No hay cómo esconderse del tiempo

De muy pequeña vi una película que no me tocaba: Logan´s Run. Me dejó marcada, porque yo habré tenido como ocho años y me impresionó mucho que todos esos viejos fueran jóvenes. Pues, a mis ocho, la gente en sus veintipicos de la película me parecían ancianos y no entendía muy bien cuál era el problema de envejecer más.

Tengo bastante más de ocho. Bastante. Estoy en esa edad rara en la que ya no soy joven, pero casi lo parezco, pero ya me comienza a cambiar la cara, pero casi no se mira. A una movidita de edad para que me caiga toda junta.

Las mujeres, pasada cierta edad, pareciera que dejamos de servir. Ya no podemos tener hijos, ya no somos atractivas, ya nos arrugamos y encanecemos (tengo tres canas visibles y prominentes en el principio de la frente, cuatro si quieren ser exactos). Ver a una mujer famosa que no trate de disimular su edad es tan raro como un unicornio rosado. Hasta que sale una Sarah Jessica Parker, en toda su arrugada gloria y, además de darnos un pequeño halón en medio del vientre un poco flácido, uno de mujer más de su edad que de veinte, no quiere verse así.

Nos pega muy duro eso de tener unida la autoestima a la apariencia. Y digo “nos”, porque soy esencialmente vanidosa y no sé cómo despegarme de lo superficial sin quitarme algo de mí misma.

Lo cierto es que la edad nos alcanza a todos. Sólo hay que hacer lo posible porque no nos pase encima.

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