Se destiñó la tinta
con que escribimos nuestros planes
los dejamos tanto tiempo al sol
ya no se lee nuestra vida
pero queda la hoja en blanco
y yo traigo otra pluma.
Se destiñó la tinta
con que escribimos nuestros planes
los dejamos tanto tiempo al sol
ya no se lee nuestra vida
pero queda la hoja en blanco
y yo traigo otra pluma.
Hoy hice caldo de frijoles. En esta casa eso sí es excepcional porque casi no hago. Parece tan sencillo, pero no es comida que me venga a mente como cosa normal. Y le puse nuditos de masa que vi en un tuit.
Escribo de esto porque mi gente estuvo feliz y me recuerda que a veces sólo tengo que hacer un pequeño cambio para regresar a un estado de gracia. Es como cambiarse el peinado, comprar una blusa nueva, mover de lugar los muebles. Cosas pequeñas que nos sacan del aburrimiento y nos regresan a querer seguir. Por eso uno toma vacaciones, hace cosas distintas el fin de semana, tiene hobbies. La vida camina bien con rutinas y mejor con pequeños recreos.
Tal vez no vuelva a hacer caldo en mucho tiempo. Pero seguro sí hago algo distinto cada semana.
Hay postres que aparentemente son sin gracia: un pan-de-pan, unas torrejas, los buñuelos… ay, las chancletas. Un postre inglés, el trifle, que no podría tener ingredientes más sencillos. Pero todos tienen capas de sutileza que nos hacen regresar a comerlos una y otra vez.
La complejidad a veces tiene poco qué ver con lo complicado. Así son las mejores personas: sencillas, abiertas, fáciles de convivir. Pero profundas y llenas de sabores bien hechos. Tal vez eso es el secreto: hacer bien las cosas, por muy simples que parezcan.
Me gustan esas cosas, prefiero esas personas. Es más rico tener un fundamento firme y bien alisado. Se puede construir un edificio enorme sobre esa base. Ahora sólo tengo que encontrar una buena receta para las chancletas.
Hay cosas de las que uno se arrepiente al día siguiente y que tienen nulas consecuencias. Como cortarse o pintarse el pelo. Casi siempre me pasa que me cambio algo y salgo feliz, sólo para llorar al día siguiente.
Pero también están las decisiones que, si bien es cierto no son de las que alteran el rumbo de una vida, tienen peso y nos cambian de formas más sutiles, pero no menos permanentes. Y allí es donde hay mucho qué aprender cuando uno tiene que guiar a la gente a su cargo (en mi caso los niños). Dejarlos tomar sus decisiones y que afronten las consecuencias es como enseñarles a caminar. Se van a caer. Pero uno tiene que dejarlos, dentro de un ambiente relativamente controlado. El arte está en saber hasta dónde el control.
Me gusta pensar que no los manipulo para que escojan lo que yo quiero. Pero que también tienen un mínimo de criterio para decidir. Las rueditas de la bici tienen que sacarse en algún momento.
Las precuelas, en general, son la forma fácil de subirse a una historia que ya tiene éxito. Casi nunca aportan algo nuevo y sirven poco para la trama que a uno le gusta. Digamos que tratan de llenar vacíos, pero no toman en cuenta que uno ya lo hizo. Y hasta mejor que lo que pueden presentar.
No sucede lo mismo con las personas, que son una fuente inagotable de historias por descubrir. Sobre todo los papás de uno. Tengamos en cuenta que son como una película que uno empieza a ver a medias y que llevan una trama que apenas se comienza a entender cerca del final. Es tan bonito sentarse a hablar con la gente de uno y pedirle que le cuenten las cosas que vivieron como personas separadas del papel que juegan con uno.
Yo no tengo el privilegio de hacerlo con mis padres. Pero sí tengo a los abuelos de mis hijos y cada vez que nos cuentan cosas, los entendemos mejor y me da una dimensión más clara de dónde vienen. Tal vez sí quiero enterarme de lo que ha pasado antes, pero sólo si llevo la historia a la mitad.
No vamos a encontrar
una línea sin curvas
que me lleve de aquí hasta allá
porque torciste los caminos
con cada sonrisa de esa boca tuya,
me envuelve y hace girar
el mundo me rodea en espirales de deseo
y no puedo caminar recto.
Aprendí a ser amable hasta el cansancio. A seguirle la conversación a extraños con los que no quiero hablar. A bailar en las fiestas aunque no quisiera. “Las niñas deben ser finas y delicadas”, me decía mi mamá esforzándose en moldearme a un ideal completamente anticuado.
Agradezco que lo cortés sea parte de la composición de mi personalidad. No me lo puedo quitar, al menos no como un impulso primario. Siempre empiezo con una sonrisa, con un tono amable. Pero después de mis varios años, aprendí a portarme intratable. Puedo poner mala cara si me invaden el espacio. Puedo ser directa, hasta pesada. Porque no hay que tolerar cada interacción y un extraño que quiera mi atención tiene que aceptar que no se la dé. Es mía.
Pero, siempre hay que comenzar con una sonrisa y un saludo.
Llevo varias lesiones en el karate. Y los moretes ni me sorprenden. Pero no estoy quejándome. Es casi algo de qué estar orgullosa. Porque hago algo que me encanta y no me da miedo seguir adelante.
Hay que hacer cosas en la vida. Lo que cueste porque nos gusta. Aunque duela. Y seguir. Se termina la vida y nadie llega intacto al final.
Sinceramente, lo que más me ha costado, es el transcurso del tiempo que me ha tomado. Podemos pensar que hay suficientes años delante nuestro. Pero se nos olvida que nos los vamos gastando de forma inexorable. Por eso no me han pesado estos últimos ocho años entrenando, ni lo que ha dolido. Ni lo que viene.
En casa somos tres extrovertidos contra un introvertido. Que hace necesario que la mayoría nos midamos para que el solitario tenga ocasión de hablar. Y conste que extro/intro no tienen tanto qué ver con ser callados o tímidos como con preferencias de procesamiento de información. Unos piensan para hablar y otros hablan para pensar. Cada esquema tiene lo suyo y no se trata tanto de verle lo malo como de potenciar lo bueno.
En casa trato de enseñar que uno no debe vomitar las palabras, sino que deben pasar por un mínimo filtro de prueba. Y también trato de alentar a una conversación más suelta, porque no todo tiene que estar tallado en piedra. Por eso, la mayoría de nuestras conversaciones en la mesa consisten en hablar muladas. Que si la música, las series, las películas. A veces los libros, los cuadros.
Por allí, entre lo trivial, se asoma lo profundo. Aprendo qué opinan del mundo, qué color de lentes tienen puestos y cómo reaccionan ante estímulos. Las tonteras son la primera capa de un pastel complejo, pero hay que pasarlas también. Cae bien tener conversaciones amenas y tontas. Reírse. Y establecer caminos anchos que acepten la comunicación que necesiten.
Tener hijos es una oportunidad de ver el mundo otra vez, por primera vez. Puede ser el mejor regalo que me han dado los niños. Cada experiencia que me comparten, me permite estrenar ojos. Que es el principio de todo aprendizaje: tener mente de principiante. Ayuda para entender que uno no tiene la clave absoluta de la verdad. Eso es refrescante.
Aún ahora, con hijos más grandes, me toca repetir. Con cosas como volver a ver episodios de una serie que quieren ver conmigo. Y está perfecto. Porque me hablan de las cosas que les interesan y compartimos experiencias. Otra forma de unirnos.
Uno de papá tiene la tarea de enseñarles el mundo a sus hijos. Y, a cambio, uno lo recibe nuevo, de nuevo. El mejor trato que he hecho en mi vida.