Hay personas con tantos talentos que parecieran de mentiras. Cuando los hicieron derramaron todo lo bueno que había en la bolsa y los demás se quedaron con lo que sobró. No siempre esas personas son exitosas, ni felices.
Nacemos con un set precalibrado de habilidades. Tienen un tope. Como nuestra altura. Por más que queramos, no se pueden aumentar. Y si no las alimentamos bien, ni siquiera se desarrollan a su potencial. Por eso el esfuerzo vale más que el talento.
Lo que uno debe desear es ser suficiente. Suficiente para que la habilidad alcance a perfeccionarla y hacer algo bueno con ella. Hasta la piedra más roma se puede pulir para hacerla brillar.
