Las cárceles

Pensando en qué canción pedir para el programa de radio de los viernes que tanto me gusta, me estaba acordando de la que dice «en la cárcel de tu piel»… Como con tantos ejemplos líricos, idealizamos situaciones de entrega de control y nos imaginamos romántica e inexorablemente atados a alguien o a algo. ¡Uy no! Eso de no tener agencia sobre mis actos me pudre.

Las peores cadenas salen de nuestras propias mentes, comenzando con las palabras con las que nos definimos: «soy X o Y» forjan cadenas más fuertes que las de cualquier calabozo. En su esencia, la forma en la que nos vemos a nosotros mismos es un reflejo de los valores básicos que tenemos y que nos dan la cosmovisión interna y externa con la que crecemos. Lo bonito es que todas esas palabras que sirven para presentarnos a nosotros mismos, son flexibles y pueden evolucionar.

Sentirse encerrado en el propio cerebro es agobiante. Además, se vuelve un poco complicado escaparse cuando el carcelero lo lleva uno pegado al cuello. El mejor trabajo de liberación que podemos hacer es indagar con qué palabras, en qué voz y con cuál tono nos describimos en la intimidad. Nuestros peores miedos, ésos que no queremos que los demás sepan, no son siempre cosas fatales que hayamos hechos, sino que la gente nos mire como creemos que somos. Lo mejor para huir de allí es llenar esos espacios tenebrosos de luz, examinar desapasionadamente nuestras creencias y desechar lo que nos hunde.

No me gusta estar amarrada. Me fascina compartirme. No es lo mismo. Supongo que no suena tan romántico decir «me comparto en tu piel» que «estoy atrapada por ti». Ni modo, tal vez por eso no soy escritora de canciones.

Hacer Amigos

Mis recuerdos del colegio son escasos y desagradables. Tengo aún menos amigos de esa época. Irónicamente, es cuando más me he esforzado en caer bien. También es cuando menos me he agradado a mí misma. No tenía personalidad propia, no estaba feliz con lo que miraba en el espejo y cambiaba de parecer como veleta al viento.

Las personas tenemos necesidad de pertenecer a un grupo. Es parte de nuestro código de supervivencia, transmitido desde los tiempos de las cavernas, cuando el grupo cuidaba del individuo. La amistad, el amor, hasta la familia, surgen como herramientas para prolongar la existencia. No es lo mismo enfermarse solo, que entre más personas que tienen interés en que uno viva. Y así con todo: mujeres embarazadas o recién paridas, ancianos, niños pequeños.

En nuestra modernidad, la pertenencia es parte de nuestras necesidades psicológicas. Pero, como en todo, hasta eso lo hacemos difícil. Resulta que, si una persona busca desesperadamente que la quieran, porque no se quiere a sí misma, es probable que sea el recha más grande del grupo. A nadie le cae bien quien no se cae bien ni a sí mismo.

Cultivar el cariño propio es la forma más segura de obtener el de los demás. Es una lección que aprendí después de muchos momentos de soledad en los que tenía dos opciones: o sumirme en la depresión, o disfrutar de la compañía. Gracias a Dios, elegí la segunda. Ahora, el espejo me enseña alguien que me cae bien. Al parecer, eso mismo piensan mis amigos.