Estasis/Cambio

Mi corazoncito estresado me pide estabilidad. Me gustan los horarios que no cambian, los planes que se ejecutan, los movimientos repetidos. Mi cerebro inquieto me obliga a buscar variedad, le da curiosidad todo lo nuevo, le cuesta quedarse quiero en una sola idea. Ambos se turnan su imperio y me mantengo entre momentos planificados y emociones nuevas. Todo funciona casi siempre bien. El problema son los momentos álgidos que se salen del «casi». La marea se sale de la línea, el volcán erupciona, el tapete se me mueve.

Nosotros los humanos somos parte de esa danza que tiene la naturaleza: está en constante cambio buscando la estabilidad. Queremos tener segura nuestra supervivencia y nuestro alrededor nos hace adaptarnos todo el tiempo para mantenernos tranquilos.

Las relaciones, sobre todo las de pareja, son en donde mejor se mira esta contradicción: queremos sentirnos siempre bien con alguien que siempre está cambiando. Y nosotros mismos también fluctuamos. Pero, si se logra cabalgar la ola de la crisis, la calma que se obtiene al final es mucho más agradable que la que se tenía antes.

Estar consciente de qué es diferente a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Tal vez así se pueden tener esos pequeños momentos de paz que nos llenan de energía para sobrevivir el siguiente terremoto.

Algo así estoy ahora: un poco mareada por la sacudida, pero feliz por todo lo nuevo que me puede dar paz.

Empujarme a ser mejor

Hoy cumple 6 años Fátima. La veo pasar y poner esa carita seria y hablar y hablar y hablar. Esa persona con un carácter pétreo, con el corazón tierno, el ingenio agudo y las emociones a flor de piel. Quiere ayudar en todo. Todavía rompe las cosas sin querer.

Ella me hace ser mejor. Me empuja a vivir más feliz. A ser mejor pareja. A tener mejores amigas. A quererme más. Porque quisiera que a ella le gusten las cosas mías que encuentre en ella. Quisiera que se recordara de mí con admiración.

Esa pulguita que abraza con todo su ser, me llena el corazón de ternura, aún cuando me desespera. Todavía le gusta verme cuando me arreglo y quiere todo lo que yo tengo. Por ella he aprendido a aceptar con gusto la imagen que me mira en el espejo. A no hablar mal del físico de nadie.

Quiero enseñarle que puede ser y hacer cualquier cosa. Que ella ya está completa. Que vale el esfuerzo que haga.

Ella me ha enseñado a ser más suave.

Hoy es el cumpleaños de Fátima. Dios me conceda celebrar con ella muchos más.

¡Meyo!

Después de casi cuatro décadas de nunca haberme roto ni un hueso, llevo una mano y dos meñiques del pie en menos de año y medio. Obvio, yo era de esas niñas que no gastaban ni una gota de sudor, que tenían ordenados sus juguetes y que no ensuciaban los zapatos. Aprendí a bordar, a pintar, música, pero no a darle a una pelota con el pie. Y me quedó grabado en el subconsciente que las cosas hay que hacerlas perfectas, si no, mejor no hacerlas.

Hay tantas frases motivacionales de las que dicen que el peor fracaso es no intentarlo, que trabamos los ojos hasta el cuello cuando escuchamos algo similar. Lo que no dicen es que todo lo que se hace, se paga de una forma u otra. El miedo a hacer algo tiene valor, pues nos obliga a buscar qué puede suceder si nos lanzamos de ese avión.

Tal vez por eso la corteza prefrontal, allí en donde se asienta el juicio, no se termina de desarrollar hasta los 25 años. Todas esas actividades arriesgadas de adolescentes como hacer skating, surf, MMA, etc., se practican con mayor abandono si no se pesan en su justa medida las consecuencias.

Y luego estamos los que no hicimos lo nuestro cuando éramos jóvenes y ahora queremos ver si somos tan inútiles como creíamos. No me arrepiento de los dolores recientes. Pero no me deja de volar el estómago cuando me toca un combate.

Engordar a propósito

Vivimos una vida bastante ordenada, con comidas a horarios y vino sólo los fines de semana. Mantenemos cierta talla, porque no es nomás de comprar ropa nueva a cada rato. Dormimos lo que las carreras nos permiten.

Y, de repente, como una de las tormentas tropicales que he visto últimamente, llegan unos días en que es normal tomar una margarita a las 9:30am. En que el bikini enseña más lonja que la que había hace una semana. En que se duerme siesta antes y después del almuerzo.

Resetear cualquier máquina requiere, primero, apagarla. Así me siento cuando llego de vacaciones en donde no tengo que planificar nada: apagada. Pero no como muerta, sino como suspendida en una dimensión paralela en donde se vale tomar cerveza y andar casi desnuda y sonreírle al espejo.

Se duerme, se engorda, se cuentan cuentos al oído de una pulguita para que deje dormir. Y todo está bien.

Porque la máquina ya va a funcionar mejor. Y todo lo comido se puede quemar. Para eso está la rutina.

Suavizarse

Dos días de no hacer nada más que comer y tomar margaritas y ya hasta siento que me suavizo. El meollo del asunto es que no sé si, primero, lo puedo sostener (no soy aspirante a AA), ni si lo quiero sostener.

Tengo una vida regulada, con horarios, metas diarias, pequeños triunfos que logro con mis hijos, que no sé cómo lograr sin disciplina. Y eso no conozco de otra manera de lograrlo que con un una constante rigidez. Yo sé. Soy dura.

En momentos como el de hoy, que sentí mi risa fácil, mi falta de ponerle importancia a no tener el cuerpo perfecto para el bikini, de ver a mis hijos comiendo lo que quieran, me cuestiono mi vida cotidiana.

Luego me recuerdo que hay un mañana después de las vacaciones y se me pasa.

Organizada/Ordenada/Metódica

En la mañana, me tengo que poner las cosas en el mismo orden siempre, si no se me olvida más de algo. Cuando hago el maletín para la nata, siempre tengo que meter la ropa de la misma forma, porque suelo dejar algo. Hace un par de años fue el brassiere.

El orden obsesivo, ese que exige tenerlo todo formado y clasificado y medido, no es para mí. Lo mío es lo metódico, porque tengo el alma desordenada. O saco todos los ingredientes para las recetas antes de empezar, o no hago nada. Eso de toparme con que no tengo azúcar a media batida me puede enfermar.

La organización ayuda a promover la inventiva: permite liberar la mente de la necesidad de fijarse en detalles. Da espacio para no perder tiempo. Pero, si la organización se vuelve más importante que el producto, allí muere la inventiva. Por el otro lado, una pila de desorden es veneno para la sanidad mental. ¿Cómo poder pensar en medio de un chiquero?

Aunque mi tendencia siempre es a los extremos, procuro mantenerme en un «sano» intermedio: ni bomba atómica en mi casa, ni la ropa medida para colgarla. Pero ese puesto al filo me es difícil. El viernes pasado, sacando la ropa después del sauna, estaba muy feliz porque había llevado falda (tenía que hacer un par de mandados). Con satisfacción saqué el brassiere, ése ya no se me olvida. Blusa y zapatos después, me di cuenta que no llevaba calzón…

Usar máscara

Estoy dándome gusto arreglando los muebles viejos que tenía mal usados. Lo primero que me compré para lijar y pintar y barnizar fueron guantes, lentes y máscara. No quiero dejar los pulmones de premio por remozar una librera. Es incómodo usar algo encima de la nariz y boca. Mientras uno se acostumbra, se siente como si se estuviera ahogando, pero luego recuerda que es para no morir más rápido, le hace ganas y ya ni se entera que está.

Hay situaciones y personas (sobre todo personas), que dan el mismo nivel de toxicidad. Esa pobre gente que despide gases emocionales tan nocivos, como los de cualquier deshecho químico. Lo cual no es un problema generalmente, pues la solución es tan sencilla como largarse en la dirección contraria lo más rápido posible. La cosa se complica cuando se trata de gente a la que uno quiere, con la que se trata de llevar una relación. Peor aún si esa persona es encantadora con uno y perra con la demás gente. ¿Qué hacer?

No siempre podemos alejarnos por completo. Si se trata de un jefe, un profesor o un pariente al que vamos a tener que ver con cierta frecuencia, querramos o no, hay que idear mecanismos de defensa. Como una máscara. Cualquier cosa con la que nos podamos proteger del contacto dañino, pero que nos permita disfrutar con ciertas precauciones de la compañía.

Al fin y al cabo, uno determina hasta dónde se quiere exponer.

A 20 centímetros

El espacio que nos rodea tiene muchas esferas de confianza. Cualquier acercamiento de personas que no conozco (y de algunas que sí), a menos de 20 centímetros, me incomoda y me dan ganas de pelar los dientes. Eso incluye olores. No entiendo la necesidad de echarse perfume en público. Wácala.

En grupos tupidos de gente, esa invasión del «espacio personal» es inevitable, pero precisamente allí es en donde es más vital. Y no digamos de lo que habita en nuestras mentes. Todo lo que dejamos que habite en nuestro cerebro nos acompaña inexorablemente. ¿Quién se puede sacar esa cancioncita odiosa que se queda trabada en loop? O las palabras que no pudimos decir para contestarle a un impertinente. O al impertinente en sí.

Los inquilinos de nuestras ideas nos poseen. Nosotros les abrimos la puerta y les damos de comer. Lo bueno es que también podemos sacarlos cuando su estadía ya se hace nociva.

Yo cuido mucho los 20 centímetros a mi alrededor. No voy a lugares con chumul. Pero cuido aún más lo que le meto a mi cabeza. Ése es el espacio más personal que tengo.

Todavía me puedo sorprender

Hay realidades tristes que me siguen afectando, pero que ya no me asombran: que haya niños abandonados, gente muerta por un celular, políticos ladrones. Tal vez es porque caen dentro de mi cosmovisión un tanto pesimista de la naturaleza humana. Creo que somos capaces de hacer cosas buenas y malas y que el ejercicio de esa capacidad es lo que nos hace buenas o malas personas.

Pero, por lo mismo que tengo una idea de lo que podemos/debemos hacer, mi compañeros de especie todavía logran hacer cosas que me toman desprevenida.

No entiendo, por ejemplo, cómo la gente agarra en contravía una calle. Se me escapa el por qué no esperan a que los ocupantes de un elevador salgan antes de arrempujarse para entrar. Me encachimban los papás que sueltan a sus hijos cual trogloditas en los juegos de lugares públicos sin supervisarlos.

Hace poco, llegué al colmo de mi sorpresa. Me recordaron que los prejuicios siguen vivos y coleando y que hay papás que se encargan de transmitir sus infecciones mentales a sus hijos. Menos mal que, en la misma conversación, también me topé con un ejemplo de lo mejor del espíritu humano.

Somos capaces de rescatar a la humanidad. Tenemos el potencial de ser verdaderos administradores del mundo, ejemplo para nuestros hijos, héroes de nuestras propias vidas. Espero poder escoger eso y no dejarme vencer por mi otra inclinación.