Veo muy pocas películas de miedo. El mundo, la realidad, son suficientes. Pero de las pocas que he visto, lo que más me da miedo son esas escenas donde todos son perfectos y se parecen. La perfección en el mundo no existe y su representación siempre apunta a que algo está mal.
Los rostros de los humanos tienden a la simetría, pero no lo logran del todo. Y es en las sonrisas torcidas, los hoyuelos sólo de un lado, los ojos ligeramente distintos, que encontramos la verdadera belleza. Son marcadores que exigen a nuestra mirada fijarse, hacer el esfuerzo de descifrar lo que tenemos enfrente. Nada más perfecto que una hoja de papel en blanco y pocas cosas más aburridas.
He aprendido a encontrar lo bello en los defectos. En agradecer las manchas en la piel, las arrugas crecientes, las faltas y los excesos. Todo en conjunto se suma para darle personalidad a las cosas/personas. Y eso sí es atractivo.
