Siempre hay distintos lugares
dónde pararse y ver
todo cambia, depende del ángulo
cualquier cosa deja de ser fea
con la luz correcta.
Para cambiar la experiencia
sólo hay que cambiar de lado.
Siempre hay distintos lugares
dónde pararse y ver
todo cambia, depende del ángulo
cualquier cosa deja de ser fea
con la luz correcta.
Para cambiar la experiencia
sólo hay que cambiar de lado.
Ya estoy grande, aunque no he llegado a la edad en que me tuviste. Habías vivido tres vidas ya. No puedo imaginar lo que te hizo la muerte de tu papá cuando tenías seis años. Tal vez ahora podríamos tomarnos un café y platicar de todo lo que me gusta preguntarle a la gente. Conocerte mejor. Tal vez ahora hay suficiente distancia de sentimientos encontrados, esos que se anudan. Con el tiempo, uno alarga la madeja y se desenreda sola.
Quisiera tomarme el tiempo de ir por partes de tu vida. De darte el espacio para soltar.
No imagino cómo sería eso. Hay muchos cabos sueltos y ya no nos dejaron más lazo para atarlos.
O antes. A veces antes. Porque esas horas son mías y puedo perderlas jugando a aprender francés si quiero. Nadie me habla. Me busca. Está bien que no haya sol. Las calles están en verde y yo me voy un rato.
Los humanos somos diurnos. Por mucho que haya personas que reniegan de las mañanas. Nada de nuestros sentidos está hecho para andar parando la cola de noche. Si fuera así, no necesitaríamos luz artificial. Tampoco habría historias de miedo. Lo que no podemos ver, nos asusta. Todo lo siniestro es oscuro. Si uno quiere descansar, las horas dormidas antes de la medianoche cuentan el doble. Y los malos hábitos de protocolos de sueño se pueden revertir.
Tal vez necesito cambiar mis hábitos para ser más sociable. Digamos que trasnochar no es lo mío. Pero sí tengo hasta la ropa lavada, súper (dos distintos), almuerzo, sol y niños listos antes de las 4pm. Hasta que vuelve a comenzar el día.
Todos tenemos la capacidad de cambiar y un impedimento para dejar de hacerlo. La transformación es inevitable. Pero está limitada por las cosas que no podemos mover. Estamos hechos de ladrillos genéticos, culturales, sociales, familiares, que son casi imposibles de derrumbar. Se puede tratar de hacer girar el edificio a un ángulo totalmente diferente. Pero a veces eso no es sostenible.
Harari dice que la persona más feliz es la que mejor conforme está con el marco de su vida. Yo creo que vamos tomando decisiones que nos llevan más adentro en cierta dirección y que regresar a un punto casi cero implica demasiada destrucción. Demasiado esfuerzo.
Claro que se puede. Sólo hay que medir si el precio vale la pena lo obtenido. Y a hacerle ganas a lo que decidamos. Se puede también ser feliz sin todo lo todo que uno quiere.
Quité la alarma de mañana. Es feriado. Tampoco escribo (tanto). Hay momentos pequeños de la vida en que uno puede hacer pausa, sin que sea para algo trascendente. Sólo por ser. Estar.
Estás enorme, Canche
entre tus manos y tus pies
puedo construir una balsa
apenas te reconozco la cara
tienes todo el pelo encima
podría cargarte, tal vez
pero ya no te dejas
y tengo que robarte un abrazo
ahora soy ninja de cariño
Canche, me quedas muy alto
te sientas muy lejos
y aún te falta camino
me consuela saber
que volveremos a coincidir.
No. La verdad no. La vida (“Vida”, con mayúscula y contenido místico), no es nada. Es imparcial. Como el río que alimenta y destruye. Pasan cosas horrendas que no tienen nada qué ver con el mérito de las personas afectadas. Cualquier enfermedad de esas estrepitosas, accidentes, fenómenos naturales… de todo. Simplemente pasan.
La justicia y la equidad y la misericordia y todos esos valores que pareciera tenemos grabados en nuestro código existencial, sólo existen y sirven en la interacción con otras personas. Sólo puedo ser bondadoso hacia alguien. O ser cruel con alguien. Claro que podemos describir los conceptos en abstracto, para algo sirve nuestro hemisferio izquierdo del cerebro. Pero si se quedan allí, no son más que ideas.
Las personas son injustas. Y eso sí es objetable, sobre todo porque actitudes poco amables erosionan los cimientos de las relaciones personales, familiares, comunitarias, sociales, mundiales. Nuestra existencia como especie se funda sobre el consenso de lo que consideramos bueno o malo y de la falta del mismo han surgido todos los conflictos de nuestra historia. La vida es sólo lo que es. Nos toca a nosotros remediar sus carencias.
Virginia Woolf quería un cuarto propio. Tan de su época y tan adelantada a ella. Sin mucho qué necesitar de verdad. Pero eso tampoco es cierto. Todos necesitamos un espacio que sea nuestro.
Los humanos somos sociables. El estar solo era morir en la prehistoria. Tanto así que registramos el rechazo como un dolor físico que tiene consecuencias graves para nuestra salud. Pero también sucede que sólo entendemos el mundo dentro de nosotros mismos. No hay nadie que nos ayude a interpretarlo. Así que somos solos y acompañados.
Necesitamos que nos agrupen. Y necesitamos una mente única. Todos nos quedamos jugando a cambiar de estado como niños que pasan saltando de un lado de la línea a otra, de la tierra al mar. Tal vez no sea un espacio físico, pero sí una forma especial de pensar. Como una mente propia.
Cada vez que conozco gente nueva, la que me interesa por lo menos, les hago las preguntas que me parecen vitales: qué sabor de helado es su favorito, si han leído a Dumas, si les gusta Borges y si saben quién es Iñigo Montoya. Lo básico. Luego vienen las incidentales.
Estar con gente nueva permite presentar uno mismo el lado que mejor le quede. No es duplicidad, es oportunidad. Uno no es el mismo todo el tiempo ni con todo el mundo, simplemente porque así debe ser. Las mutaciones de la persona ante estímulos distintos es lo que nos permite navegar en una sociedad que también cambia. La facilidad de adaptarse es el sello de un ser verdaderamente exitoso.
Lo difícil es volver a conocer a la gente que uno ya cree conocer. La de todos los días. Se nos olvida que ellos también cambian. Damos por sentado su existencia como un cuadro que lleva mucho tiempo colgado en la pared. Nada más equivocado. No somos ornamentos estáticos. Somos caleidoscopios, siempre cambiantes. Tal vez sólo es necesario enfocar de nuevo para vernos otra vez.
Escucho con fascinación a las personas y luego escribo la historia. Es una forma de regalarles su vida con otra perspectiva. Me gusta.
Lo difícil es escoger qué no decir. Siempre hay que dejar algo fuera. No importa qué tan buena sea la frase. Si no ayuda a la narrativa, no sirve.
Igual la vida. No importa qué tan bonito se escuche algo, si no sirve, mejor no decirlo. Cualquier cosa. Sobre todo las más divertidas. Casi siempre hieren. ¿Qué vale más? La historia. Siempre la historia.