Límites

Me gusta el límite

que le pone mi piel a la tuya

entiendo, creo, en dónde termino

en dónde empiezas

porque siempre que te acercas

confundo mi aliento con tu voz

mis manos con tu pelo

mi olor con tu sabor

siento que me derrito

pierdo la forma

sólo me queda la frontera

que tocas cuando te aferras.

Un pequeño tatuaje

Me he tatuado mi vida y si descifran lo que tengo pintado, pueden leerme a mí entera. Como un lienzo cifrado, expuesto pero incomprensible y es perfecto, porque me gusta el adorno visible con el significado personal.

Los seres humanos nos hemos hecho modificaciones corporales permanentes, creo, como una forma de protesta en contra de nuestra propia temporalidad. Para pertenecer a un grupo y declararlo por medio de un atajo. Para recordar. Para fijar el tiempo. Para cualquier cosa. Pero siempre con la sensación de llevar una decisión a su última consecuencia.

Me gusta que hasta en nuestro país, hacerse tatuajes ya no sea algo extraordinario. Tampoco es malo no hacerlo.

Los míos me pertenecen en tanto que me dibujan en mis amores, los vacíos, las necesidades y mis relaciones más relevantes. Por eso, este último me fascina, porque me une a una de las personas más importantes de mi vida, con quien pareciera que hemos convivido siempre. Gracias MaFer de mi vida, por ser mi corazón desordenado y por tener el mío.

No perdonar y seguir

Creo que en toda relación hay límites. A veces ni uno mismo está seguro de los propios, hasta que alguien los pasa. Y allí uno decide o correrlos o irse corriendo. El problema a veces es que uno puede querer quedarse y dejar ir el drama, pero los sentimientos no saben del paso del tiempo y regresan a morder el orgullo como perros rabiosos.

Cada vez que uno siente algo, si realmente le pone atención, se puede dar cuenta que no dura más de unos segundos. Al menos la sensación física. Para seguir quemándose uno por dentro con el fuego del ensatane, hay que estarse recordando de lo que pasó. Sinceramente, no es el lugar ideal para vivir. Si uno logra identificar que lo que le molesta a uno del pasado, ya pasó, puede no alimentar el dolor, porque ese monstruo siempre tiene hambre.

Estoy aprendiendo a vivir con la suma de mis decisiones hasta la fecha. No siempre han sido buenas, pero me gusta dónde estoy ahora. Para todo lo que no puedo perdonar, está el consuelo del día a día en el que presto atención a lo que tengo enfrente. O me tomo una botella de vino, lo que sirva en el momento.

El último esfuerzo

La danza de la lluvia siempre funciona porque dejan de bailar hasta que llueve. Hay una diferencia sustancial entre la necedad y la persistencia: el éxito. Mientras no se logra, ambas son gemelas idénticas.

Creo que esto aplica a todo lo que uno se propone personalmente. Que sólo depende de uno. Pero no cuando hay más personas involucradas, porque el interés y el acoso no son parientes.

Tal vez a mí me sirve muchísimo centrarme en el proceso, dejando la meta a alcanzar como un bien adicional. Por algo no me gustan los retos que lanzan los gimnasios. Además, me gusta bailar bajo la lluvia.

No es justo, es lo que hay

La vida no es gentil. Ni justa, ni buena ni mala. Sólo es. Tendemos a creer que nos merecemos las cosas buenas y que somos víctimas de las malas. Cuando en realidad, mucho de lo que nos sucede tiene el peso moral de una tormenta. Claro que puede ser destructivo, pero no es personal.

Es más difícil tener esa ecuanimidad con las relaciones. Lo que hace el otro, que me impacta, se siente profundamente personal. ¿Cómo no? Nos están hablando a nosotros, están haciendo cosas que mueven nuestro mundo. Obvio que lo hicieron pensando en cómo jodernos. La verdad es más cercana a la de la tormenta, aunque claro que a veces la gente sí hace cosas por irritarnos. Pero… Pareciera que tenemos la capacidad de dejar lo externo afuera y moldear nuestra reacción.

Yo no tengo mucha facilidad para tomarme las cosas con tranquilidad. Soy sensible a lo que creo son las intenciones y, casi siempre, tengo que recordarme que no soy adivina. Tengo cero capacidad para leer pensamientos. Tal vez sí me ha ayudado que la vida última ha sido un tsunami tras otro y he tenido qué adaptarme a lo que hay, sin tiempo de lamentarme por la justicia o falta de ella. Ahora sólo necesito hacer lo mismo con la gente.

La vida secreta de la ropa

Tal vez no pueda decir con sinceridad que me fascina lavar ropa, pero tampoco me disgusta. Clasifico, limpio, lavo, seco, doblo y hasta plancho, en un ritmo predecible de rutina y eso me da paz. Es clasificar, después de todo y cómo no va a gustarme hacer eso.

Las tareas domésticas que son aparentemente tan idiotizantes por su monotonía, si uno de verdad les pone atención, ayudan a estar cerca de lo que pasa en una familia. Cocinar permite complacer, limpiar y ordenar ayudan a ver si todo funciona y lavar la ropa me alerta de las pequeñas cosas que suceden a los niños y cómo van creciendo y cambiando sus gustos. Es como tener un mapa de sus días.

Lo que hacemos se imprime en lo que usamos. Y a mí me conviene enterarme sin interrogar. Es bonito. Y la lavandería huele rico.

Qué poco nos movemos

A veces nos quedamos en el mismo lugar con tal de no ver que las cosas cambian. Pero hay que moverse hacia un rumbo deseado, porque hasta el mundo mismo se desplaza y lo arrastra a uno. A mí me cuesta mucho hacer cambios pero he aprendido a hacerlos antes que se me vuelva a caer la vida encima.

Es un poco como jugar Jenga. Sólo es cuestión de tiempo el tener que volver a empezar. La única forma de no botar la torre, es no jugando. Y eso no tiene chiste.

Tal vez lo mejor que estoy aprendiendo es que, mientras pueda reconstruir, no importa tanto quedarme con los pedazos. Y que, la única justificación para no moverme es cuando tengo a un gato encima.

El último día

Marcamos nuestras vidas con fechas un poco forzadas, para hacer notar el paso del tiempo. Conmemoraciones de días buenos y malos que celebramos o no, depende del asunto que los inicie. Yo soy pésima para recordar cosas como el día en que mis hijos dijeron por primera vez algo o cuándo caminaron. Las fechas exactas se me escapan. No el sentimiento. Me emociono igual al recordarlos.

La realidad es que ni el tiempo mismo es lineal y nuestra memoria sólo es un guión que editamos y volvemos a editar cada vez que lo leemos. Nada fue exactamente como lo recordamos. Pero tampoco importa. Lo que sí hay que tener en cuenta es que todo lo que hacemos es la última vez que lo hacemos. Por el simple hecho que nosotros jamás somos iguales.

Mañana martes cumplo años y, aunque cambia el numerito que digo cuando preguntan mi edad, el cambio es constante y tiene poco qué ver con la fecha. Y, si hoy es el último día de 45, igual mañana será el último primer día de 46. No hay fatalidad en aceptar el cambio, sino una claridad suave. Ante lo inevitable, lo mejor es volver a editar la historia hasta que quede como nos guste.