Tuve la mañana libre, sin tener que hacer súper, almuerzo, esperar niños, planchar… Estuve fuera de mi casa hasta el mediodía en mis vueltas, sintiéndome un poquito culpable porque los peludos sí que me extrañan cuando no estoy y muy desconectada de mi vida normal al no sentir la presión de tener oficio.
Las rutinas diarias se implementan para no tener que pensar en lo básico y dejarle libre al cerebro toda esa energía que utiliza para decidir si sirve el almuerzo a la una o a las dos. Porque tomar decisiones es una tarea y no distinguimos a nivel neuronal si es cuestión de vida o muerte, o no. Entonces tener un horario nos salva de ese desgaste. Pero si no lo vamos adaptando a las realidades nuevas que se nos presentan, entonces sirve tanto como una piedra en el zapato. Hay que cambiar con los cambios. Hay que ser flexibles. Y hay que aceptar que las cosas nunca se quedan iguales para siempre.
Regresé a casa a almorzar (sola), aún con tiempo propio por delante. Es un proceso que me llevará al día en que ésta ya no sea la casa donde vivan mis hijos. Y, aunque los extrañe, no será una mala cosa cambiar.
