El fin

Me gusta tener la razón. Procuro demostrar por qué mi idea es mejor. A veces a costa de hacerle ver al otro lo equivocado que está. Y siempre, siempre, pierdo cuando me pongo en ese plan. Porque muchas veces lo que quiero no es tener la razón, sino lograr otra cosa que se puede hacer sin restregar la validez (o no) de lo que digo. Es un poco como los castigos con los niños. Da una medida de satisfacción ponerles consecuencias duras a actos de desafío, pero, ni se le quita la impertinencia al engendro, ni yo me quedo más tranquila.

Es muy complicado dejar de ver lo que se tiene enfrente por apuntarle al horizonte. Porque lo que está cercano nuestro es inmediato, lo podemos tocar, nos interpela y nos demanda atención. Las soluciones apresuradas sirven para accidentes y emergencias, pero no para situaciones que se extienden en el futuro. Así, una enfermedad se cura con la medicina que corresponde, pero una condición necesita de un esquema de tratamiento permanente. Y eso segundo da pereza. Desespera.

Obviamente hay que darle atención a lo del hoy. Si no vivimos en el presente, el futuro siempre está más allá. Pero tampoco tenemos que sacrificar una satisfacción más extendida por llenarnos el ego hoy y ahorita. Me fascina ganar. Detesto perder. Pero procuro ponerlo en términos de más allá y prefiero que todos estemos más contentos.

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