Hay melocotones

Quiero un pastel

de los que no me gustaban

una magdalena con turrón

o un pie

ahora hay melocotones

y como todos los años

soy yo quien los hornea

recuerdo a lo lejos la receta

no sé si ya me gusta

o sólo encuentro consuelo

en servirme lo que me hacía mi mamá.

Las cosas son complicadas

Comenzamos sin saber ni siquiera hablar. Para cuando morimos, habremos olvidado muchas más cosas que las que recordamos. Tengo particular habilidad para enterrar las cosas malas. Y todos los seres humanos estamos perfectamente diseñados para olvidar el dolor.

La vida es complicada. Innecesariamente. Sólo debería ser compleja. Movemos una infinidad de piezas sin darnos cuenta y lo hacemos tan naturalmente como respirar. No imagino cómo sería el asunto si yo tuviera que hacer que me lata el corazón, que funcione aparato digestivo, etc.

Pero tal vez lo que más nos hacemos un nudo es con nuestras emociones. Ninguna es simple. Y mientras más vivimos, más teñimos nuestra mente con sutilezas y capas de experiencia. La complejidad es interesante. La complicación no.

La comida a la fuerza

Mi papá detestaba la gelatina. (El ajo y cebolla tampoco los toleraba, pero eso era más alergia que maña.) Era espectacular la repugnancia que le tenía a ese postre tan común. Y a mí me encantaba. Mi mamá me hacía cuadritos de gelatina casi sólidos que parecían gemas. Recuerdos bonitos.

Hay cosas que no nos gustan. Y punto. Por más que objetivamente sean buenas. Eso aplica para todo, incluyendo personas. No importa qué tan buen partido crea nuestra mamá que es el fulano, no hay forma que haya química forzada.

Me sigue gustando la gelatina. Y el ajo y la cebolla. Pero no le hice caso a mi mamá.

El camino sólo se hace corto andando

El único viaje que se hace solo, es el que lleva a la muerte. Allí no importa que uno no se mueva, llegamos al destino, aún aferrándonos al dintel de la puerta. Pero para todo lo demás, hay que tomar parte activa. Y mejor si recordamos que una no-decisión es una decisión en sí.

Creo que se nos cae el entusiasmo de comenzar algo nuevo cuando hacemos cuentas de cuánto nos va a tomar terminarlo. Pero esperar a comenzar nos asegura que no nos acercamos ni un poco a esa meta. Tal vez por eso es tanto más productivo avanzar un poco con consistencia que mucho de una vez y dejarlo.

Yo quise estudiar psiquiatría hasta que creí que era demasiado tiempo y que cómo me iba a pasar todos mis veintes estudiando. Igual me casé a los treinta y tuve tarde a mis hijos. Bien pude haberme pasado 12 años estudiando. En fin.

En sueños, todos somos yo

Hay que saber que los sueños son la pantalla de reproducción del hemisferio derecho del cerebro. Aprovecha y nos enseña todo lo que vio e integró en el día. Pero… sólo nos tiene a nosotros mismos y dentro de esa esfera, es horriblemente difícil que las cosas tengan algún verdadero orden. Es más; podemos soñar “con alguien”, pero somos sólo nosotros mismos en varios papeles.

Son horribles los sueños angustiantes. Pero sirven. Todos sirven para darse cuenta de lo que estamos viendo.

Hace poco soñé que lloraba. Horrible, de nuevo. Pero también me han tocado unos mejores. Sólo es cuestión de poner atención.

Música

Aprendí a tocar mi voz

para cantarte sueños

en los que no te vayas.

Hice un espejo de mis ojos

en el que te guste verte

y sea el portal que atravieses.

Te voy a enseñar mis partituras

tú también puedes aprender

a tocar la música que nos gusta.

Mañana duele más

Quiero hacer splits. Siempre me pareció la hazaña atlética más formidable sobre la tierra y, como buena niña inútil y haragana, jamás pude estar ni cerca de hacerlos. Conseguí un programa que promete ayudarlo a uno a lograrlos y lo he estado haciendo religiosamente las últimas dos semanas y media. Duele. Como la gran madre. Es un buen esfuerzo. Mis compañeros de karate me miran haciéndolo después del entreno. Uno trató hoy y me dijo que mejor la otra semana.

Todo puede hacerse después. Sobre todo si duele ahorita. Pero es una estrategia un poco ilógica. Sobre todo si es para cambiar algo que nos molesta ahora. El dolor nuevo que anuncia mejoría más tarde, vale la pena. Es todo lo bueno de la gratificación diferida. Pero…

El dolor que conocemos ya lo conocemos. Y cualquier cosa nueva se acumula, nos sorprende, cansa. Y preferimos seguir con lo viejo. Hasta que o nos desespera, o encontramos la motivación para cambiarlo. Prefiero empezar ya. Después igual me va a seguir fastidiando y habré perdido tiempo.

Luz para ver

Estar iluminado se supone que se alcanza con introspección y desprendimiento. La primera para entenderse a uno mismo, lo segundo para soltarlo todo. El problema es que nuestro cerebro no está entrenado para ninguna de las dos cosas y el camino a ser una mejor persona está empedrado de nuestros mejores pensamientos.

Tal vez lo más difícil es darse uno cuenta en dónde se falla. Ese bucle infinito de ideas obsesivas que reinician el fuego de los sentimientos dañinos que nos hacen tener dolor. La primera cosa que hay que hacer es fijarse. Aceptar que hay algo malo allí. Y luego mejorarlo. No se puede llegar de un punto al otro sin pasar por un puente.

Yo trato. Con grados variables de éxito. Procuro mantener flexible la mente, aprender de lo malo, encontrar el aguijón en el dolor, no confundir miedo con enojo. La verdad, la luz que he metido a mi vida para lo que me sirve es para alumbrar mis defectos. Y está bien. Al menos ahora los ejerzo de forma consciente.

Nos reímos demasiado

Ayer en el desayuno, comenté que, por lo menos desde Valiente, Disney y aledaños ha presentado las relaciones mamá/hija como conflictivas, algo qué resolver. Pareciera que no se puede retratar una familia en la que la madre y la hija simplemente se lleven bien. A lo que mi hija respondió: «Mama, es que antes en todas las películas, las mamás estaban muertas»…

Por supuesto que nos reímos demasiado. Porque tiene razón. La mayoría de cuentos comienza con que se muere la mamá y entra la espantosa madrastra a arruinarlo todo. Claro, poco se le reclama al padre que permite que traten mal a sus hijos, pero eso es para otro día. En realidad, yo creo que no es necesariamente el hecho que sean mamá/hija lo que dificulta una relación, sino que es cuestión del crecimiento normal y la búsqueda que tiene cualquier adolescente de encontrar su individualidad. Los hijos necesitan romper con uno y uno de papá (mamá) tiene que poder darles su espacio seguro para que lo hagan. Aferrarse a ellos es la mejor manera de perderlos.

Así que, sí, nos reímos de la respuesta. Y la he estado masticando porque, sin fallar, con la adolescencia de mis hijos, estoy sintiendo esas rajaduras de alejamiento que tienen que hacer. Duelen, pero nos caen bien a todos. Al menos prefiero eso y verlos a dejarlos con una madrastra malvada.

El guardián de la casa

Hace siete años, se cayó un gatito entre un tubo en mi casa. Pasó de sábado a lunes allí, atrapado, hasta que lo pudimos sacar. Lo llevé a revisar y milagrosamente estaba bien. Era pequeño, apenas tenía dientes y se pegó con nosotros de inmediato. Se le escuchaba venir antes de verlo de lo fuerte que ronroneaba.

Los seres humanos convivimos con animales de una forma peculiar. En la naturaleza hay relaciones simbióticas entre especies. O posesiones casi demoniacas como lo que hace cierto tipo de avispas con las hormigas. Pero nosotros a veces tenemos animales sin aparente utilidad alguna. Mis gatos no salen de la casa y jamás han cazado un ratón (sólo una me llevó una culebra viva que maté a zapatazos). Los integramos a la familia, los saludamos, se vuelven parte del ritmo de la casa. Nuestros hijos aprenden a ser responsables de otra vida y a conocer la muerte pronto. (Ya tenemos cementerio de mascotas en el jardín entre una gata y los hámsters.)

El gato rescatado es ahora el indudable espíritu guardián de la casa. Juega con JM, tiene su cama, se esconde cada vez que vienen trabajadores y, en general, es feliz. Espero que haberle dado una buena vida a un animalito que seguramente iba a morir, cuente como algo bueno en mi rueda.