Dar

Cuando mi marido cumplió 35 años, le pedí a mis suegros favor de hacerle fiesta en su casa y yo cociné (hamburguesas, quedaron ricas). El año que cumplió 40, me pasé haciendo cosas para su piñata (sí, piñata de superhéroes) nueve meses antes. Tengo la ¿mala? costumbre de no conocer grises y colores, sólo blanco y negro.

Uno nace sabiendo recibir. Eso es fácil. Parte de la inteligencia emocional es aprender a dar. Y uno da lo que le es natural.

El problema es cuando uno sólo sabe dar de una forma y eso no se recibe por parte del destinatario. Es como escribir la carta de amor más conmovedora de la historia, en un idioma que el otro no entiende.

Aprender a hablar varios idiomas emocionales es una de las claves del éxito en la vida. Si uno entiende que no a todo el mundo le gustan los masajes en los pies, pues no anda como enajenado queriendo quitarle los zapatos a todos los seres humanos que se cruzan en la vida.

Dar, de forma que agrademos. Es un aprendizaje que no siempre es intuitivo. Como en todo, nuestra referencia somos nosotros mismos y cuesta ajustar ese punto miope de vista.

Pertenecer

Toda mi vida he sido una especie de «loba solitaria».  Ser hija única, con escasas habilidades sociales y casi nula inteligencia emocional, no era el set de cualidades que hacen fácil hacer amigas. Lo suplí teniendo novio desde los 14 años, el cuál me duró todo el resto del colegio. Y así. Amigas mujeres fueron pocas o nulas.

Por alguna razón, se tiene un concepto de las relaciones que sostienen las mujeres entre sí como altamente tóxicas. Llenas de pequeñas intrigas, resentimientos y competencias mezquinas, pareciera que somos incapaces de querernos y ser fieles.

Cosa más estúpida. ¿Quién mejor que otra mujer va a poder entender todas esas pequeñas y grandes cosas que le suceden a uno, desde un cólico menstrual, hasta un pezón partido por dar de mamar y tantas otras cosas fisiológicas similares. Ni qué hablar de la forma de sentir, de enamorarnos, de desear.

Tener amigas que lo quieran a uno por ser uno es un tesoro invaluable. Pocas veces hay un apoyo tan incondicional como el que se siente entre un grupo de mujeres que verdaderamente ha hecho amistad. Y si se logra compartir más que un simple «café», esas relaciones son parte de la estructura de la sanidad mental.

Aprender a hacerme una familia de amigas y serles fiel, es de lo mejor que me ha dejado el paso del tiempo. Las llevo en mi corazón y me hacen ser una mejor y más verdadera yo.

Darse a conocer

Eso de tener hasta diferente idioma para comunicarme con mis hijos, me pone inmediatamente en situación de comportarme de forma distinta con ellos. Y menos mal, dudo que tendría muchos amigos si los estuviera taloneando como hago con los peques. O que tuviera mucho éxito educativo con los niños si los molestara como hago con mis cuates.

Nos comportamos distinto en diferentes situaciones. Eso es un hecho. Lo cuál no es lo mismo que decir que seamos personas diferentes, con diferentes valores. Los modales, el vocabulario, el nivel de relajación y de familiaridad, eso es lo que necesariamente cambia. Y eso hace que no todo el mundo nos conozca hasta lo más profundo. Todavía hay algo más profundo: a veces necesitamos de alguien que nos sepa todas las mañas para poder reconocernos a nosotros mismos, porque hay cosas que nos gusta ocultarnos.

Dejarse conocer no es sencillo. Porque no todo lo propio nos gusta y es mucho más fácil que sólo le miren lo bonito a uno en dosis cortas y superficiales. Pero permitir que alguien se zambulla de cabeza en nosotros y llegue hasta nuestro verdadero fondo y que el resultado sea alguien que regresa con la mirada clara, una sonrisa y ganas de estar con uno, para eso existe la felicidad.

Que lo conozcan a uno y lo quieran así, es de las pocas cosas externas que aportan un verdadero bienestar. A mí me da pánico y el único valiente que lo ha hecho, ha sido lo suficientemente cauteloso como para acercarse de a poquito y sin que me dé mucha cuenta. Y es por eso que caminamos bien juntos.

Soltarse

«Las relaciones deberían ser más sencillas.» Pues, ya llevamos más de 20 años de conocernos, uno diría que ya podríamos leernos la mente. Allí está que no. Todavía tenemos que recurrir al arcaico método de hablarnos.

Los humanos nos comunicamos a través del lenguaje. Pero éste es mucho más que sólo palabras con una definición en el diccionario. Primero, a veces no estamos de acuerdo en la definición, luego le encaramamos sentimientos, le unimos recuerdos. Ya sólo con eso hacemos que cada palabra pueda hacernos reaccionar en una forma muy particular. Por último, interpretamos el tono, inflexión y volumen de la voz, junto con los gestos y la proximidad. Y ya nos jodimos.

Cuando uno tiene una relación que quiere que sobreviva al largo plazo, aprender a hablar con claridad es una habilidad útil. Aprender a recibir lo que nos dicen sin buscarle tres pies al gato es una destreza vital para sobrevivir emocionalmente y que las cosas vayan avanzando.

Llegar a una discusión acarreando resentimientos, malos recuerdos y desconfianzas, alimenta la paranoia. Por algo le dicen a uno que siempre se habla de lo concreto y nunca se dice «es que siempre pasa xx».

Es triste que uno de verdad no se pueda enchufar al cerebro del otro para que todo quede completamente. Cansa tener que tener una de «esas» charlas. Pero resulta que eso no es complicado. «Esto es sencillo. ¿Has visto la mara que se tira los platos?» Pues sí. Más fácil hablar.

Tomarse vacaciones

En algún momento estuve en una mala relación, culpa de ambos, obvio. Lo divertido era que, si estábamos de viaje, la cosa no iba tan mal. Claro que cuando regresábamos a la normalidad, todo se iba rápido y en bajada al carajo.

Las vacaciones sirven para despejar la mente del trajín del día a día, no para escapar de la realidad. Porque la realidad es jodida y lo recibe a uno de vuelta, aún más en pelota de lo que la dejamos. Todas las relaciones se benefician de un período concentrado de atención, que sirve para afianzar lo que ya está. Pero algo tiene que haber antes. No es precisamente al lado de una piscina que se arreglan problemas de pareja de esos gruesos.

El convivir de cerca acentúa todo lo que uno tiene. Es muy difícil esconder el carácter con la persona con la que se comparte el baño. Por eso es que si existe algo que arreglar, se hace en el diario vivir.

A mí, ahora, me sigue encantando viajar. Dejar de escuchar los «mama, mama, mama» de vocecitas persistentes, ordenar casa, arreglar comidas… Pero siempre quiero regresar. Y eso vale más que cualquier vacación.

Claridad

Una de las personas más brillantes que conozco suele decir que «el riesgo del insulto es el precio de la claridad». Lo aplico seguido no preguntando acerca de cosas que no quiero saber. Para qué arriesgarme a sentirme ofendida. 

Sin embargo, la falta de transparencia en cualquier relación es uno de los factores que más erosionan el trato diario. Las mentiras, por muy pequeñas que sean, son como tumores que van creciendo hasta matar. Si comienzo a decirte que me gusta cómo se te mira el pantalón de payaso que no le favorecería ni a Bozo, lo siguiente es decirte que no me cae mal que seas grosero, no contarte en dónde y con quién estuve porque qué pereza y, al final, ya no queda nada real.

No hay que confundir claridad con grosería. No hay necesidad de ofender para compartir un sentimiento con sinceridad. Tampoco hay que decir todo lo todo que se nos atraviesa por la mente.

El justo medio casi siempre es una buena guía, aunque sea difícil de mantener. Y también por eso mismo es que rara vez pregunto si me miro bien. No necesito tanta claridad.

El que te quiere…

Puedo decir con felicidad que mi marido me ama, me admira y me respeta. Y, tal vez con un poco menos de algarabía, que me conoce muy, muy bien. Menos de lo que él cree, tal vez, pero seguro más de lo que me conviene. Sabe cuándo algo me molesta, sabe cuándo hacerse la bestia y sabe lo que opino de casi todo. Lo mejor de ese conocimiento es que sabe perfectamente cuándo bajarme de la moto y regresarme a mi realidad: «No Vampi, x o y no es así, lo estás exagerando.» Pfffffffffff, se desinfla mi expandido sentido de mi autoimportancia y ya me calmo. En esencia, es mi cuate que me dice que «me deje de pajas», aunque mucho más bonito.

Es importante tener a alguien que nos centre de esa manera. Sino, andaríamos por la vida creyéndonos nuestras propias mentiras acerca de ofensas percibidas, ideas grandiosas, o el lugar altísimo en el que nos tienen que poner todos. Alguien que camine con nosotros, nos conozca todas nuestras pequeñas (o grandes) debilidades, reconozca nuestro esfuerzo por ser mejores, nos quiera y, por lo mismo, no nos deje chingar tanto.

El amor y la confianza nos dan las herramientas para encontrar los puntos en los que se abre el corazón. Abusar de eso nos convierte en seres detestables. Pero, de vez en cuando, un puyoncito en el lugar correcto donde casi duela nos llama la atención de la mulada que estábamos por cometer.

Poder decirle con sinceridad y respeto a la persona con la que se comparte la vida: «A ver, no es eso lo que te estoy preguntando. Contéstame primero y después me alegas del tono», abre el camino para el resto de conversaciones que se tengan que tener. La vida es larga y uno entra y sale solo de ella. Es bonito tener a un amigo para el intermedio.

Tomarme la molestia

Las confrontaciones en la vida no son fáciles de asumir. En una relación de igualdad, cuando existe una molestia es más cómodo enterrarla y que las cosas se «arreglen solas». Y ¡oh sopresa! Las cosas que se entierran, como las semillas, crecen escondidas hasta que brotan, con raíces y todo.

Hay dos caminos para evitar esas plantitas ponzoñosas. Uno es tomar una saludable dosis de «me pela» y dejar que las irritaciones de cada día se resbalen como agua por la espalda de un pato. Esto implica aprender a no tomarse las cosas de forma personal, a no leer más de lo que va en una frase, a no querer interpretar tonos de voz y gestos (ni jetas). Navegar por el mundo con pocos irritantes, asegura una mejor salud mental y seguramente menos arrugas.

No somos tan importantes como para que el conductor del carro que casi nos choca lo haya hecho porque nosotros íbamos allí. Lo hizo por tarado y punto. No es personal. De la misma manera, la gran mayoría de personas no debería poder tocar las cuerdas de adentro de nuestra psique. Ése es un privilegio y uno tiene que aprender a guardarlo.

Mientras más años llevo en esto, mi nivel de ¿indiferencia? ¿distanciamiento?, como le quieran llamar, va aumentando y me siento más cómoda. Hasta me ayuda para ser más amable y empática aunque parezca contradictorio.

Para el resto de casos en los que no puedo aplicar esa regla, existe el segundo camino: «ven, tenemos que hablar.»

Atención incómoda

Siendo sinceros, a mí sí me gusta ser el centro de atención, pero no en todas las ocasiones. Generalmente, si es entre personas que no conozco, mejor que ni se percaten de mi existencia. Es un resabio de no estar completamente segura de estar haciendo bien las cosas. O de no confiar en las intenciones de la otra gente. O de ser extañamente tímida (aunque eso nadie me lo crea). Pero me incomoda especialmente cuando gente con la que no tengo tanta familiaridad, me trata con mayor atención de la que yo les doy.

Pareciera que todos tenemos límites de confianza que estrechamos o ensanchamos a nuestra conveniencia. Y está bien. Nunca he entendido la necesidad de hacer amistades entrañables en el trabajo, simplemente porque uno mira a la misma gente todos los días. No estoy hablando de la cordialidad y educación que son indispensables. Me refiero a tener que agregar al ámbito personal a gente con la que no tenemos necesariamente nada en común.

Saber poner límites, adecuar actitudes, delimitar relaciones, nos da más seguridad y nos pemite crear interacciones más sanas. No hay misil más certero para sabotear de una buena relación, como la pérdida del respeto por adelantarse a la confianza.

Y no es que las cosas no sean fluídas y no puedan cambiar. Yo puedo comenzar saludando con la cabeza a alguien a quien tiempo después puedo considerar de la familia. Pero no antes de su tiempo.

A lo que olemos


Mi papá le tenía aversión al ajo. Recuerdo las tardes viendo al chef español que llamábamos «el Arjeñado» de cariño en la casa, decir: «y ahora un chorrete de aceite de oliva y un poco de ajo a la sartén», y escuchar el estómago de mi papá protestando fuertemente contra ese crimen. Lo peor era salir a comer y regresar, sólo para que me dijera que «apestaba a ajo». Nunca vine oliendo a licor, pero casi puedo decir que eso hubiera sido mejor que el ofensivo tufito.

Independientemente de la higiene personal y asumiendo que hablamos de gente igual de limpia, se pueden descubrir muchas cosas sólo con el olor de las personas. Especialmente cómo y de qué se alimentan. Generalmente, la gente que come cosas que no son de lo más sano, apestan. Huelen shuquito, por lo menos así lo siento. Y es que todo lo que nos metemos, repercute en lo que exudamos, no podría ser de otra forma.

Lo mismo con la información de la que nos alimentamos. La gente que se (de)forma su idea de la sexualidad a pura pornografía, saca a la luz sus expectativas irreales de una relación. Si nuestra idea de cultura es ver un «Reality», ni entendemos cómo llenar nuestra imaginación y pretendemos vivir la vida que ni los de los shows tienen. Juntarnos con gente que tiene una nube de negatividad nos hace sacar el depresivo interior.

Todo lo que ingerimos deja su marca, una más permanente que otra. Y no digo que no podamos salirnos de lo «sano» de vez en cuando. Sólo hay que saber cuánto tiempo queremos apestar.