La escasez

Si le creemos a la canción, hasta la belleza cansa, el amor acaba. Cosa que es complicada de asimilar cuando uno está lleno de mariposas en el estómago y no puede hacer otra cosa que pensar en esa persona. Esa etapa es alegre, claro. Pero termina.

No hay nada infinito. Nada. Le asignamos más valor a las cosas más escasas, como si la limitación fuera algo agradable. Y dejamos de fijarnos en lo que abunda a nuestro alrededor. Debería ser al revés, porque probablemente nuestra existencia está hecha de cosas cotidianas.

Lo cierto es que nada dura para siempre. Porque nada permanece estático. Todo cambia, acabándose en la forma que lo conocemos y transformándose en algo más. Y allí está la belleza de las cosas: en darnos cuenta que van a cambiar y que sólo cansan cuando no lo hacen.

Sin miedo a no ser excepcional

Encontrarse con gente que lo conoce a uno de mucho tiempo es ser medido por las expectativas de otras personas. Peor que los papás, los amigos de ellos son una vara muy alta qué tratar de alcanzar. A veces es más fácil perdonar las pequeñas decepciones de los propios y esperar mucho más de los ajenos. Para los que crecimos con las esperanzas puestas en nosotros para sobresalir, el hecho de ser sólidamente promedio es un anticlimax.

Lo cierto es que todos somos promedio, ninguno somos especiales, porque ser único es la cosa más común del universo. Hasta las amebas se diferencian por pequeñas cosas entre sí. Las comparaciones, ya lo sabemos, son aplastantes porque nunca son verídicas. Y las expectativas de los demás deberían de pesarnos lo que una burbuja.

La vida, la que cuenta de verdad, transcurre en días promedio en los que estamos llamados a hacer lo mejor que podemos, con lo que tenemos. Nada más. Si encontramos el placer en lo cotidiano, en lo pequeño, ganamos todo. Y eso nos prepara para lo más alto que logremos. Si no, sólo estamos saltando de una cima a la otra, cosa que no es sostenible y que nos sume en un estado de descontento semi-permanente el resto del tiempo, que es el más. No ser excepcional no es malo. No ser felices entre nuestros días normales sí lo es.

El tiempo no existe

El fin del año bien podría ser en mayo. Da lo mismo. Nos inventamos un principio dentro de un círculo, que de por sí siempre se repite. Pero da lo mismo. Porque lo verdaderamente importante es que regresamos a estar en un lugar igual, en un momento distinto.

Medimos nuestra vida en ciclos y los repetimos. Es malo cuando esperamos que sean iguales. Es bueno cuando nos sirve para comparar el progreso. Y hasta eso es relativo, porque no avanzamos en línea recta.

Es bueno recordar que a estos días les asignamos un peso especial, pero que eso mismo podríamos hacer con cualquier otro. No existe un nuevo año si no decidimos hacer cosas nuevas, mejores. Y luego tenemos que seguir haciéndolas siempre. Porque todos los días son un principio.

El recuento del año

¡Feliz cumpleaños Mama! Ya pasó otro año, quince, de hecho, desde que te hago el resumen anual. Espero que ya te hayas enterado, pero igual aquí va:

Seguimos en una especie de suspensión de actividades extraña, pero todo eso me ha ayudado a escoger a qué ponerle atención. No todo en la pandemia es malo. Ninguno de nosotros nos enfermamos, todo bien allí. Logramos seguir todos juntos, no por falta de ganas de salir huyendo a veces, sino porque importa más quedarnos.

Ese nieto tuyo ganó la primaria, está bastante más alto que yo, quiere aprender a manejar (y yo lo estoy llevando un poco), juega todo el día con sus amigos en la computadora, le gustan las chicas (sin mucho discriminar), se levanta tarde, come mucho, a veces está insoportable y sigue siendo un buen chico.

La niña de tus ojos me enseña cada día a ser mejor mamá. Me reta, me hace revaluar mi conducta… Ganó el año y, como no pienso en cuestionar los milagros que me da la vida, no voy a preguntar cómo. Está cada día más linda, más segura de sí misma, más feliz. Para ella también han sido años complicados y siento un alivio enorme ver cómo ya va saliendo de su propio desierto.

Yo estoy bien. Al fin me operé el pie que me traía loca del dolor y, aunque todavía puedo ponerme tacones, ya puedo patear cosas con fuerza. Creo que eso me gusta más que los zapatos altos. Aprendí a planchar, cocino con gusto todos los días, todo el día, he escrito poco pero bien, me siento querida y estoy tratando de hacer las paces con hacerme vieja. Jodido eso, Mama. La edad se te viene encima de a poco, pero constante y nada la detiene. Leí tantos buenos libros este año, que me costaría recomendarte uno solo. Pero tal vez te pondría a leer un poco de Padura, que nunca compartimos.

Hice muy pocas galletas en diciembre, mejor no ponerle tentaciones a Fátima. Tu receta del mazapán sigue haciéndome sufrir y el Stolen este año quedó maravilloso. Sigo teniendo dos gatos, firme en mi negación a tener un perro, pero siento la presión arreciando.

Te sigo extrañando. Tanto. A veces siento tus manos suaves acariciándome la cara y tu olor dulce que no salía de ningún frasco de perfume. Quince años son bastantes, pero nunca suficientes para que me dejes de hacer falta.

Te deseo un lindo cumpleaños, donde sea que estés, te mando un abrazo fuerte, muy pegado y escucho tu voz diciéndome los cariños que nadie más me ha dicho. Gracias por dejarme tu recuerdo, aunque a veces me haga llorar de nostalgia. Hasta eso es dulce.

No hay que aceptar nada

La resignación es una actitud que viene antes de la realidad. Primero, hay una cosa que existe sin nuestra intervención. Y luego nosotros reaccionamos a ella, muchas veces sin parar a apreciarla.

Vivir con lo que hay no es lo mismo que conformarse. En absoluto. Es tomar en cuenta de qué disponemos, con claridad y, hasta después, tomar una decisión. No podemos romper una regla hasta que la conocemos. Lo mismo con nuestras circunstancias.

Al final, toda la vida se puede resumir en una frase: es lo que hay. Y lo que venga después.

Siempre puedo hacer más

Hoy tocó hacer las últimas galletas del año. Me he dosificado muy bien la horneada a comparación de Navidades anteriores. Sólo he hecho cuatro recetas, espaciadas en otras tantas semanas. Tal vez por eso es que han durado tan poco y, para cuando hago las siguientes, ya no quedan ni las migas.

Antes, eso me hubiera dado angustia. Porque tenía en la mente los frascos aparentemente interminables de galletas en casa de mis papás. Parecían llenarse por ensalmo. Claro que la magia venía del esfuerzo de mi mamá y todos nos beneficiábamos. Yo pretendí hacer lo mismo muchos años, hasta que tuvimos la crisis con Fátima y decidí no tener tentaciones. Ese año no horneé casi nada. Tampoco eso fue bueno.

Ahora, después de un día de horneo moderado, hay galletas en cantidades razonables. Si se acaban, hago más. Y ya. No pasa nada.

Un nivel más superficial

Luchamos como seres humanos por ser profundos y aprovechar la capacidad más extrema de los talentos que tengamos. Nos esforzamos por no pasar desapercibidos, por dejar impresa nuestra huella en el mundo. Que nuestro recuerdo persista más allá de nuestra presencia y que hablen de nosotros durante generaciones. Y nada de eso es relevante. Ni siquiera creo que sea verdaderamente deseable.

La gente más importante de mi vida ha pasado por ella sin querer hacerse permanente, sólo por el gusto de estar. Para apreciar las cosas a nuestro alrededor sin destruir lo mejor es caminar liviano. No presionar, flotar entre los nuestros y generarles un bienestar sin peso, casi pasar desapercibidos. Lo peor que uno puede desear es ser indispensable. Porque lo que no somos es inacabables y, si no pueden seguir adelante sin nosotros, qué pobre existencia llevamos.

Al final de nuestros días, la única profundidad que deberíamos querer alcanzar es la de nuestra propia consciencia. Todo el resto de cosas deben haberse quedado atrás. Y, nosotros, ser superficiales en nuestro paso. Como si fuera sólo otro paseo.

El hilo que quema

Traté de arrancar un hilo

colgado de una manga, sin sentido

lo halé, rozándolo en mi piel

no logré quitarlo, persistente en su inutilidad

me dolió hace una semana

me sigue doliendo, está rojo, infectado

hasta un hilo sin propósito

se aferra a su existencia

y lastima, quema, protesta

antes de soltarse.

La lógica de las emociones

Hay dos clases de personas: las que toman decisiones emocionales y las que creen que toman decisiones lógicas. Nos han engañado durante muchos años, haciéndonos creer que nos podemos alejar de nuestras emociones, como si fueran simples vestimentas un poco ridículas que no necesitamos. La verdad es que el ser emocional es un aspecto integral de nuestra existencia, es la manera de integrar los datos en un contexto, de tener una reacción integral. La lógica, la abstracción que nos da el hemisferio izquierdo del cerebro es limitada y categorizante.

Los diciembres de cada año, nos bombardean por todas partes con mensajes que apelan a nuestro cansancio: estamos cansados de hacer dieta, de ahorrar, de trabajar. Nos dicen cosas como «en enero puedes comer bien, hacer ejercicio, retomar la frugalidad», «has trabajado tanto que te mereces x o y cosa que no necesitas». Y claro que estamos cansados y por supuesto que nos merecemos cosas lindas en nuestras vidas. Es un argumento que usa la lógica para apelar a los verdaderos jefes: los sentimientos.

Yo hago lo mismo en diciembre que el resto del año. O sea, tomo la misma cantidad de malas y buenas decisiones con mi vida. Porque me pesa más, emocionalmente hablando, mantenerme en un estado que cambie lo menos posible físicamente y lo más posible espiritual y mentalmente. Que no quiere decir que lo logre, es sólo que eso me mueve. Y no porque lo haya analizado y pensado. Es porque así me siento mejor.