¡Mira Qué Bonito!

Recuerdo a mi mamá enseñando la última de sus creaciones. Se acercaba con entusiasmo a la persona en cuestión, alzaba lo que fuera que tenía en la mano y decía: «¿Ya viste qué bonito me quedó?» Alguna vez, o le pregunté, o ella me explicó que la gente, si les das la oportunidad de opinar, siempre van a encontrar algo malo. Al adelantar un calificativo, ella plantaba en sus mentes una idea ya terminada.

En efecto, es difícil decirle a alguien que ya te declaró que lo que está enseñándote está bien, que le miras x o y defectos. Pura cuestión de actitud. Cuando nos piden que opinemos, creemos que tenemos que presentar una lista de los defectos, desventajas, peligros, errores, de lo que tenemos enfrente. No nos paramos a pensar que tal vez eso que estamos criticando es el resultado del esfuerzo de nuestro amigo y que sólo lo está exhibiendo porque se siente orgulloso. Imagínense los pocos amigos que nos quedarían si hiciéramos lo mismo con los bebés. Es que todos los recién nacidos salen feos, pero no he escuchado a nadie decírselo a un recién papá orgulloso.

A mí me encanta el juego de «encontremos qué está mal». Pareciera que me pagaran por ello. Poco a poco aprendo a no mezclar el trabajo, donde en efecto sí me pagan por encontrar todo lo malo, a algo social, donde sólo se requiere de mi sonrisa y apoyo.

Lo que sí es que aprendí muy bien de mi mamá: siempre enseño mis cosas diciendo que están bonitas, no vaya a ser que me comiencen a recitar los defectos.

Aprender a Ser Clara

Si quiere uno saber la verdad, hay que preguntársela a un niño. Contaba mi mamá que alguna vez fuimos a traer a mis tías al salón. Cuando las vi, no dudé decirles: «¿Para eso vinieron? Salieron peor de lo que entraron.» 1. Yo tenía aproximadamente cuatro años. 2. No las había visto entrar.

En un mundo plagado del temor a ofender, unido al mar de gente que se esconde tras el anonimato que otorgan las diversas redes sociales, estamos jodidos. El arte de hablar claro, sin lastimar, está en extinción. Nos enseñan antes a ser educados, que a expresar nuestra opinión sin ser groseros.

Y es que no es fácil aguantar que el pulgo le diga a uno que está enojado. Como tampoco es sencillo aceptar que le señalen un error. Del otro lado, me pasa que detesto las confrontaciones, pero no les huyo. Suelo ser directa para emitir las opiniones que me conciernen, lo cuál me ha ganado algunos vacíos en mi agenda social. Ni modo. No sé decir una cosa que signifique lo contrario.

Pero así como con el tiempo se pierde la franqueza de la niñez, si se mantiene la claridad, pero se le agrega un poco de empatía, se adquiere esa mezcla de leyenda que hace que alguien sea amable, pero honesto. Creo que necesito un genio para que me saque la fórmula. Por lo menos ya no opino sobre los resultados de visitas a salones de belleza.

La Gente Que Apesta

Me pasa que hay gente que me cae como patada entre las cejas, sólo de verla. Bueno, de olerla, porque yo digo que «apesta». Y no tiene nada qué ver con su higiene personal. Es algo que percibo como un tufito de podrido a nivel de «vibras», si se quieren poner esotéricos.

Y no creo estar tan desencaminada. Las emociones y las intenciones y los pensamientos, todos pasan por nuestro cerebro, dejando a su paso una estela química que, de alguna forma, se tiene que manifestar. El amor (y la calentura), tienen su perfume natural, lleno de las feromonas que nos tumban. El miedo, hasta los perros lo sienten. El enojo huele amargo.

Yo no soy can, pero poseo un sentido del olfato privilegiado y alguna que otra habilidad de percepción. La gente con doble fondo, no huele bien. Deja una huella invisible que se puede reconocer. Hay una sonrisa torcida, un gesto desafiante, poco respeto de espacios personales. Y huelen feo.

Así, con esos ascos, me he librado de malas juntas. Mi marido sólo tiene que oírme decir que alguien apesta para tomar el camino contrario. Es bueno averiguar cómo cada uno puede reconocerlos.

Reírse Dos Veces

Los chistes, como los trucos de magia, sólo funcionan la primera vez. Necesitan un elemento de sorpresa, de descubrimiento. Una vez destapamos la caja para revelar el conejo, ya sabemos qué hay allí. Por eso es tan aburrido escuchar la misma historia divertida repetidas veces. De niños, este concepto es un poco extraño. No entendemos por qué los adultos no se vuelven a reír con igual entusiasmo de nuestras gracias cuando las volvemos a hacer o decir. (Estoy aprendiendo de nuevo esta fascinación con el replay de los chistes. Me toca escuchar las aventuras de Pepito en sus variadas iteraciones ahora que JM tiene 7 años).

Ah, pero que nos cuenten una historia trágica y nos saca las de cocodrilo cada vez que la escuchamos. Yo no regreso a ver una película que me haya despertado algún sentimiento triste o molesto. Tampoco releo un libro con mal final. Me vuelve a conmover, aún cuando sé qué va a suceder. O, si leo el libro antes de ver la película, todavía me retuerzo en la silla en anticipación de la degollada que le toca al personaje (especialmente con Game of Thrones). Todo mal.

¿Por qué nos es más fácil llorar varias veces por lo mismo? ¿Por qué todavía nos duele cuando recordamos la primera vez que nos cortaron? ¿O la primera pérdida de una mascota? ¿De dónde sale ese aguijón que punza el corazón cuando recordamos a una persona que queríamos mucho y que ya no está?

Yo creo que tenemos malo el cableado del cerebro y que sería bueno volvernos electricistas (o programadores) y reconectar las neuronas para multiplicar nuestra capacidad de prolongar los buenos momentos, de revivir los recuerdos felices. Tengo toda la teoría de cómo hacerlo, he leído varios libros que enseñan ejercicios para concentrarse en lo bueno que hay alrededor. Todavía no me puedo reìr por enésima vez del mismo chiste. Pero le puedo enseñar nuevos a JM. La cosa es encontrar alguno en mi arsenal que no sea tan malcabresto.

El Hombre

Se oye pesado, sin gracia.

Como un genérico desposesionado.

Pareciera carecerlo todo, hasta el nombre.

Quien me escucha referirme así de él, querrá medir con dedales mi cariño.

Y, para mí, él es «el hombre».

Así de simple. Porque no existe otro.

La Mejor Ayuda

Trabajo de mamá. Así lo defino, porque lo he tomado con la misma dedicación y enfoque a solución de problemas con el que atacaba mi ocupación monetariamente remunerada. Eso para mí se traduce en que me considero una «arregladora». Arreglo disputas entre dos entidades, cuál tribunal internacional. Arreglo la vestimenta si se daña. Arreglo juguetes. Arreglo pieles rotas. Arreglo agendas y horarios. Arreglo loncheras… Arreglar, organizar, solucionar, son acciones positivas, con resultados más o menos demostrables.

Pero hay situaciones que no requieren ninguna acción, más que hacer nada. Ejemplo: al niño no lo dejaron jugar fut en el cole, está triste ¿cuál es la acción a tomar? Ninguna. Bueno, sí, una: escucharlo. Ofrecer esa compañía que dice: «aquí estoy para ti, aunque no sea para hacer nada más que estar.» ¿Tienen idea de lo que cuesta? Ver un problema enfrente y no darle una solución que podría parecerme evidente es como poner un dulce frente a un niño y decirle que no se lo coma.

Muchas veces estoy del otro lado. He tenido tristezas que sólo requieren compañía. Problemas que únicamente quiero comentar. Enojos que hay que escupir. Y sí necesito a alguien allí conmigo, pero sólo para sentarse a mi lado, tomar mi mano, hacerme ver que no estoy sola. Eso da fuerzas para encontrar la solución por uno mismo.

He aprendido a tragarme consejos «sabios». A guardarme opiniones no solicitadas. A no interrumpir con ideas «brillantes». Espero poder seguirme aguantando conforme las cosas que haya que arreglar sean más complicadas. Porque, aunque quisiera, no tendría ni idea de cómo arreglarle un corazón roto a uno de los peques.

Ya Encontré mi Estilo

He pasado por varias etapas de moda. Confieso que fui adolescente en los 80’s y todo lo que eso implica. Ho-shi-ble. También he sido metalera-medio-hippie (pero nunca shuca). He llevado el pelo corto, largo, larguísimo, colocho, liso, con fleco, partido a la mitad, rubio, rojo, café, morado (literalmente, morado). He trabajado en traje formal, tacones, maquillaje. Me pueden ver de jeans rotos, t-shirt de Miss Piggy y Keds de colores. Me puedo disfrazar de vieja fufa en veinte minutos.

La ropa refleja en mucho cómo nos presentamos al mundo. Las expresiones «el vestido hace a la persona», o «vístete para el trabajo que quieres, no para el que tienes», no dejan de ser ciertas. Por eso es que uno pasa por muchas modas, sobre todo cuando está buscando el nicho en la vida. Pasa un poco lo mismo con la personalidad, el lenguaje que uno utiliza, las actividades que prueba, hasta la comida que prepara.

Hay una libertad especialmente dulce en tener más años encima: el espacio que uno se crea si crece y madura, se vuelve como ESE par de jeans que uno ama con pasión. Son cómodos, le quedan a uno bien y sirven en casi cualquier ocasión. Tal vez por eso los viejitos pierden los filtros. Están tan seguros de su lugar en el mundo, que no necesitan andarse con delicadezas alrededor de los demás. Ellos son felices. (No así los que hemos tenido viejitos impertinentes que salen con cada cosa peor que niños y que nos ponen en aprietos.)

Es bueno jugar con las diferentes fases de la persona que uno quiere ser, hasta encontrar la que mejor refleje la esencia. No se trata de disfrazar los defectos, sino de domarlos y trabajar alrededor de ellos, resaltando las cualidades y ejercitándolas para que sobresalgan. Igualito que con el cuerpo y las modas. Ya tengo edad suficiente para no tener que salir a comprarme los últimos jeans pegados skinny, porque sé que me quedan fatales. Eso sí, Miss Piggy es mi héroe y me seguiré poniendo Keds, aunque esté entre viejas fufas.

Tinta Invisible

En esos kits de espías que vendían en La Juguetería (tiempos prehistóricos para los que nacieron después del advenimiento del internet), se encontraba tinta «invisible» con la que uno escribía mensajes secretos que se borraban y que luego podían revelarse con calor o algún otro método. En tiempos antiguos, esto se lograba con jugo de limón. El problema con estos subterfugios es que, si uno dibuja con algo que no mira, no está muy seguro del resultado.

Algo así siento con la crianza de los niños: yo hago mi mejor esfuerzo por plasmar en su cerebro el esquema de los valores que quisiera que tuvieran como el plano básico de su personalidad. Pero no lo puedo ver. Es más: es probable que nunca lo mire en su totalidad, porque mis hijos no son iguales frente a mí, que con otra gente. No es lo mismo una mirada fulminante que recuerde un «por favor» que se quedó perdido entre la garganta, a un gracias espontáneo. Yo no voy a estar allí cuando les ofrezcan su primer cigarro/trago/droga/sexo. Tampoco los acompaño al colegio. Menos mal.

El carácter, la educación, la programación básica, se descubren en situaciones difíciles, al calor, igual que la tinta invisible. En el carro cuando el tráfico nos rebalsa. En el colegio cuando alguien nos jode. En la casa cuando discutimos con la pareja. El conservar el tejido básico de nuestra personalidad bajo cualquier circunstancia es lo que nos da la línea básica de nuestro esquema de valores.

En el caso de mi trabajo como moldeadora de personitas, sólo puedo hacer mi mejor trazo, esperando que la tinta se revele bien en el momento clave.

Perder la Vergüenza

No conozco a un niño que no aprenda a caminar porque le da vergüenza caerse. O a hablar porque le de pena no decir bien las palabras. Ponerse a bailar frente a la humanidad entera sin sentido del ridículo es propio de cualquier piñata. Tampoco conozco un adolescente que no le de pena respirar diferente.

La pena a hacer el ridículo me ha impedido hacer muchas cosas. Tal vez no sea eso tan malo, con tantos ejemplos de personas poniendo sus miserias en vitrina para que el mundo entero se burle de ellas. Pero, ¿y si fuera mejor dejarse ir así, sin vergüenzas por la vida?

Para hacer bien algo nuevo hay que pasar por hacerlo mal. Muy mal. Muchas veces. Hasta que un día hay un ¡clic! Y todo funciona.

La vergüenza sirve para no hacer cosas malas. Pero la deberíamos perder para  todo lo demás.

Con el tiempo y los años (que aún no me traen canas), he aprendido a guardar el miedo al ridículo. Disfruto como niña tener el pelo pintado de morado y devolver mirada por mirada la de la vieja fufa que no falta en verme feo. Ella se lo pierde.

Sorprenderse con lo Usual

Típico en el colegio que entra una chava o un chavo nuevo y automáticamente tiene el mega pegue loco. Casi puede ser pariente de Pie Grande, igual causa revuelo. Es el llamado de lo nuevo. Claro, uno tiene chorrocientos años de estar sentado en la misma clase con la misma gente, a la que le conoce los cambios de voz, la aparición de los barros, los días de poco aseo y demás gracias de la pubertad. Pareciera ser que lo único necesario para conseguir pareja es cambiarse de colegio/universidad/empleo.

La familiaridad ayuda a acostumbrarse al otro. A llenar los detalles de una cara, de un cuerpo, con la velocidad automática de un cerebro que ya tiene una imagen guardada. Las parejas que llevan mucho tiempo juntos sabrán que ya no es lo mismo compartir una ducha. Las mamás podremos describir de memoria dónde llevan todas las cicatrices los engendros que tiene uno a su cargo.

Pero allí donde el aburrimiento pudiera hacer morada, yo he encontrado una oportunidad para sorprenderme. En pequeños momentos como trabajar en la misma mesa, sentados uno frente al otro, redescubro una cara con la que he vivido desde hace casi diez años y que conozco desde hace más de veinte. Y me vuelve a gustar. O, acostados en la cama haciendo siesta con los dos críos y los dos gatos, el peso de una mano en mi cintura me suaviza las facciones en una sonrisa y siento que suspira el corazón.

La familiaridad de lo normal puede ser emocionante si uno encuentra la forma de redescubrir por qué uno estaba colgado desde un principio. Así, no se alborota con el primer nuevo que se le atraviesa a uno en el camino.