¿Y si me gusta?

Hice helado de aceite de oliva. Que básicamente es un helado normal, pero al final se le echa aceite en vez de vainilla. Quedó delicioso. Pero a mi hija no la hago probarlo sólo por el nombre. La muchachita no tiene ni ocho años y ya vive sus prejuicios.

En la comida, cerrarse a no probar cosas nuevas es tal vez el lugar más tonto. ¿Si no sabemos a qué sabe algo, cómo podemos decidir si nos gusta o no? No estamos perdiendo un dígito por meternos el bocado y lo único que puede pasar es que lo escupamos en una servilleta.

Quedarnos encerrados sólo en lo familiar nos limita como humanos. No salimos de nuestro círculo de personas inmediatas, leemos a los mismos autores, vemos las mismas películas. Así es como se le abre la puerta a la decrepitud.

Dentro de un ambiente relativamente controlado, deberíamos poder lanzarnos a probar cosas nuevas. Subir montañas rusas, escuchar una banda diferente. Comer lo que nos ofrezcan.

A mis hijos siempre les digo que se pueden estar perdiendo de su nueva comida favorita. ¿Y si les gusta?

Las conversaciones que nunca terminan

Recuerdo cuando uno hablaba por teléfono con el novio adolescente, metida entre las sábanas porque ya era tarde. Pasaba horas enteras con el teléfono cambiando de oreja y ocupando la línea, que era la única. No recuerdo en absoluto de qué se trataban, porque estoy segura que eran completamente intrascendentes. Pero la sensación de querer seguir conversando de nada con alguien que me interesaba, sigue en algún lado de mi cerebro bien guardada entre las cosas agradables.

Ahora es muy raro que hable de viva voz con alguien. Mi forma preferida de comunicación son los mensajes de texto en varias plataformas. Me es más cómodo, menos invasivo, más mesurado. Hay poco espacio para un exabrupto emocional que uno no pueda revisar. Siempre se puede pensar en algo más divertido, da tiempo para buscar en Google una referencia, mandar un gif o una foto. Pero no es lo mismo.

Nos perdemos de las inflexiones de voz, las risas al mismo tiempo, los silencios llenos de suspiros. También se pierde la inmediatez de una llamada en el momento en el que está pasando la cosa tonta que uno quiere compartir.

Cuesta aún más volver a encontrar con quién hablar en persona. Porque, al menos a mí, me cuesta mucho dejar de revisar las otras conversaciones que llevo en simultáneo por texto con más personas. No es bonito. Por eso, cuando lo logro, quisiera que no terminara. Pero hasta un «cuelga tú»,  «no, primero tú» y por fin cortar la llamada tiene su lado bonito. Siempre hay ocasión para repetir.

La genialidad de lo tonto

Pusieron las películas y la serie de Monthy Python en Netflix. Como bien dice un amigo, un clásico de hace cuarenta años que sería una tristeza no haber visto antes. Yo estoy feliz revisitando The Holy Grail. Es un pedazo de comedia tan absurdo, tan tonto, que sólo alguien verdaderamente genial pudo haber escrito. Desde los títulos iniciales. Es tontera tras tontera, una bola de nieve que va creciendo y al final uno se ríe hasta de verles las caras.

Pareciera que el humor más seco estriba en hacerse el tonto. Y eso no cualquiera puede. Me encanta. Me ayuda a apagar el cerebro y a reír como demente.

Queremos a veces ser demasiado inteligentes y nos tomamos demasiado en serio. Todo tiene consecuencias mayores, todo nos afecta, todo nos duele. Pero se nos olvida la falta de permanencia hasta de los cimientos de la Tierra.

Todo pasa. Todo se acaba. Y a todo se le puede encontrar el lado liviano. Hasta el punto de reírse porque lanzan una vaca desde un castillo y golpean unos cocos para simular que van a caballo.

 

Las verdades que nos llevan

Bukowski, con esa forma de cincelar la realidad que tienen los poetas, dijo: “encuentra lo que amas y deja que te mate”.

Supongo que hay muchas formas de interpretarlo, desde sumergirse en adicciones que nos matan de forma muy literal, hasta las más esotéricas de pasiones y ocupaciones que nos consumen. Lo cierto es que pasamos por muchos tipos de amores en la vida, no sólo hacia personas, hacia momentos también.

Tenemos vocación de apasionarnos por lo que nos gusta y no pasar. O sea, no sólo pasar, existir, respirar. Tener disgustos profundos, preferencias marcadas, límites claros. Hacer de nuestro interior una construcción fuerte, con cada ladrillo puesto con propósito. Y tener los que nos heredaron bien identificados para determinar si nos sirven o no.

Me gusta pensar que es más importante encontrar lo que amamos antes de morir. Porque de morir no nos escapamos. Qué sea lo que nos mate es indiferente, mientras nos encuentre gastándonos con propósito.

La utilidad de las opiniones

Estoy en un taller de escritura genial. El profesor es sumamente culto, con consejos prácticos muy atinados y ejercicios interesantes. Todos debemos escribir y opinar acerca de lo que hacen los demás. Y lo detesto. Con todo mi ser. No es que no esté abierta a recibir opiniones, si no porque creo deben venir acompañadas de un qué hacer para arreglar lo que te gusta o no.

Tenemos muy enraizado el temor a ofender y siempre decimos que algo nos gusta, hasta que salimos del lugar y podemos decir anónimamente que nos desagradó. No creo que haya usuarios y pilotos de Uber con mala puntuación, porque «qué pena». Luego están las redes sociales plagadas de quejas y tiradas de lodo a todo lo que hacen los demás y no concuerda.

Hay ámbitos en los que nuestra opinión es tan útil como un patines para una culebra. La apariencia, los atuendos, los gustos de terceros que jamás nos han ni dirigido la palabra es uno muy claro. Luego están las ocasiones en donde es necesario darlas, como en el caso del taller.

Igual que los consejos, una observación a otra persona sólo cuando es solicitada y aún así, con tacto y utilidad. La opción de verse más bonito porque uno se quedó calladito también es válida.

No hay cómo esconderse del tiempo

De muy pequeña vi una película que no me tocaba: Logan´s Run. Me dejó marcada, porque yo habré tenido como ocho años y me impresionó mucho que todos esos viejos fueran jóvenes. Pues, a mis ocho, la gente en sus veintipicos de la película me parecían ancianos y no entendía muy bien cuál era el problema de envejecer más.

Tengo bastante más de ocho. Bastante. Estoy en esa edad rara en la que ya no soy joven, pero casi lo parezco, pero ya me comienza a cambiar la cara, pero casi no se mira. A una movidita de edad para que me caiga toda junta.

Las mujeres, pasada cierta edad, pareciera que dejamos de servir. Ya no podemos tener hijos, ya no somos atractivas, ya nos arrugamos y encanecemos (tengo tres canas visibles y prominentes en el principio de la frente, cuatro si quieren ser exactos). Ver a una mujer famosa que no trate de disimular su edad es tan raro como un unicornio rosado. Hasta que sale una Sarah Jessica Parker, en toda su arrugada gloria y, además de darnos un pequeño halón en medio del vientre un poco flácido, uno de mujer más de su edad que de veinte, no quiere verse así.

Nos pega muy duro eso de tener unida la autoestima a la apariencia. Y digo «nos», porque soy esencialmente vanidosa y no sé cómo despegarme de lo superficial sin quitarme algo de mí misma.

Lo cierto es que la edad nos alcanza a todos. Sólo hay que hacer lo posible porque no nos pase encima.

Lo que se hereda, se pinta de turquesa

Bueno. Al fin me decidí y pinté el dichoso comedor antiguo de color turquesa. Porque es mío aunque me haya dado miedo que mi papá me llegara a halar los pies en la noche. Quién sabe si no fue por eso que tuve pesadillas.

Nos hacemos una vida propia con cosas que halamos de atrás. Han descubierto que los comportamientos pueden ser transmitidos a través de los genes. Resulta que uno, no sólo no existe molecularmente, termina el fin de sus días siendo más bacterias que uno mismo, si no que hasta los patrones de conducta son de alguien más.

No somos más que lo que decidimos ser con todo eso que no somos. Porque lo único verdaderamente nuestro son nuestros sentimientos y esos nos dicen hacia dónde ir. Hay corrientes psicológicas que explican cómo las emociones son el mejor aparato de medición de nuestro bienestar. Ya con esa base, podemos escoger ir a favor o en contra.

Y allí es en donde nos encontramos. En nuestras decisiones, tomando en cuenta todo ese revoltijo de cosas que nos vienen de otras personas.

Por eso, mi comedor, el que ha pasado por tantas manos, sigue siendo el mismo, pero diferente.

Interpreto sueños

He tenido pesadillas las dos últimas noches. Desde molestias muy primitivas como tener que ir al baño en un lugar público y asqueroso, hasta la de anoche que fue la ganadora. En resumen, yo estaba perdida y dos tipos muy grandes me querían violar. Horrible el sueño. Desperté con el corazón en la boca y no pude volver a dormir.

Cuando soñamos es como si nuestro cerebro no lineal ni lógico se encargara de proyectar una película. Haciendo una simple asociación de ideas, halamos imágenes que creemos que se sienten como lo que nos está pasando. A veces resolvemos problemas. Otras los magnificamos.

Es interesante tratar de entendernos y descifrar qué nos quisimos decir. Como si supiéramos más de lo que creemos que sabemos. El problema es que la parte nuestra que sabe, no habla y se tiene que comunicar en símbolos. Y ésos no siempre son claros.

Yo creo que me dije a mí misma que, aunque lo que ha pasado en los últimos años ha sido horrible, no es mi culpa, está fuera de mi control y es superable. Al menos eso quiero creer. Porque no me gustaría simplemente ser una masoquista que disfruta verse sufrir y por eso manda pesadillas.