Aprender a no estar de acuerdo

La niña es activista… Lo cuestiona todo. Combina la inteligencia con la ignorancia y eso hace que sea muy difícil convencerla de que está equivocada.

Últimamente me he encontrado con esa misma actitud en la mayor parte de la esfera de medios sociales. Todo el mundo quiere tener la razón, sin saber razonar. Así es imposible debatir y, como no les tengo el mismo interés que a mi hija, ni siquiera me gasto leyéndolos.

Hay mucha virtud en la actitud escéptica de mi adolescente. La admiro en igual medida que me desespera. Porque sé que, con el tiempo, la ignorancia va a ir a menos (espero) y su apertura al cambio va a ir a más. Al menos ya está dispuesta a decir que no está de acuerdo.

Horarios nuevos

Tuve la mañana libre, sin tener que hacer súper, almuerzo, esperar niños, planchar… Estuve fuera de mi casa hasta el mediodía en mis vueltas, sintiéndome un poquito culpable porque los peludos sí que me extrañan cuando no estoy y muy desconectada de mi vida normal al no sentir la presión de tener oficio.

Las rutinas diarias se implementan para no tener que pensar en lo básico y dejarle libre al cerebro toda esa energía que utiliza para decidir si sirve el almuerzo a la una o a las dos. Porque tomar decisiones es una tarea y no distinguimos a nivel neuronal si es cuestión de vida o muerte, o no. Entonces tener un horario nos salva de ese desgaste. Pero si no lo vamos adaptando a las realidades nuevas que se nos presentan, entonces sirve tanto como una piedra en el zapato. Hay que cambiar con los cambios. Hay que ser flexibles. Y hay que aceptar que las cosas nunca se quedan iguales para siempre.

Regresé a casa a almorzar (sola), aún con tiempo propio por delante. Es un proceso que me llevará al día en que ésta ya no sea la casa donde vivan mis hijos. Y, aunque los extrañe, no será una mala cosa cambiar.

Las mejores decisiones

Hay tantas cosas que quisiera haber hecho de una manera diferente. Y no me alcanza el consuelo de pensar que no tendría esta misma vida si pudiera cambiarlas. Simplemente hay cosas que debería haber hecho mejor.

Tenemos la oportunidad de tomar varias decisiones trascendentales en nuestras vidas. Y también miles de pequeñas, que también influyen. Todas, todas, las tomamos pensando que son lo mejor en ese momento, teniendo en cuenta cómo nos sentimos y la información que conocemos. Aunque nos arrepintamos al minuto de tomarlas, si regresáramos el tiempo, en las mismas circunstancias, volveríamos a escoger lo mismo. Y es que uno sólo puede hacer lo que puede, con lo que tiene. Claro que hay cosas obviamente mejores que otras, pero ni eso es suficiente a veces para convencernos de no hacer lo que queremos. Es lo que hay.

Así que, aunque regresara, casi seguro volvería a meter la pata. Mejor me enfoco en el resto de tiempo que me queda para tomar otras decisiones, espero, mejores.

No recordaba

Encontré A Fish Called Wanda en Prime. Recuerdo que me encantaba la película. La vi. Me pareció divertida. Y me di cuenta que no la había visto antes. Sólo tenía recuerdos de la periferia de la película, de haber visto fragmentos, de haber oído a alguien más decir que era buena.

Nos pasa muy seguido con las memorias infantiles. Creemos que recordamos porque alguien nos ha explicado la escena de la foto en el álbum. Pero en realidad no es que tengamos presente esa Navidad del carrito rojo o nuestro primer día de clases. Tenemos, si mucho, una amalgama de sensaciones cuajadas en alguna cuantas imágenes y le agregamos lo que nos cuentan. Es normal. El cerebro no puede retenerlo todo.

Me gustó esa película que creí haber visto. Ahora voy a repasar el catálogo de pelis de la misma época y las voy a ver. Así de verdad las voy a recordar la próxima.

El entusiasmo

Yo tengo pocos términos medios. Me suscribo totalmente al versículo que habla de vomitar a los tibios. Me gustan las respuestas rotundas, los sentimientos fuertes, las decisiones binarias. Y luego tengo que explicarles el mundo a mis hijos, con todos sus matices, las complejidades humanas y las respuestas ambivalentes. Así no se puede ser totalmente radical.

Tenemos la capacidad de sostener dos ideas contradictorias e igualmente válidas al mismo tiempo en nuestra cabeza sin estallar. No sé si es una bendición o una maldición. Lo cierto es que, como humanos, nos puede caer mal alguien que queremos. O admirar a alguien a quien despreciamos. Podemos apreciar la justicia de un acto a la vez que nos duela la falta de misericordia. Porque no tenemos toda, toda la verdad, es imposible y eso nos excluye de la perfección y ¿quién es uno para juzgar?

Sigo prefiriendo quemarme a quedarme sin ningún sentimiento. Y sigo acercándome más a los extremos que al medio. Pero he aprendido a no prenderle fuego a todo porque no sé bien qué puede haber debajo. Y porque no quiero que mis hijos aprendan a que lo único que uno puede aceptar es un sí o un no, cuando hay tantas palabras más.

Enfriarlo todo

Hay un momento para hacer las cosas. Los límites se ponen de inmediato. Los cariños no se aplazan. Pero hay discusiones que es bueno dejar enfriar.

Tenemos la capacidad de comunicarnos y el defecto de no saber hacerlo. Nada empaña tanto una buena intención como un mal exabrupto emocional. Y es que, la mejor de las habilidades que adquirimos como seres humanos con el paso del tiempo es un tiempo de reacción que nos haga esperar. Sólo porque nos enojamos no quiere decir que tengamos qué estallar. Sobre todo cuando eso implicaría destruir una relación que se quiere conservar.

Así que, igual que con la comida, hay que saber en qué temperatura servir las cosas.

Nuevas tradiciones

Encontré la forma que a mí más me gusta para hacer salsa de carne. Es una mezcla de varias que he probado, pero lo esencial es hacerla con carne con hueso. Y mucho vino. Así me gusta a mí. Lo que me tiene encantada es haberme liberado de hacerla de una forma en particular que no me satisfacía del todo aunque fuera lo tradicional.

El tiempo junto con la acción dan paso a los rituales . Éstos nos ayudan a mantener vivas formas probadas durante décadas de hacer las cosas. Nos mantienen conectados con nuestros antepasados y nos afianzan en la línea del tiempo hacia futuro. Pero no deben ser inamovibles. Porque todo es sujeto a cambio y cada persona debería hacer propio, suyo, lo que hace siempre. Y dejar que los que vengan lo hagan también. Conservar el espíritu, no sólo el ritual.

Les he enseñado a mis hijos las recetas que me gustan. Espero que las hagan cuando yo no esté y que un descendiente lejano aprecie mi predilección por la carne con hueso para la salsa.

Un estilo propio

Los seres humanos somos animales con poca gracia. Basta con verle las plumas al pájaro más simple para admirar lo que hace la naturaleza y lo poco que tenemos como especie. Por eso nos vestimos. Claro, para no morir de frío también, pero la ropa siempre ha tenido un elemento decorativo.

En nuestra modernidad, la moda se vuelve una necesidad tonta y cambiar de forma de vestir cada año en una carrera de nunca acabar. Pero hasta la persona más simple (como yo), sucumbe a la gana de vestirse de cierta forma. Porque no deja de ser una expresión de nuestros gustos. La forma externa inmediata como nos presentamos al mundo. Lo primero que decimos sin abrir la boca.

Encontrar un estilo propio puede convertirse en una satisfacción. Y si uno lo hace ya grande, en la exploración de uno mismo, porque uno se aleja de lo que está en la última vitrina y encuentra lo que le gusta a uno en verdad. Y eso también tiene valor.

Aprender a poner límites

Acabo de escuchar que el ser siempre conciliador no es necesariamente señal de ser buena persona. Es más de ser débil. Y eso me ha trastornado mucho mi forma de revisar mis relaciones.

Ser fuete, peligroso inclusive, y optar por no ser violento, tiene todo el mérito. Saber que uno puede lastimar a alguien y escoger no hacerlo. Es mejor tener esa capacidad. El contrario es no poder defenderse ni de un mosquito y revestirse de buena persona simplemente porque uno es incapaz.

Me gusta cómo he aprendido a poner límites. Y sigo aprendiendo. Pero me gusta aún más que les doy la opción de hacerlo a mis hijos, incluyendo conmigo. Porque lo más difícil es construir las barreras del respeto con la gente cercana. Eso, allí, es en donde se mide la fuerza, no la violencia. Y yo quiero ser fuerte.

El valor de las cosas

Tiendo a ser muy sentimental con mis cosas. Les adscribo un significado especial y las conservo por mucho tiempo. Es algo que hacemos los humanos de manera inconsciente.

El desarrollo del lenguaje tiende a lo mismo. Le adjuntamos valor a las palabras, aunque objetivamente no lo tengan. Y cada persona le da un sabor ligeramente distinto, dependiendo de qué ha vivido alrededor de esos conceptos.

Tal vez lo más importante es entender que cualquier valor que le pongo a lo que me rodea, viene de mí, no necesariamente del objeto. O la persona. O la relación. Porque soy yo la que le aporto mi vida a lo que me importa. Es bueno saber que lo importante está adentro.