Una aventura aburrida

En las historias épicas de descubrimiento del ser, hay pedazos sumamente emocionantes, como cuando estamos esperando que el gigante se emborrache y lo podamos cegar. Sentimos toda la adrenalina de la posibilidad, el desafío, el peligro. Y crecemos poco. Porque en la acción no hay una pausa para pensar, es sólo dejarse ir. Y luego está la parte aburrida, el desierto, la cueva, la montaña. Nada de movimiento, todo se queda quieto. Y es allí, en el estar varados, cuando el héroe tiene iluminaciones.

Pocas veces se siente uno tan frustrado como cuando no avanza. Nada que no se mueva puede sobrevivir. Pero también es cierto que, sin reflexionar, no hay una toma de medida de quién somos y en dónde estamos. ¿Cómo vamos a escuchar lo que nuestra vida debe decirnos si no nos callamos?

Las aventuras emocionantes no tienen demasiada profundidad. La profundidad no tiene mucha aparente emoción. Y no podemos vivir sólo en uno de los dos estados.

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