Es una mala decisión, pero es mi mala decisión

Pasé mucho tiempo tiñéndome el pelo de muchos colores. Alguna vez mi papá se acercó, agarró un mechón y preguntó al aire de qué color verdaderamente lo tendría. Ni yo sabía. Y, cuando digo “de muchos colores”, incluyo el rojo y el morado. Cada vez que me lo pinté, supe que le hacía daño, pero la satisfacción de verme como yo quería pesaba más que lo otro.

Siendo sinceros, así es con todo. Tomamos decisiones que sabemos no nos son satisfactorias del todo, porque las preferimos a la alternativa. A veces hasta no hacer nada y dejar que las circunstancias nos pasen encima es una forma de escoger. Porque, no estando bajo coacción, digamos que lo que uno tiene enfrente (y al que uno tiene al lado o no) es lo que uno quiso.

Hay pocas actitudes más valientes que aceptar la parte de responsabilidad en nuestra vida y admitir que es lo que uno pudo hacer. Definir como “sacrificio” lo dejado atrás es un poco engañoso. Porque, mientras más valor tenía lo que no escogimos, tanto más valor tiene con lo que nos quedamos.

Por supuesto que a veces nos damos cuenta que las cosas no eran lo que creíamos. Y está bien arrepentirse. También todo cambia y se vale reexaminar las prioridades.

Como yo, ahora que no me tiño ni un poco. El pelo está mucho más sano. Y allí vienen las canas.

El objeto del deseo

Como a base de antojos. Es muy raro que yo tenga hambre, pero sí muy frecuente que tenga «ganas». De unas macadamias, de ensalada, de chocolate, de sorbete de limón. Es una sensación que se queda en el fondo de mi estómago y que me hace sentir insatisfecha, aún que esté llena.

Pareciera que, como humanos, nos movemos a puro deseo. El querer algo. Y lo escogemos de forma irracional, aunque aprendamos a justificarlo con la mente. Entre dos cosas equiparablemente buenas, siempre vamos a preferir la que más nos gusta. Y, si lo que nos gusta es menos bueno que lo otro, le vamos a encontrar todas las razones del mundo para llevárnosla.

Pocas veces nos damos el permiso de aceptar que tenemos algo, porque es lo que queríamos, a pesar de sus defectos. Es como si tuviéramos qué pedir perdón por desear algo.

Le damos prioridad a lo racional y nos avergonzamos de nuestras emociones. Creemos que tenemos que seguir lo establecido para todos, aún cuando no cazamos. Y rechazamos lo que nos llena de satisfacción, porque no se conforma a lo «normal».

A mí me gustan las t-shirts negras y los Keds y sé que no me miro como «debería», según las reglas de lo que una mujer de mi edad debe seguir. Lo he intentado justificar de forma racional para sentirme bien. He intentado cambiar. Y, ni lo primero funciona, ni lo segundo me satisface. Así que, en días como hoy que voy al súper, regreso a mi ropa favorita.

El deseo a veces no necesita más justificación que sí mismo. Y un helado de limón siempre se me antoja.

Escogerse

En un mismo día me pongo varios «sombreros»: mamá, esposa, amiga, carpintera, escritora… Las diferentes fachadas que uno presenta dependiendo de la ocasión son tan variadas, como las interacciones mismas. Y es que no voy a hablar de la misma forma, ni de las mismas cosas con mis hijos pequeños que con mi marido. Simplemente uno saca de adentro lo que pide el entorno.

Los seres humanos tenemos varios aspectos de nuestra propia personalidad. Como un cuadro que se mira por partes, o una casa que se visita por habitaciones. No todo el mundo conoce más de uno de nuestras facetas y menos aún la mayoría. Creo que es hasta difícil que nosotros mismos estemos conscientes de todo lo que representamos.

Pero sí podemos fijarnos en cuál de los aspectos de nuestras vidas somos más felices, nos sentimos más libres, más completos. Una amistad que hace que te sientas mal de ser tú mismo es tan dañino como una relación que te obliga a vestirte de cierta manera. En contraste, no hay nada mejor que te conozcan y te aprecien, espinas y todo.

Cuando se es niño, la adaptación al grupo es difícil precisamente porque no se escogen a los compañeros de clase y hay que rogarle a Dios tener suerte. Pero uno, que ya está grande, sí tiene toda la libertad de escoger a las personas de las que se rodea en su círculo más cercano. En buena medida, el barómetro para hacer la clasificación debería ser con quién me siento en mi mejor «yo».

No todo me conviene

Hace poco, para darnos un gusto, comimos hamburguesas y papas fritas. Con ketchup. Mucha ketchup. Como es algo que nunca me había visto hacer, mi hijo me preguntó: «Mama, ¿y a ti te gusta la ketchup?» «Sí, me encanta.» «Pero nunca comes.» «No.» «¡Qué raros son los adultos!»

Dejando a un lado que ya percibe la brecha entre lo que tiene él libertad de hacer y yo no, me dio mucha risa que haya puesto el dedo en una llaga muy grande: no siempre hago/digo/como lo que me gusta. En el caso de la ketchup, el argumento es sencillo: tiene mucha azúcar, no es sana, engorda, etc. Pero hay otras cosas que no son tan marcadamente «dañinas», que igual no hago, porque no me convienen en este momento de mi vida.

Todo tiene su lugar y forma. Hasta lo más sano que podamos hacer necesita límites. No podemos hacer más ejercicio del que requiere nuestro cuerpo, porque lo sobreentrenamos y se resiente, volviéndonos más propensos a lastimarnos y hasta haciéndonos ganar peso. Una medicina tiene dosis exactas de consumo. Estar constantemente en compañía de alguien, por mucho amor que exista, sin tener un momento a solas, ahoga a cualquiera.

Cuando somos niños, ciertas decisiones son mucho más claras: me dejan hacerlo, o no. Ya con unos años encima, nos toca medir hasta dónde nos convienen. Pero siempre se puede escapar uno y echarle el bote entero de ketchup a las papas.

Dos verdades opuestas

Me encanta el orden. Ver estanterías de cosas agrupadas en algún sentido, ya sea por tamaño, o color, o forma, o sabor, lo que sea, me llena de satisfacción. Pero no me desvivo por ponerme a ordenar yo, creo que viviría amargada.

Por el otro lado, me encanta el caos creativo, ese en donde germinan las ideas sin una estructura aparente y de donde salen genialidades cuál Venus de la concha. Pero no puedo vivir en ese modo perennemente, no lograría hacer nada.

La dualidad en la vida, esa que nos hala entre dos extremos, no es difícil cuando es entre algo bueno y algo malo. La cosa se complica cuando es entre dos cosas igualmente buenas. Como dice Roy H. Williams, ¿están en una reunión aburrida? Pregunten qué es más importante, si la justicia o la compasión y siéntense cómodamente con un guacal de poporopos a disfrutar del espectáculo.

La vida nos pone a elegir entre caminos iguales, en direcciones opuestas. Ambos destinos son buenos, pero irreconciliables entre sí. El verdadero genio toma uno y erige puentes que lo comunican con el otro, de acuerdo a la circunstancia.

Yo he aprendido a que, los momentos de inspiración caótica sólo me son posibles si estoy en un ambiente ordenado. Ahora, no me vayan a preguntae si prefiero la compasión a la justicia.