Sin resoluciones

No recuerdo cuándo fue la última vez que hice una “resolución de año nuevo” como tal. Creo que son buenas las autoevaluaciones personales cada cierto tiempo, sobre todo si uno tiene una meta. Pero que dependa el cumplimiento de la misma comenzar a trabajarla en una fecha especial, me da ansiedad. Siento que si se me pasa el momento, fracasé y mejor lo tiro todo a la basura.

Creo en las fechas límites para los logros a corto y mediano plazo, no para las cosas a largo plazo. En primer lugar, porque es casi imposible saber todas las contingencias que pueden aparecer en el camino. Y, segundo, porque considero mucho más importante que los hábitos diarios sean los que pongan el rumbo de la meta. Por supuesto que allí pesa el tomar consciencia del progreso y atornillar las cosas flojas. Yo he cambiado tantas veces de forma de comer, hasta que ya llevo dos años en una que me queda bien a mí.

Yo no tengo resoluciones para este año. Sí tengo metas para mi vida y pequeños planes con fechas. Pero no pienso esperar a que sea lunes para empezar. Sobre todo si es la dieta.

Si no es feliz, siga

Todas las historias pueden tener finales felices, depende de dónde las deje uno. Por algo los cuentos de hadas se quedan en la boda. Porque un par de años después, seguro hay conflicto. No se puede vivir con otra persona sin atravesar crisis, no importa qué tanto se ame uno. De hecho, el amor sólo sirve para el primer empujón, todo el resto de la cuesta hay que hacerla a pie.

Los mejores relatos terminan en un punto medio, sin una resolución definitiva, con la puerta abierta para algo más. Y, aunque nuestras vidas tienen principios y finales muy definitivos, se puede contar nuestra historia de forma que siempre tengamos un final feliz. En casi cualquier cosa, uno puede pensar que va a pasar el tiempo suficiente como para que mejoremos.

Cuando me ahogo en algo, hasta en el tráfico, pienso que, eventualmente la cosa va a cambiar y me hago seguir adelante. Hasta el dolor más grande se quita. Y ya, la felicidad se persigue y alcanza momento a momento. Sólo hay que seguir.

No es ansiedad

El cuerpo le tira al cerebro claves de cómo se siente que luego el cerebro interpreta, bien o mal. Un dolor de cabeza puede ser confundido con estrés. La acidez se disfraza de ansiedad. Y el dolor de pecho se equipara con la tristeza. Y al revés las cosas funcionan igual. Porque el aburrimiento se me presenta como hambre. El enojo como náusea. Y tantas correspondencias.

Todo tiene una relación, porque no somos entes con separaciones entre una función y la otra. Al contrario, si algo es seguro es que tenemos una interacción constante de lo interno, lo externo y lo interpretativo. Hay, eso sí, una diferencia mayúscula entre dejarse ir con el primer impulso y tomarse el pequeño tiempo que se necesita para identificar el origen del sentimiento.

Ahora mismo, estoy ansiosa. Porque tomé café diferente y comí pan de frutas y ayer tomé vino. No es ansiedad. Es acidez.

La ventaja

Le juegas al tiempo

una carrera trucada

en la que te dio ventaja

al menos su ilusión

y corres, corres tan rápido

crees que siempre irás delante

pero no sabes

que el tiempo es el apodo de la muerte

y ella siempre gana.

Generar asombro

La mejor postura estúpida de los adolescentes es que lo saben todo y nada les parece nuevo ni maravilloso. Es como si, después de la primera infancia, cuando todo era una primera vez, ya no tienen nada sorprendente qué esperar de la vida. El verdadero problema es cuando esa actitud se traslada a adultos. Creo que pocas personas me parecen más aburridas que las que creen que lo saben todo.

Luego uno crece, cuando crece bien, y se da cuenta que, si bien es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, cada cosa que sucede es la primera vez que nos pasa a nosotros. Allí es donde vive la maravilla del mundo. Toda existencia se renueva, crece, cambia. Y en identificar ese cambio se nos debería pasar la vida entera.

Para estar así, se necesita demasiado entrenado en dejar ir todo lo que uno tiene por cierto en el transcurso normal de nuestra vida. Hasta el agua que no sabe a nada, si le ponemos atención, tiene un componente de felicidad. Si logramos encontrarlo, sabemos cada vez más cosas.

Lo mío es lo suficientemente bueno

Estoy forrando libros y cuadernos y, a parte de la discusión de si ya deberían hacerll los niños solos o no, el hecho es que es algo que yo tomo de tarea. Mi mamá lo hacía, siempre con su perfección característica y así de perfecta fue mi sorpresa la primera vez que lo hice yo. Arrugas, burbujas y papel arrancando más tarde, me di cuenta de lo fácil que no era. Mucho más tarde, sigo haciendo énfasis en lo que me cuesta hacerlo.

La perfección es uno de mis vicios. Me gustan las cosas de cierta forma, replicables e iguales todas las veces. Me gustan las cosas bonitas, los lugares con arquitectura simétrica, la letra con todas las palabras del mismo tamaño. Puedo pasarme la vida ordenando cosas por colores, formas, volumen… Y es de las mejores lecciones que mi papá me grabó en la cabeza: lo perfecto es enemigo de lo bueno. Vale la pena hacer de todo, con el mejor esfuerzo, con la disposición de aprender, de evolucionar. Por supuesto hay que ir puliendo procesos y dejando atrás errores. Pero entre la mejora constante y la búsqueda inútil de la perfección, hay mucha distancia. Prefiero lo suficientemente bueno. Lo otro, además, no existe.

Mis hijos aprecian el esfuerzo que hago en forrarles sus cosas, sobre todo porque les dejo saber que no me gusta y me cuesta. No por nada tienen idea de cuánto los quiero, si hasta eso hago. Poco pesan un par de arrugas y varias burbujas.

Comenzar o seguir

Cada día es nuevo. Cierto. Pero también es cierto que es el último eslabón en una cadena que vamos forjando los días anteriores. No todos son buenos y vale la pena ver en dónde estamos. Para eso sirven las pausas, para evaluar el lugar en donde estamos.

Cada toma de decisiones nos lleva a un rumbo y nos aleja de las primeras veces que escogimos un camino o el otro. Con cada paso estamos más allá y regresar siempre es imposible, porque jamás uno vuelve al mismo sitio. Simplemente por el hecho que uno no es igual. Pero sí es posible decidir si uno está satisfecho con lo que va haciendo y, si no, cambiar.

No siempre es necesario comenzar de nuevo, a veces continuar con un par de correcciones es suficiente. Lo que uno no debe dejar para más adelante es la revisión del sitio que ocupamos, porque la nave que uno lleva va con una velocidad y dirección que toma tiempo y esfuerzo cambiar. Siempre se puede mejorar. Lo peor que puede pasar es que haya que volver a corregir la ruta.

Se comieron las galletas

Hago galletas los diciembres, aunque cada año un poco menos. La condición de Fátima me frena con la horneada intensa, no vale la pena tener tantas tentaciones en la casa. Entonces las que hago me parecen pocas, quiero que se las coman pero no que se acaben, claro, porque no soy nada si no soy inconsistente.

Con las cosas materiales tiene un relaciones complicadas: las quiere usar sin que se arruinen, pasen de moda, se rompan. Eso no existe. Todo se deteriora, hasta uno mismo. Y tener algo que a uno le guste, para no usarlo porque se puede averiar, es ridículo. Para eso mejor no tener nada bonito. Pero es lo que es, hasta que uno está dispuesto a ver el momento en el que está viviendo y no lo que puede venir después. O aceptar que todo se va ir por el caño eventualmente y aprovecharlo mientras no estamos allí aún.

Hay que ponerse la ropa que a uno le gusta. Escuchar la canción hasta quemarla. Usar los aparatos eléctricos, el jabón que huele rico, el maquillaje especial. Y comerse las galletas. Porque se pasan y tirarlas sí es tragedia.

Las fechas que se pasan

A veces olvido el año en que nació JM. Tengo qué hacer cálculos tontos. El día de la semana lo recuerdo siempre (martes), pero el año… cosas que uno tal vez no registra, aunque tenga una medida de relevancia. El año de nacimiento de F es muy fácil así que no hay problema. Me costó aprender el cumpleaños de mi papá de pequeña, el de mi mamá era imperdible (24 de diciembre).

Algo tienen las vueltas de calendario que nos enganchan en repeticiones anuales. Llevamos la cuenta de eventos pasados, distanciándonos de ellos con el tiempo, pero trayéndolos al presente al conmemorarlos. La edad, los aniversarios, los años que han pasado desde que la gente se murió. Hay un peso adicional al olvidar las fechas “importantes”, porque se percibe como una pérdida de importancia de la cosa que sigue creciendo. No imagino cómo reaccionaría si olvidaran el día de mi cumpleaños. Seguro, muy abandonada.

Pero también el dejar en reposo ciertos recuerdos pueda no ser tan malo. Cada 26 de diciembre recuerdo la muerte de mi madre, con toda la tristeza y añoranza que eso me trae, año con año. Y, hoy que vi la fecha, me di cuenta que no lo recordé. Lo tuve presente todos los días anteriores. Me siento fatal ahora que pasó. Pero, ese día, simplemente lo olvidé. Tal vez es buena idea conmemorar el día de otra forma: viviendo.