero seguir con mis jeans y t-shirts blancas.

También creo que le dedicamos demasiado tiempo a pensar en cómo vestirnos. Si las películas futuristas tienen algo de atractivo es esa simplicidad para usar ropa. Pero… resulta que somos animales sin plumas ni pelaje y necesitamos enseñarle al mundo parte de nuestro interior. Para eso sirve la ropa.

Lo que nos ponemos es, en esencia, un disfraz. Y si no les gusta esa palabra, una armadura entonces. Mostramos lo que queremos o dejamos de querer. Hasta cuando creemos que no lo hacemos. El estilo es otra forma de comunicación y, más que opinar acerca de lo que los demás se ponen, hay que aprovechar la oportunidad de entender qué nos presentan de primera impresión.

Gratitud por cosas que no pasan

Aunque parece una cosa fácil de decir, todos vivimos una vida que alguien más puede considerar afortunada. Y podemos agradecer por lo que no nos pasa. La existencia en presente puede verse como un plato de pasta: sin salsa es insípida. Uno le pone lo que quiere para darle sabor.

No estoy diciendo que uno deba ser “positivo” siempre, porque hay momentos horribles que uno debe asumir como tales y no querer repetirlos. Pero no es necesario hacerlos peor.

Yo agradezco profundamente que mi hija no murió, que mi hijo no tiene una enfermedad, que yo no tengo un impedimento físico y que no vivo desamparada. Todas cosas que pueden suceder. Y no. Cambia mucho mi perspectiva ante el resto de cosas que no me gustan.

Espero

Cuento las cosas que faltan

todas las pongo sobre la mesa

un espacio vacío para cada una

se llena de polvo la superficie

yo sigo apilando el recuerdo a futuro

de todas las cosas que faltan.