Ya Encontré mi Estilo

He pasado por varias etapas de moda. Confieso que fui adolescente en los 80’s y todo lo que eso implica. Ho-shi-ble. También he sido metalera-medio-hippie (pero nunca shuca). He llevado el pelo corto, largo, larguísimo, colocho, liso, con fleco, partido a la mitad, rubio, rojo, café, morado (literalmente, morado). He trabajado en traje formal, tacones, maquillaje. Me pueden ver de jeans rotos, t-shirt de Miss Piggy y Keds de colores. Me puedo disfrazar de vieja fufa en veinte minutos.

La ropa refleja en mucho cómo nos presentamos al mundo. Las expresiones «el vestido hace a la persona», o «vístete para el trabajo que quieres, no para el que tienes», no dejan de ser ciertas. Por eso es que uno pasa por muchas modas, sobre todo cuando está buscando el nicho en la vida. Pasa un poco lo mismo con la personalidad, el lenguaje que uno utiliza, las actividades que prueba, hasta la comida que prepara.

Hay una libertad especialmente dulce en tener más años encima: el espacio que uno se crea si crece y madura, se vuelve como ESE par de jeans que uno ama con pasión. Son cómodos, le quedan a uno bien y sirven en casi cualquier ocasión. Tal vez por eso los viejitos pierden los filtros. Están tan seguros de su lugar en el mundo, que no necesitan andarse con delicadezas alrededor de los demás. Ellos son felices. (No así los que hemos tenido viejitos impertinentes que salen con cada cosa peor que niños y que nos ponen en aprietos.)

Es bueno jugar con las diferentes fases de la persona que uno quiere ser, hasta encontrar la que mejor refleje la esencia. No se trata de disfrazar los defectos, sino de domarlos y trabajar alrededor de ellos, resaltando las cualidades y ejercitándolas para que sobresalgan. Igualito que con el cuerpo y las modas. Ya tengo edad suficiente para no tener que salir a comprarme los últimos jeans pegados skinny, porque sé que me quedan fatales. Eso sí, Miss Piggy es mi héroe y me seguiré poniendo Keds, aunque esté entre viejas fufas.

Tinta Invisible

En esos kits de espías que vendían en La Juguetería (tiempos prehistóricos para los que nacieron después del advenimiento del internet), se encontraba tinta «invisible» con la que uno escribía mensajes secretos que se borraban y que luego podían revelarse con calor o algún otro método. En tiempos antiguos, esto se lograba con jugo de limón. El problema con estos subterfugios es que, si uno dibuja con algo que no mira, no está muy seguro del resultado.

Algo así siento con la crianza de los niños: yo hago mi mejor esfuerzo por plasmar en su cerebro el esquema de los valores que quisiera que tuvieran como el plano básico de su personalidad. Pero no lo puedo ver. Es más: es probable que nunca lo mire en su totalidad, porque mis hijos no son iguales frente a mí, que con otra gente. No es lo mismo una mirada fulminante que recuerde un «por favor» que se quedó perdido entre la garganta, a un gracias espontáneo. Yo no voy a estar allí cuando les ofrezcan su primer cigarro/trago/droga/sexo. Tampoco los acompaño al colegio. Menos mal.

El carácter, la educación, la programación básica, se descubren en situaciones difíciles, al calor, igual que la tinta invisible. En el carro cuando el tráfico nos rebalsa. En el colegio cuando alguien nos jode. En la casa cuando discutimos con la pareja. El conservar el tejido básico de nuestra personalidad bajo cualquier circunstancia es lo que nos da la línea básica de nuestro esquema de valores.

En el caso de mi trabajo como moldeadora de personitas, sólo puedo hacer mi mejor trazo, esperando que la tinta se revele bien en el momento clave.

Perder la Vergüenza

No conozco a un niño que no aprenda a caminar porque le da vergüenza caerse. O a hablar porque le de pena no decir bien las palabras. Ponerse a bailar frente a la humanidad entera sin sentido del ridículo es propio de cualquier piñata. Tampoco conozco un adolescente que no le de pena respirar diferente.

La pena a hacer el ridículo me ha impedido hacer muchas cosas. Tal vez no sea eso tan malo, con tantos ejemplos de personas poniendo sus miserias en vitrina para que el mundo entero se burle de ellas. Pero, ¿y si fuera mejor dejarse ir así, sin vergüenzas por la vida?

Para hacer bien algo nuevo hay que pasar por hacerlo mal. Muy mal. Muchas veces. Hasta que un día hay un ¡clic! Y todo funciona.

La vergüenza sirve para no hacer cosas malas. Pero la deberíamos perder para  todo lo demás.

Con el tiempo y los años (que aún no me traen canas), he aprendido a guardar el miedo al ridículo. Disfruto como niña tener el pelo pintado de morado y devolver mirada por mirada la de la vieja fufa que no falta en verme feo. Ella se lo pierde.

Sorprenderse con lo Usual

Típico en el colegio que entra una chava o un chavo nuevo y automáticamente tiene el mega pegue loco. Casi puede ser pariente de Pie Grande, igual causa revuelo. Es el llamado de lo nuevo. Claro, uno tiene chorrocientos años de estar sentado en la misma clase con la misma gente, a la que le conoce los cambios de voz, la aparición de los barros, los días de poco aseo y demás gracias de la pubertad. Pareciera ser que lo único necesario para conseguir pareja es cambiarse de colegio/universidad/empleo.

La familiaridad ayuda a acostumbrarse al otro. A llenar los detalles de una cara, de un cuerpo, con la velocidad automática de un cerebro que ya tiene una imagen guardada. Las parejas que llevan mucho tiempo juntos sabrán que ya no es lo mismo compartir una ducha. Las mamás podremos describir de memoria dónde llevan todas las cicatrices los engendros que tiene uno a su cargo.

Pero allí donde el aburrimiento pudiera hacer morada, yo he encontrado una oportunidad para sorprenderme. En pequeños momentos como trabajar en la misma mesa, sentados uno frente al otro, redescubro una cara con la que he vivido desde hace casi diez años y que conozco desde hace más de veinte. Y me vuelve a gustar. O, acostados en la cama haciendo siesta con los dos críos y los dos gatos, el peso de una mano en mi cintura me suaviza las facciones en una sonrisa y siento que suspira el corazón.

La familiaridad de lo normal puede ser emocionante si uno encuentra la forma de redescubrir por qué uno estaba colgado desde un principio. Así, no se alborota con el primer nuevo que se le atraviesa a uno en el camino.

Inspirarse

¿Cuántas de las canciones que nos gustan hablan de amores no resueltos/perdidos/peleados? La poesía que más resuena es la que duele. Las películas románticas, si no terminan con muertos, se llaman «comedias». Hasta los cuentos de hadas: todo es conflicto y, cuando al fin están felices, decimos «fin». Pareciera que el combustible del arte es la tristeza. Por lo menos, el conflicto. ¡Qué hueva!

Por el otro lado, cuando en redes sociales encontramos gente que sólo dice cosas bonitas, que siempre parece estar feliz, la tachamos de falsa. Es más fácil encontrar con quién compartir las penas que alguien que brinde por los éxitos.

La realidad vive, como siempre, en algún punto medio entre necesitar alimentarse de tragedias para ser creativo y vivir en un mundo de fantasía donde todo es color morado (no me gusta el rosa). Es cierto que me es más fácil escribir cuando tengo una espina qué sacarme. Las veces que comparto mis sentimientos más suaves me han dicho que soy un poco cursi. No me importa. Si tuviera que esperar tener algo de qué quejarme para poder insipirarme, preferiría no volver a escribir y vivir feliz.

No vivimos ajenos al dolor, pero tampoco éste debería de motivarnos a compartirnos con los demás. Tal vez, si aprendiéramos a alegrarnos más con las alegrías de otros, escucharíamos más canciones felices, veríamos más películas de relaciones bonitas. Tal vez, los cuentos de hadas comenzarían con «después de muchas tribulaciones, ahora son felices y viven así…»

Las Cosas Buenas a la Fuerza

¿Alguna vez han tratado de convencer a un niño que coma algo que no ha probado y que dice que no le gusta? Allí está uno, sentado frente al contrincante, dos pares de ojos se sostienen la mirada. Suena música de peli de vaqueros. Sale el primer proyectil: «¡No me gusta!» Inmediatamente le contesta: «¿Cómo sabes que no te gusta, si nunca lo has probado?»

Esta discusión se prolonga todo lo que uno está dispuesto a argumentar con lógica, contra quien está contestando con emoción (o el estómago, en este caso). Imposible. Porque es más fácil que nuestras mentes encuentren razones para lo que queremos sin razón, que al revés. Muy rara vez nos endeudamos por comprar cosas esenciales. Pero vemos el carro que nos quita el aliento y allí estamos haciendo presupuestos que nos dejan a una comida al día. O las ideas a las que les tenemos cariño. Somos capaces de rellenar los barrancos lógicos más profundos, con tal de mantenernos montados en nuestros machos.

Ni modo. Para mientras, siempre me queda el argumento infalible: «Te lo comes, o no hay postre.»

La Felicidad

En The Matrix, el agente Smith le dice a Neo que los humanos parecemos virus. También que una de las primeras versiones del mundo virtual a donde enchufan a todos, había fracasado porque trataban de despertarse. El problema era que esa «realidad» la habían diseñado para que todos fueran felices y nadie se la había creído.

El concepto de «felicidad» es uno de esos ideales efímeros que mueve el mundo, funda naciones, arruina vidas y acaba fortunas. Todos los anuncios venden esa ilusión. Por el otro lado, consideramos nuestra realidad como un «valle de lágrimas» y las penas como el pan nuestro de cada día.

A lo que yo pienso: ni uno, ni el otro. Para mí, la felicidad es el estado natural del ser humano, siempre y cuando venga de su interior. Conste que ser feliz no es lo mismo que estar alegre/eufórico. Recién casada, murió mi papá y, 6 meses después, mi mamá. Lloré, me dolió (sigue doliendo a veces), me puse triste. Pero era feliz. Soy feliz. He sido feliz comiendo Protemás. He sido feliz comiendo carne. La fuente de mi felicidad está dentro. También la de mi tristeza.

La realidad está llena de experiencias fuertes. Nosotros las convertimos en emociones. Y, si nos enchufan a la Matrix y nos ponen a vivir en un idílico virtual, por favor, no nos despertemos.

El Extraño

Las armas siempre me han gustado. El olor de aceite para limpiar pistola y pólvora me trae lindos recuerdos de infancia. Tardes en el polígono con una 9mm en la mano, apoyada contra mi papá, porque a mis escasos 5 años, la patada del disparo me podía tumbar. No es por disgusto que vendí la herencia de mi papá en cuanto solventé los espantosos trámites del DIGECAM. Es que me conozco demasiado bien. La violencia no me es ajena. Una manada a un asaltante en El Trébol, cuando no iban armados y una arremetida con el carro cuando vi a otro sacar el arma, me dejan claro cómo reacciono ante esas circunstancias. Darme un arma en estos tiempos es arriesgarme a mandar un alma al más allá y, sinceramente, no quiero tener ese peso en mi consciencia por un maldito celular. Otro gallo canta si se trata de defenderme, o a mi gente.

Es bueno conocerse a uno mismo en circunstancias extremas. Es mejor prepararse para ellas. Es vital estar seguro de qué hacer cuando se tienen hijos. Ante una emergencia, el poder mantener la calma y llevar a una niña bañada en sangre a la emergencia atravesando la ciudad en 5 minutos, sin que se perciba lo ahuevado que va uno, es útil.

Vivimos con extraños que nos habitan y nos poseen cuando bajamos la guardia de lo cotidiano. Si no nos tomamos la molestia de platicarles de vez en cuando, nos pueden sorprender con reacciones psicóticas indeseables. ¿Sabemos cómo nos comportaríamos ante una tentación muy fuerte? ¿Ante una urgencia? ¿Ante un drama personal? La existencia no es un camino plano y el que está fuera de forma se ve arrasado por las cuestas y las piedras.

Por eso no voy armada. Pero también por eso hago karate.

Cuando Me Encuentre la Muerte

…y me tome de la mano, quiero irme riéndome. No porque no haya disfrutado de la vida. Al contrario, porque no dejo nada pendiente.

No dejo trabajos a medias, hechos de mala gana y con pocas luces.

No dejo amistades rotas, o manchadas por faltas de generosidad.

No dejo hijos con sentimientos encontrados, resentimientos de los que necesitan terapia, vacíos por falta de cariño.

No dejo ni un «Te amo» sin decir, ni una noche sin beso, ni una mañana sin sonrisa.

Si me río será porque la muerte no me arrebata nada, porque todo lo dejé.

Instrucciones Para Encontrar Pareja

1. Fijarse cómo come: van a comer juntos muchísimas veces más que cualquier otra ocupación (a veces se combinan). Si no aguantas cómo mastica, que hable con la boca llena, o que sorba ruidosamente el agua, te esperan décadas de tortura.

2. Poner atención a cómo trata al mesero: y al señorcito del parqueo, al cajero del súper, a la señora de la tienda. Cómo se comporta con la gente a la que no tiene nada qué sacarle, dice más de su humanidad que cualquier otra cosa.

3. Ver si tiene buen carácter cuando está con sueño: o va en el tráfico, o tiene calor. Todos podemos ser encantadores en nuestros mejores días. Es cuando estamos incómodos que demostramos hasta dónde se nos agria la personalidad.

4. Qué tanto se puede hablar del futuro: nada más patético que la pareja que no sabe a dónde va. Luego se casan y no saben ni siquiera si quieren tener hijos juntos.

5. Cómo reacciona en una pelea: todos peleamos, lo importante es si estamos lo suficientemente cuerdos como para mantener la calma y no ofender.

6. Que te guste: te encante, te fascine. Pero también te interese. La belleza «evoluciona», la mente sólo debería mejorar con el tiempo. Quédate con alguien que te tenga hasta la madrugada platicando.

El amor es tanto mental, como sentimental. Lo físico sólo aguanta cuando hay intimidad de cerebros.

Y, si se logra eso, cada año es mejor.