El uniforme

Cuando era niña, mi mamá me hacía la ropa. Aún de grande me hizo blusas y faldas. Definitivamente nunca fui a la vanguardia de la moda… Aún ahora no tengo idea qué es lo que se pone la gente que sabe de “fashion”. No es ni bueno ni malo, sólo me sorprende la necesidad de descartar la ropa que a uno más le gusta y mejor le queda por algo nuevo, sólo porque lo es.

La ropa, como tantos otros marcadores externos, es algo que nos identifica con un grupo al que creemos pertenecer. Es la primera tarjeta de presentación ante gente que no nos conoce. En la época feudal, se podía saber hasta qué profesión tenía alguien por el tipo de sombrero que usaba. Y, aunque eso ya no es tan radical, no dejamos de ponernos una especie de uniforme de la tribu que nos identifica. Y está bien. Pertenecer a un grupo es parte vital de nuestra supervivencia emocional. Somos seres sociales y eso a veces implica seguir ciertas normas no escritas.

Supongo que yo también uso algún tipo de uniforme, si no es más que porque casi no compro ropa nueva y me pongo siempre lo mismo. Y está bien también.

El problema de los gustos

Creo que ya tenemos tan asentado el sentimiento de culpa, que entendemos muy bien que no todo lo que nos gusta, es bueno. Si los pecados no son difíciles de rechazar porque sean desagradables, todo lo contrario. Eso de frenar nuestras pasiones es una de las virtudes que tiene cara de necesidad y garras de tigre, pero que cargamos como parte de nuestra propia edificación.

El problema viene en aceptar que no todo lo que nos disgusta es malo. Principalmente cuando se trata de personas. Es muy gratificante atribuirle al fulano que nos desagrada todos los vicios y defectos del manual del repugnante. Creer que no tiene nada bueno qué decir. Hundirlo en el fango de nuestro desprecio. Cuando, en realidad, hasta el menos útil de los seres humanos tiene algo bueno qué aportarle a la humanidad. Y puede tener la razón, de vez en cuando.

Complicado separar los sentimientos de la percepción del mundo. No, no es complicado, es imposible. Porque somos seres complejos, variados, y no podemos separar los elementos que nos conforman sin dejar de ser quienes somos. Tal vez nos puede quedar de consuelo que el desagrado no es obligación quitarlo, y que hay virtud en reconocer la verdad, donde sea que esté.

Cambiarlo todo y seguir igual

Hago rutinas con todo lo que puedo. Me da paz. Pero trato que no se me vuelvan obligatorias, porque ya me ha dado ansiedad no poder cumplirlas. Sobre todo ante eventos que me han sacudido la vida.

Las cosas que hacemos de forma constante definen quién somos. Si nuestra existencia se va en estar pendiente de los demás, en criticar, en tirar veneno, pues eso es lo que somos: seres miserables. Si llenamos nuestros días de cosas positivas, no importan las catástrofes, siempre vamos a tener una reserva de paz en dónde refugiarnos.

Los cambios son como montañas qué superar en el camino. La rutina es el combustible que me impulsa. Pobre la gente que no tiene nada más que basura en sus vidas.

Primero, uno

Pareciera que ser mamá es dejarlo todo por atender a las crías. Al menos así era la mía. O, tener que ser una profesional exitosa y ocuparse de micro-gerenciarles la existencia a los engendros. Lo cierto es que uno de mamá, en su mayoría de casos, siente culpa por tomarse tiempo para uno. Como si estuviera abandonando sus obligaciones.

Hay que ser muy claros: un bebé necesita de atención y que uno deje el sueño en esa cuna. Es lo que hay. Pero también es cierto que, si uno no está bien, menos puede cuidar bien de alguien más.

Mis pobres hijos se tienen que conformar conmigo como madre, que tengo momentos en lo que sí les digo que me dejen en paz. Espero que eso no les cause demasiados traumas.

La puerta abierta

No sé si sea cierto que se sigue teniendo una conexión con nuestros muertos. Al menos no espiritual. Pero sí estoy segura que yo a los míos les presto mis ojos para que miren mi vida a través de mis recuerdos, los nuevos que hago sin ellos.

Morirse es parte de la vida. Ninguno nos escapamos. Y es mejor tenerla de buenas, que sepa que le damos la bienvenida cuando toque la puerta. Ver morir a los nuestros también. Es una bella forma de inmortalizar a quienes queremos, hacerlos parte de nuestra casa hablando de ellos, cocinando sus recetas, dejando que todavía crezcan con nosotros.

Tal vez no haga un altar, sobre todo porque no tengo costumbre. Pero seguro que los llevo conmigo siempre.

Cuarto día

Tengo migraña desde el sábado. Normal, supongo. Me sorprende que no sea permanente. Debe ser horrible tener un dolor crónico. Lo tuve años con el pie lastimado y, desde hace un año que me operé, agradezco todos los días caminar sin sentir que me lo quiero quitar. Mi mamá sufrió de dolor los últimos veinte años de su vida y pude ver cómo la consumió.

El problema con las cosas constantes es que requieren de un esfuerzo especial para no volverse la música de fondo. Es cierto que no podemos estar fijándonos en los detalles de todo, todo el tiempo, porque nuestro cerebro ha evolucionado para tomar atajos. No lograríamos hacer nada de otra forma. Lo malo es que así también no corregimos lo que nos molesta. O dejamos de apreciar lo que nos gusta. Pérdidas por todas partes.

A mí me duele la cabeza desde hace cuatro días y espero que mañana ya no. No me quiero acostumbrar.

Entre no saber y hacer

El puberto cree que sabe más que yo, obvio. Es una característica de la edad. Y yo sé que, no sólo no sabe, sino que ni siquiera sabe qué no sabe. También sé que la única forma que aprenda es haciendo y equivocándose.

Las capacidades humanas van en aumento, como peldaños en una escalera. Saltarse etapas rara vez funciona bien, porque se queda uno sin una habilidad previa a la siguiente. Y la única forma de aprender, es hacer las cosas que uno no sabe. Vivimos entre dos extremos, como siempre.

Lo que me queda claro, es que sólo con una mentalidad de principiante es que uno adquiere conocimiento. Si de entrada creemos que ya lo sabemos todo, mejor quedarnos sentados, esperando el fin. Los golpes de lo nuevo duelen, las metidas de pata son varias y variadas y la ignorancia a veces se ahoga con lágrimas. Pero todo vale la pena.

Nadie sabía

Cuando uno organiza cosas, como fiestas, o actuaciones, espectáculo y cualquier cosas que implique que llegue gente, el nivel de estrés se sube. Y es porque uno sabe lo que deja de uno mismo planificando todo el merequetengue. Quiere que las cosas salgan “perfectas”, que todos los imprevistos estén cubiertos y que haya una respuesta para cualquier pregunta.

Cuando uno va de invitado, aunque tenga una expectativa general de la experiencia, no sabe a detalle a lo que va. Le puede gustar a uno, o no, pero no tiene el plan contra qué compararlo.

Dos posturas que se juntan en el momento, pero que no necesariamente se encuentran. Hasta que entendí que nadie sabe qué tenía yo en mente y, que aunque me saliera todo exactamente como yo lo quería, a algunas personas les iba a fascinar y a otras no tanto, no solté el estrés. Nadie sabe lo que está en mi mente cuando cocino. O cuando organizo una fiesta. O cuando compro un regalo. Y eso me da la total libertad de darme permiso. Para que no todo salga “perfecto”, porque eso no existe. Para aceptar que son imprevistos porque uno no sabe qué no sabe. Para dejarlo ir. Total, todo termina y siempre hay una próxima vez.

Más cosas qué hacer

Eso de que sólo la gente ocupada puede hacer las cosas, es cierto, al menos en mi caso. Mientras más cosas tengo qué hacer, más hago. Tal vez es porque mi mente está ocupada en organizarse y terminarlo todo y no en otra cosa menos productiva.

También es cierto que uno tiene que aprender que no puede hacerlo todo, todo el tiempo. O se queda como el vaso derramado por una última gota.

Espero saber en dónde está ese punto de inflexión y parar antes que la vida me ponga una pared. Porque esos trancazos sí duelen.

Vamos

Quisiera dormir. Ya ni siquiera ocho horas, sólo no despertar a medianoche. Tengo, supongo, estrés acumulado. Y me levanta de la cama con cualquier pretexto.

Cuando uno contabiliza las cosas que hacen daño a la salud, no dormir está en la cima. Y, lo más irónico, es que pareciera que es hasta un orgullo decir que uno duerme poco. Como si estar simplemente ocupado fuera valioso.

No he llegado a cuantificar exactamente qué me da más valor: si terminar todo lo que tengo qué hacer o no sentirme agotada. Por el momento, sólo veo que me sigo llenando de más ocupaciones. Ni modo. Vamos.