La utilidad de las opiniones

Estoy en un taller de escritura genial. El profesor es sumamente culto, con consejos prácticos muy atinados y ejercicios interesantes. Todos debemos escribir y opinar acerca de lo que hacen los demás. Y lo detesto. Con todo mi ser. No es que no esté abierta a recibir opiniones, si no porque creo deben venir acompañadas de un qué hacer para arreglar lo que te gusta o no.

Tenemos muy enraizado el temor a ofender y siempre decimos que algo nos gusta, hasta que salimos del lugar y podemos decir anónimamente que nos desagradó. No creo que haya usuarios y pilotos de Uber con mala puntuación, porque “qué pena”. Luego están las redes sociales plagadas de quejas y tiradas de lodo a todo lo que hacen los demás y no concuerda.

Hay ámbitos en los que nuestra opinión es tan útil como un patines para una culebra. La apariencia, los atuendos, los gustos de terceros que jamás nos han ni dirigido la palabra es uno muy claro. Luego están las ocasiones en donde es necesario darlas, como en el caso del taller.

Igual que los consejos, una observación a otra persona sólo cuando es solicitada y aún así, con tacto y utilidad. La opción de verse más bonito porque uno se quedó calladito también es válida.

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