Regresar

No sé cuántas veces he querido regresar a estar haciendo cruceta con mi mamá mientras mirábamos el campeonato de básquet. Siento el respaldo de la cama en mi espalda, veo a mi mamá sentada a mi lado en el sillón que estoy usando ahora. Recuerdo confundirme, deshacer, rehacer. Lo veo desde fuera, como si se tratara de una película. Y quiero meterme, estar allí. El cuadro perfecto.

Nunca se puede regresar. Se puede replicar el sentimiento al que uno quiere volver, seguro. Se puede recoger el proceso de la memoria que nos reconforta y se puede agradecer haberlo tenido. Pero también es bueno no sobredimensionarlo. Es mejor todavía no querer regresar.

Si lo pienso bien, lo que realmente quiero es darles a mis hijos esos recuerdos, esa sensación. A mi forma especial, que no es la de mi mamá. Quiero volverme a sentir como cuando mi vida caminaba sobre el camino esperado. Quiero volver a tener esa calidez y compañía. Sólo que no se puede volver, la vida es un camino que se construye mientras avanzamos y se borra a nuestro paso. Todo posibilidades. Nada de volver atrás.

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