Santa Claus No Existe

Por lo menos a mi casa, no llega ese gordo panzón. Ni el conejo, ni el ratón. Los niños tampoco nacen de un repollo, ni los trae la cigüeña. El mundo ya es demasiado engañoso como para meterle pajas monumentales a los niños. Sobre todo porque después uno quiere convencerlos de cosas que no se les pueden explicar. O transmitirles creencias no demostrables.

Así como un niño es susceptible de creerle a uno cualquier cosa, así es la gente cuando la conocemos por primera vez. No teniendo punto de referencia, es más fácil que nos tenga confianza. Y es allí en donde se forjan las relaciones duraderas. El cumplir con lo que se proyecta, ya sea con apariencias, o palabras, es un regalo que se entrega y que crece con el tiempo. Pero es una planta muy delicada y es demasiado fácil quebrarla.

Por eso yo no me arriesgo. Prefiero no hacerles la «ilusión» de la Navidad, pero que me crean que tengo su mejor interés en mente cuando les digo cosas que no entienden. Igual reciben regalos.

La Necedad

A veces me pregunto si no me equivoqué con el nombre de mi hija. Fátima es precioso, pero no le va a una de las características más salientes de su personita. «René» le hubiera quedado mejor. Porque ese frasquito de sorpresas que apenas pasa del metro de estatura es de ideas fijas, por ponerlo bonito. Una mezcla de autoconfianza, inteligencia y poca experiencia, la hace insistir en las cosas más disparatadas. Pero también le ha permitido cambiar de cinta de karate a los 3 años, aprendiendo movimientos que no son fáciles ni para gente de 38 (ejem, ejem).

La diferencia entre ser necio y persistente es simplemente lograr lo que se quiere. También la diferencia entre ser loco y genio es lograr lo imposible. Una no existe sin la otra. Esperar a que lo lleve a uno la inspiración para hacer algo es como pretender ver un video de ejercicios y que le salgan músculos. El talento, inspiración, epifanía, revelación, sólo son la primera chispa. Para encender una hoguera se necesita reunir la madera y colocarla de forma eficiente, llevar un método de combustión rápida que caliente fácil y estar dispuestos a soplar hasta quedarse sin aliento y llenarse de humo. Allí es donde la necedad, perseveranciá, persistencia, dedicación, como quieran decirle, se revela en su verdadero valor.

Por eso no reniego de esa cualidad en mi pulga, por mucho que se me olvide el beneficio que tiene y termine discutiendo con ella durante media hora de por qué sus maestras no pueden convertirse en mariposas, por ejemplo. La idea del cambio de nombre comienza con mis papás refiriéndose a mis encantadoras fijaciones.

A Veces Quisiera Perderme

Sólo por un momento.

Para esconderme de mi cerebro que no descansa.

Para verme desde afuera y arreglar los desperfectos del tiempo.

Para ir a un baño sin compartir.

Para soltar el personaje maduro y responsable con el que me visto todos los días.

Para darme permiso de volver a llorar por su pérdida.

Y a veces quisiera perderme, sólo para que me encuentres y nos escondamos juntos.

Alguien Que Moleste

Hay un remedio infalible para no tomarse a uno en serio: tener a alguien que se burle sanamente de uno. Con cariño y delicadeza, pero el sólo hecho de que alguien sepa que uno no es «todo eso» y que no tenga miedo de decírcelo es invaluable. Me dicen que para eso están los hermanos. Las amigas, cuando son buenas y verdaderas, también lo hacen. Lo mejor es la persona con la que uno se acuesta y se levanta lo quiera y aprecie y admire a uno lo suficiente como para perderle de vez en cuando la consideración. Quién más le puede decir al que amanece con el pie izquierdo: «¿estás de Dr. No, verdad?» No hay forma elegante de salir de eso.

Es excelente tener autoestima, pero fatal no tenerse uno medido. La autoestima da la actitud humilde que no necesita ninguna validación externa. Hay que saber que a veces necesitamos un pequeño aguijón que nos desinfle un poco el ego antes que reviente. O una broma suave que nos saque de una actitud morbosamente negativa. Ese chiste interno entre personas que se quieren y ayuda a tener auto perspectiva.

La vida es demasiado corta como para tomarse a uno mismo demasiado en serio. Y, en cualquier ocasión, hay que tener un aliado que lo baje a uno de la nube. Y que le brinde un colchón donde caer.

Forjar el Destino

«El que nace para gordo, aunque lo fajen», decía mi papá. También se escucha «De tal palo, tal astilla», «Hijo de tigre, sale rayado». Y, dentro de cada familia, no falta quien diga que uno es igual al tatarabistíoconprimo que se murió hace 1000 años. Así como yo tengo «historia familiar de cáncer» y me he llegado a preocupar mucho por el asunto, así también «vengo de familia de escritores» y pues, heme aquí.

En cada historia personal parecieran estar entretejidas leyendas familiares que a veces dictan el guión. Para lo malo y para lo bueno. Y también las que nos contamos a nosotros mismos.

Yo creo que uno tiene partes determinadas por la naturaleza, herencia, familia, crianza. Determinadas, pero nunca determinantes. Llega el momento en el que podemos repasar por dónde va nuestra novela y agarrar la pluma para seguir escribiéndola a nuestro antojo.

Yo nací gordita, pero no necesito faja.

Todos Tenemos Fe

Yo entiendo la fe como la seguridad de que va a suceder algo. Por ejemplo, tengo fe que mi despertador va a funcionar todos los días. Tengo fe que la fábrica que hizo mi carro no me vendió un limón. Esa certeza en el funcionamiento de las cosas inanimadas me permite quitarme ciertas preocupaciones.

La fe se vuelve más complicada cuando se pone en las personas. Las compras que he hecho a la China han sido un salto en la oscuridad, que, hasta ahora, no ha resultado en ningún trancazo. Confío en gente a la que nunca voy a ver en mi vida. Cuando invito a mis amigos, les creo que van a venir si me confirman.

La fe es esencial para no volverse loco con las situaciones que están por completo fuera de nuestra esfera de influencia. Yo no podría vivir si tuviera que dudar que mis hijos van a amanecer vivos.

Sin fe, el mundo no funcionaría. La certeza de las cosas que se esperan mueve las interacciones humanas en todos los ámbitos y es un bien especialmente preciado en las relaciones más cercanas. Es más frágil que el respeto y más difícil de recuperar que el amor.

No entiendo a la gente que vive con personas de las que dudan. Eso de registrar billeteras (si no es para sacar pisto), me parece extraterrestre. Ni siquiera se me ocurre ponerle notificaciones a los tuits, ¿¡a qué horas!? Porque la otra cara de la moneda es el miedo y yo ya estoy muy grande como para tenerle miedo a nada.

La Autenticidad

Con diez tatuajes incluyendo delineado permanente, pelo pintado y alisado, depilación permanente, dientes rectos gracias a la ortodoncia y un par de inversiones en cremas cosméticas, yo soy la mujer menos indicada para hablar de «ser uno mismo», «quererse como uno es», «dejar salir la naturaleza». Tengo una amiga que muy claramente dice «no hay niña fea, sólo papá pobre.»

Mi perspectiva cambió cuando me vi como el primer espejo en el que busca su autoestima mi hija. Me cuesta muchísimo. Por un lado, quisiera que el tiempo regresara y me devolviera una cara sin arrugas ni manchas. Por el otro, me gustaría transmitirle a mi hija la convicción que uno es lindo a cualquier edad y que ser uno mismo es suficiente.

Y es jodido, porque yo misma estoy aprendiendo a creerme eso. Todavía paso frente a mi reflejo y no estoy segura si me gusto o no. A veces sí, a veces no…

El primer paso es dejar que mi pelo crezca sin tinte, a ver de qué color es, ya no me acuerdo.

Quedarme Sin Aliento

Lo que más me gusta en la vida me deja sin respiración. Programas de comedia con los que no puedo parar de reír (Les Luthieres, Whose Line is it Anyway, Pinky and the Brain, entre tantos). Una pieza de música que siento vibrar desde la punta de los pies, hasta la coronilla. Un buen desenlace inesperado de una película. Un recuerdo cálido y dulce de mi mamá. El azul de los ojos de un niño en el que aún puedo encontrar a mi bebé. La sonrisa torcida de una pequeña que me recuerda lo mejor de mí. Y el saber que sólo tengo que alargar la mano en la oscuridad para encontrarte.

Personalidades Múltiples

Mi papá era un hombre muy difícil de predecir. Un día podía mover todos los muebles de la casa para bailar vals conmigo, otro era un energúmeno gritando porque le hacía falta sal a su comida. Vivir con alguien tan cambiante sirve de entrenamiento para lo inesperado. No digo que haya sido agradable, pero por lo menos no era aburrido.

Muchas personas tienen aspectos de su carácter que podrían ser considerados personalidades distintas. Está el señor que nunc habla con sus hijos, pero que se expande con extraños. Está la mujer que no tiene ojos para ver los defectos de sus amigas, pero que encuentra lo malo de su marido con lupa si es necesario.

Todos nos comportamos diferente en distintas ocasiones, no sólo es normal, sino que es lo indicado. El problema es cambiar nuestra esencia para acomodarnos a otras personas. No voy a saludar con la misma efusión a un extraño que a mi esposo, pero a ninguno de los dos los insultaría. La vulgaridad me molesta igual en amigos que en desconocidos.

La gente que se pierde en otra y cambia por completo, termina en el limbo. No existe. La que torna su personalidad cual camaleón según el color de su humor, no tiene paz a su alrededor.

Una de mis metas es que mis hijos siempre puedan predecir mis reacciones. Y mover los muebles para bailar.

No Me Subo

Pocas veces me han bombardeado con tantos mensajes, poemas, alegorías, cuentos, oraciones, etc., como para el día de la madre. No me malinterpreten, es chilero que le celebren a uno cualquier cosa, más si en un domingo no me tengo que meter en la cocina.

Con lo que sí tengo un serio problema es con el contenido general de los mensajes. Pareciera que uno de madre tiene que ser santa, o sabia, o dulce, o supermujer, o todo eso junto. La figura materna puede ser la que suben al pedestal más alto. Para una persona tan lejana de ese ideal como yo, que soy impaciente, enojada, seca, demandante, encaramarme a esas alturas me suena tan imposible como escalar el Everest.

Mi mamá decía medio en broma que ella había nacido perfecta y sin celulitis. Yo sabía que no era cierto, porque miraba sus faltas y eso me hacía sentirme culpable. La psicología humana es un océano profundo y complicado. No quiero que mis hijos crezcan pensando que no puedo ver y aceptar mis defectos. ¿De qué otra forma van a aprender ellos a evolucionar?

Con los años, adquiero más experiencia. Lo complicado es que la estoy adquiriendo con las metidas de pata que hago ahora. Para mientras, seguiré agradeciendo el desayuno en la cama.